• Eduardo R. Callaey

Antecedentes históricos, políticos y sociales para una historia de la Orden del Temple

Actualizado: 22 may 2021


Seminario sobre Historia de la Orden del Temple, Primera Parte.©


Por Eduardo R. Callaey

“Nada más conmovedor que ver a esos pobres cruzados herrar su bueyes como si fuesen caballos, engancharlos a un carruaje de dos ruedas encima del cual colocaban su pobre equipaje y sus pequeños hijos. Ellos, con las manos tendidas hacia todos los castillos, hacia todas las ciudades que divisaban en el camino, preguntaban si no era eso Jerusalén hacia la cual se dirigían”.

Guibert de Nogent, III, 2



1.- La sociedad feudal – Del imaginario a la realidad


En el imaginario occidental una cruz de color bermejo ceñida sobre un manto blanco, cocida en el pectoral o pintada sobre el escudo de un guerreo, nos traslada instantáneamente al escenario de las cruzadas. Hemos visto esa imagen en los libros de historia, en las novelas, en las óperas, en las recreaciones más o menos digeribles de los guionistas de cine, en los mundos neo-medievales de los video-juegos. Se podría decir que es una imagen-símbolo. Durante generaciones hemos crecido alimentados de este arquetipo que cruza nuestra cultura de cabo a rabo.

A principios del siglo XIV, Jacques de Longuyon, un trovador lorenés autor de canciones de gesta, introdujo el concepto de Los Nueve de la Fama, o Los Nueve Valerosos: Tres para la época pagana: Héctor de Troya, Alejandro Magno y Julio César. Tres de los tiempos del Antiguo Testamento: Josué, David y Judas Macabeo. Y tres del período cristiano: Arturo, Carlomagno y Godofredo de Bouillón.[1] En el espacio cultural del cristianismo occidental las figuras de los tres últimos nos remiten a un modelo de soldado que tiene en común algo sobrenatural: el haber librado una batalla, a la vez carnal espiritual, que parece ser el destino de todo caballero.

En el campo de la literatura, el modelo del monje guerrero resultó atractivo para los escritores y poetas que iniciaron el género de la novela, en particular los del ciclo artúrico. Sus figuras fueron incorporadas a los textos que marcarían la transición entre el caballero salvaje –que no distinguía entre el saqueo a la población civil, la pendencia con el vecino o la guerra al servicio de su señor– y la imagen refinada de la caballería cristiana que nos llega a través de las canciones de gesta en las primeras novelas de caballería.


La estampa de los templarios ha sido moldeada en el inconsciente colectivo de Occidente durante siglos. Ya en el siglo XII el caballero y poeta alemán Wolfram von Esembach (1179-1220) les otorgó un rol preponderante en la historia del Santo Grial. La primera versión de la leyenda del Grial fue escrita por Chrétien de Troyes (1130 – 1180), un poeta de la corte de Champaña al que se considera el primer novelista de Francia y padre del género literario. Con “Perceval y la leyenda del Santo Grial” (Perceval ou le Conte du Graal), Chrétien de Troyes inició el género caballeresco. La narración nos introduce en la mítica corte del rey Arturo y sus caballeros que buscan el Grial, una copa en la que se habría recogido la sangre de Cristo crucificado. La novela quedó interrumpida por la muerte de su autor, acaecida en 1180, y fue continuad –entre otros– por la versión de Parzival del mencionado alemán Wolfram von Eschenbach, que es quien introduce en el texto a los Caballeros del Temple.

Se podrá estar de acuerdo o no respecto de si Parzival fue solo fruto de su imaginación o si se trata de la construcción colectiva de la leyenda iniciada por Chrétien de Troyes y difundida por los trovadores o minnesinger del siglo XIII. Lo cierto es que von Eschenbach –que reunía la condición de caballero, monje y poeta–, fue quien llevó a escala popular la figura de la militiae christi cuyo modelo por excelencia es la Orden del Temple. Otros poetas como Walther von der Vogelweide (1170-1228) y principalmente Heinrich Tannhäuser (1205-1270) inspiraron a Richard Wagner en la creación de sus obras Parzival y Tannhäuser. Sin embargo, más allá de que el origen de estas historias haya sido producto de la poesía del siglo XIII, el modelo de caballero que proponen los minnesinger, lejos de ser una ficción se encuentra encarnado en el modelo de guerrero establecido por las órdenes monástico-militares cuyo arquetipo es precisamente el Temple. Pero la construcción del modelo final del caballero templario fue el resultado de un proceso histórico complejo, alejado, en sus comienzos, de la atmósfera de las canciones de gesta.


No es fácil para una mentalidad del siglo XXI comprender la sociedad feudal y el modo en el que pensaba, vivía y moría la gente de la Edad Media. Esta dificultad dio origen a corrientes historiográficas diversas que realizaron una encomiable tarea con el fin de analizar, investigar y estudiar lo que las sociedades o personas de la Edad Media pudieron pensar, razonar y manifestar en su tiempo y contexto. Abordar el fenómeno de las órdenes monástico-militares surgidas en el período de las cruzadas, así como el de las peregrinaciones, requiere de un análisis de las mentalidades de la gente del medioevo, especialmente del período de apogeo del feudalismo. Y aunque el objetivo de este ensayo es más acotado, es muy importante dedicar esta primera parte a los antecedentes y motivaciones que llevaron a decenas de miles de europeos a morir en las rutas que conducían al Santo Sepulcro. Sin estos antecedentes no podría comprenderse el pensamiento ni el perfil de quienes integraban la Orden del Temple, ni mucho menos el ideal espiritual que los alentaba.

La sociedad feudal, se caracterizó por ser una cultura rural, pues se gestó en los castillos y los monasterios antes de que se produjese el fenómeno urbano en la Baja Edad Media. Los siglos que siguieron a la caída del Imperio Romano de Occidente sumieron a Europa en un periodo de anarquía, de decadencia y abandono de los antiguos conglomerados urbanos y de ausencia de una autoridad central. Entre los siglos V y VII hubo una fuerte inestabilidad en la que poco se pudo preservar de la antigua sociedad y cultura romanas. Algunos autores hablan de un “Renacimiento carolingio” en los siglos VIII y IX, en el que Europa pareció recuperar un objetivo y una administración común, pero luego de la muerte de Luis el Piadoso, el imperio fundado por Carlomagno comenzó a desmembrarse, llegando a constituirse numerosos señoríos que gozaban de gran autonomía.[2] Esta fragmentación hizo que el poder adquiriese connotaciones locales.

El orden feudal reconocía tres estamentos: Los hombres de la Iglesia (monjes o clérigos, los oratores) en su condición de individuos consagrados a Dios y a rezar por las almas de las gentes. Los guerreros (la nobleza, los bellatores), cuyo objeto principal era ir en auxilio del rey cuando este lo requería, y proteger a quienes vivían en su señorío, y finalmente los campesinos (siervos, los laboratores), cuyo único fin era la producción de alimentos y bienes para proveer a la Iglesia y a la nobleza. En la medida en que el orden feudal se afianzaba, ambos estamentos formaron una aristocracia compacta en una sociedad en la que el siervo conformaba la base de la pirámide. El tema de la “esclavitud” en la Edad Media es una cuestión en debate, impulsada especialmente por las corrientes marxistas que equiparan al siervo medieval con un esclavo. Otros autores –por caso Regine Pernoud–, señalan en cambio que existe una clara diferencia entre ambos sujetos porque el esclavo es una cosa, y el siervo medieval es un hombre, un ser humano: El sentido de la persona humana entre los tiempos antiguos y el tiempo medieval conoció una mutación, lenta porque la esclavitud estaba profundamente anclada en las costumbres de la sociedad romana en particular, pero irreversible. Y, en consecuencia, la esclavitud, que es quizá la tentación más profunda de la humanidad, ya no podrá practicarse después con buena conciencia.[3]

La violencia era un elemento cotidiano que obligaba a una lucha permanente por la supervivencia. En el marco de la sociedad feudal el rey delegaba en algunos príncipes la defensa de sus tierras y fronteras, pero estos a su vez cedían partes de su territorio en jerarquías menores (duques, condes, barones). Los señores otorgaban a sus caballeros (a veces simples castellanos o jefes de guarnición) parcelas más pequeñas en donde, a su vez, ejercían por delegación la autoridad de amo y juez. La libertad era el bien más preciado, pero no podía haber libertad plena si no se poseía tierras.

La sociedad feudal admitía el derecho a la guerra privada, entendida como un acto de reparación ante el daño u ofensa causada a un miembro de la comunidad. Las guerras feudales tienen su origen en ese tejido extremadamente complejo de compromisos personales y de tradiciones comunitarias.

Hacia fines del siglo X los castillos se multiplicaron, constituyéndose en un sistema de defensa inmediato. Estas fortalezas –en principio solo torres, a veces rodeadas de fosos y empalizadas– permitían a los señores feudales la vigilancia, el control del territorio aledaño, la explotación de la población vecina y, en última instancia, eran la salvaguardia y el asilo natural de toda la comarca, cuando era atacada. En el siglo XI su número creció a los largo de Europa y en el siglo XII se convirtieron en verdaderas obras de ingeniería poliorcética. En los castillos, que eran la “hacienda” de los señores, nació la vida cortés, pues era en la corte, en el patio de castillo, donde todos se encontraban. Una verdadera cultura se gestó en la vida castellana.[4]

Los siglos IX y X fueron especialmente violentos, producto de las invasiones que se produjeron luego de la fragmentación del Imperio carolingio, pero también como producto del enfrentamiento entre feudales.[5] Finalmente la Iglesia debió intervenir para evitar el derramamiento de sangre entre cristianos, mediante el establecimiento de la “Paz de Dios”, que fue apoyada por importantes jefes seculares.[6] También surgieron príncipes que por medio de la fuerza o de alianzas de sangre, llegaron a ser más poderosos que los propios reyes a los que les debían vasallaje. Es el caso –como veremos– de Hugo de Champaña, una de las figuras centrales en los orígenes de la Orden del Temple, cuyos dominios excedían largamente los del rey de Francia, del que era vasallo y Senescal. No toda Europa vivió el mismo proceso. En Alemania el poder del emperador pudo mantener cierta centralidad y el control sobre las principales plazas fuertes.

2.- Las gentes del año mil


Tratemos de ubicarnos en la atmósfera del año 1000. Europa había contenido la respiración ante el final del primer milenio, esperando que el cielo se abriera y el mundo se derrumbase. Tengo la certeza –dice Georges Duby– de que a finales del primer milenio existía una espera permanente, inquieta, del fin del mundo: El Evangelio anuncia que Cristo volverá un día, que los muertos resucitarán y que Él apartará los buenos de los malos.[7] Cuando nada sucedió y todo parecía superado, surgió el temor de que el apocalipsis llegara en el 1033. Superada esa fatídica espera, recién entonces las gentes, fueran nobles o siervos, seglares o religiosos, ricos o pobres, supieron que la vida continuaría y que había esperanza. Todo pareció renacer y, como poéticamente lo describe el monje Raoul Glaber, Europa se cubrió de un blanco manto de iglesias.


En el siglo XI las relaciones entre poderosos y pobres giraban todavía entre el arrebato y la entrega. Además de las exacciones que sufrían los siervos a través de los impuestos y diezmos, existía un complejo sistema económico que consideraba al saqueo tan lícito como la propia acción de guerra. El saqueo era algo normal, tanto para los ejércitos como para los forajidos que infestaban los caminos. Los desmadres sucedidos en la ruta de la primera cruzada y el temor de Bizancio ante la llegada de cientos de “barones de occidente” son muestras elocuentes de esta realidad. Por otra parte el regalo era una práctica natural entre el que servía y el que ejercía una posición superior. Esto mismo se trasladaba a la Iglesia que recibía donaciones de todo tipo. No solo de los ricos sino de los pobres y de los más pobres. Pero al mismo tiempo se esperaba que aquel que tomaba la responsabilidad de la protección, sea el aristócrata o el eclesiástico, respondiera ante la miseria de sus súbditos mediante el reparto de limosnas o parcelas cultivables que le permitieran, en definitiva, sobrevivir. Paralelamente, una vasta red de monasterios, impulsada por los monjes cluniacenses, impone una fuerte organización del espacio rural que comienza a cambiar el paisaje. La reforma cluniacense recibe el apoyo de parte de la nobleza y pronto se constituye en un poder gravitante en el que cada cenobio es a la vez una unidad de producción agraria y un centro cultural.

Una de las razones por las que el Temple recibirá en sus comienzos una verdadera catarata de donaciones –como había ocurrido antes con los monjes cluniacenses y también ocurriría con los cistercienses–, es porque su tarea estaba ligada a una función sagrada como era la custodia de los caminos de peregrinación y, más tarde, la defensa militar de Tierra Santa, España y Portugal, en guerra contra los moros. Las donaciones que antes iban al clero local –que en la mayoría de los casos gozaba de la misma vida opulenta que la nobleza–, comenzarían a fluir hacia las órdenes militares, lo que explica las tempranas tensiones entre los obispos locales y los jefes templarios.


El siglo XI traería sus propias tensiones. Los cluniacenses logran entronar un papa procedente de su abadía madre, Cluny. Es el monje Hildebrando que gobernará a la Iglesia con el nombre de Gregorio VII, dispuesto a depurarla de la corrupción, acabar con la simonía e imponer su autoridad por encima de los príncipes seculares. Cuestiones de fondo como la llamada “Querella de las Investiduras”, el “Gran Cisma” entre Roma y Bizancio, el inicio de la “Reconquista” en la Península Ibérica y las propias cruzadas a Medio Oriente fueron hijos de este movimiento que cambió el flujo de los ejércitos llevándolos más allá de las fronteras, lo que trajo cierta tranquilidad al corazón de Europa occidental.

Todavía estamos lejos de la figura del caballero cristiano que el Temple contribuirá a forjar. Sin embargo, los caballeros se perfilan como la elite guerrera sobre la que San Bernardo y Raymon Lull escribirán sus páginas fundacionales. Es un proceso lento, al igual que lo ha sido el desmonte y la transformación del paisaje. Pronto la tierra se volverá un bien escaso y crítico, lo que también contribuirá al espíritu de cruzada que se verá plasmado tanto en España como en el sur de Italia y, finalmente, en Oriente Medio.

El siglo XII, finalmente, fue de un crecimiento exponencial del espacio agrícola. Mejoraron las condiciones de vida y el campesinado se convirtió en el grupo poblacional más numeroso. A la sombra de los monasterios se mejoró la cría del ganado, se aprendió a desmontar los bosques ampliando la superficie cultivable, se desarrollaron técnicas para el drenaje de los pantanos y se recuperó el uso del hierro. Esto último afectaría a la guerra y a la vida rural por igual, pues el campesino dejaría de lado el arado de madera endurecida por otro de metal infinitamente más eficaz.

Paralelamente, los grandes castellanos comenzaron a fundar aldeas al costado de los caminos, agrupando las casas de los campesinos para hacerlas más defendibles. Como consecuencia de la proliferación de las aldeas no tardaron en llegar los comerciantes y los artesanos, hombres libres que comenzaban a formar una nueva trama social que, con el tiempo, les permitiría crear asociaciones con las que hacer frente a la arbitrariedad del señor.



3.- El conflicto entre Roma y el Imperio. La Querella de las Investiduras


En el siglo XI, en el centro de esta sociedad feudal, la Iglesia aparece como la institución de mayor peso, pero sitiada por la corrupción causada por la simonía y la intromisión del Sacro Imperio Romano Germánico en las investiduras de los obispos y los cardenales y hasta en la elección de los papas. En este contexto el movimiento cluniacense, no solo se sitúa como el gran organizador del trabajo rural y de preservación cultural sino como la punta de lanza de una reforma que terminará transformando la Iglesia desde adentro, en un cambio radical que traerá serias consecuencias.

La elección de Gregorio VII como papa (un hombre salido de las entrañas de Cluny) marcó el comienzo del conflicto con el Sacro Imperio en el que se involucró parte importante de la nobleza europea. Gregorio planteaba la supremacía del Pontífice Romano sobre el poder secular, a la vez que reclamaba el nombramiento de los obispos y la autonomía del colegio cardenalicio, en ambos casos controlados o influidos por los poderes seculares.

En marzo de1075, Gregorio promulgó el “Dictatus Papae” en el que reafirmaba su poder absoluto sobre la cristiandad. El emperador Enrique IV reaccionó con dureza contra esta decisión enfrentándose a Gregorio, quien lo excomulgó de inmediato. En enero de 1076 Enrique reunió un sínodo de obispos en Worms y depuso al papa, pero la excomunión lanzada por Gregorio liberaba a los súbditos del emperador a prestarle vasallaje y un grupo de príncipes alemanes viajó a Augsburgo para reunirse con el papa. La situación se tornó muy comprometida para Enrique, que finalmente decidió reunirse con Gregorio y pedirle perdón en el episodio conocido como la “humillación de Canosa” en referencia al castillo de Canosa que había puesto a disposición la gran condesa Matilde para dicho encuentro. El 28 de enero de 1077, Gregorio VII absolvió a Enrique IV de la excomunión a cambio de que se celebrara una Dieta en la que se debatiera la problemática de las investiduras. Pero tal cosa no sucedió; Enrique dilató la celebración de la Dieta hasta agotar la paciencia de Gregorio que terminó fulminando a Enrique y reconociendo como rey a Rodolfo, duque de Suabia.

Rodolfo encabezaba la oposición a Enrique y contaba con el apoyo de los cluniacenses que habían introducido su regla en Alemania a través del abad de Hirschau. Pero esta vez la mayoría de los príncipes se alinearon con el emperador y en 1080, reunidos en un sínodo en Brixen proclamaron como nuevo papa a Clemente II. Pronto derrotaron al ejército de Rodolfo –moriría a causa de las heridas recibidas–, y pusieron sitio a Roma. Gregorio VII se vio obligado a buscar refugio y para ello solicitó la ayuda de los normandos de Sicilia, que fueron en su auxilio. Sin embargo, los hombres del duque normando Roberto Guiscardo hicieron tal desquicio con lo que quedaba de la ciudad, que sus habitantes, presos de ira, obligaron al papa a abandonar Roma y exiliarse en las tierras normandas de Sicilia, donde moriría poco después, en 1085. Como veremos, este temprano enfrentamiento entre la Iglesia Romana y el Sacro Imperio tendría consecuencias a largo plazo y comprometería el desarrollo de las cruzadas.


4.- El conflicto entre Roma y Constantinopla


La divergencia entre las Iglesias de Oriente y Occidente se remontaba a la época de los carolingios, cuando Roma proclamó una interpretación del dogma de la Trinidad que los griegos no estaban dispuestos a aceptar (la llamada cuestión del Filoque)[8]. En el siglo ix, el papa León III aceptó la doctrina del origen del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, pero se opuso a que se adoptara la cláusula Filioque en la ritualidad. En 1014 la situación cambió cuando Roma oficializó la nueva versión del Credo en la misa. Desde luego que esta no era la cuestión central del conflicto. En el entredicho también se invocaban asuntos referidos a la liturgia y el modo de vida de los clérigos, por caso el tema del celibato, impulsado por Roma. Pero en realidad, más allá de lo teológico, se trataba de una cuestión de preeminencia: Luego de que los árabes hubiesen conquistado todo el Oriente Medio y, por lo tanto, perdidos los patriarcados de Jerusalén, Antioquía y Alejandría, el Patriarca de Constantinopla era el único jefe de los cristianos de Oriente y no soportaba la idea de someterse a la supremacía del papa.

El conflicto empeoró cuando Roma, empeñada en poner en orden a su clero, quiso imponer la uniformidad de los ritos y de los usos en todo Occidente y, de modo particular, presionar a las iglesias y los monasterios griegos de Italia meridional a seguir las normas de Roma. Hasta entonces había muchas iglesias griegas en el ámbito romano de igual modo que las había latinas en la esfera de influencia de Constantinopla. Gran parte del sur de Italia estaba bajo el control de Bizancio y los griegos no estaban dispuestos a modificar la ritualidad bizantina.

Mientras en Occidente la Iglesia romana avanzaba hacia una reforma radical que tendría como campeón a Gregorio VII, en Oriente ascendía a la cúspide de la iglesia bizantina Miguel Cerulario, quien desempeñaría un rol clave en el conflicto siendo Patriarca de Constantinopla.[9] Miguel era un hombre de gran valor, hábil político, tan intransigente como ambicioso. Impulsó una estricta observancia de los ritos griegos e intimó a las iglesias latinas a respetarlo tanto en Bizancio como en los territorios concedidos a las flotas italianas en los puertos bajo control de Constantinopla y en la propia Jerusalén. La comunidades latinas que se rehusaron fueron clausuradas sin más, y sus miembros deportados. Runciman afirma que el motivo auténtico de la actitud de Cerulario era el de incorporar más fácilmente las iglesias de las provincias armenias recientemente ocupadas, en donde había prácticas divergentes.[10] Pero su política afecto también a las iglesias latinas de la Italia bizantina y a aquellas que existían en la misma Constantinopla para los mercaderes, peregrinos y soldados de la guardia varega.[11]

Con la intención de resolver este conflicto, que había desembocado en gran escándalo entre ambas cristiandades, el papa León IX envío en 1053 una delegación integrada por el cardenal Humberto da Silva Candida, Federico de Lorena y Pedro de Amalfi. El emperador los recibió con todos los honores, pero el patriarca Miguel Cerulario no sólo no los atendió sino que se negó a reconocerlos como delegados de Roma, en tanto que hizo circular líbelos ultrajantes para la Iglesia de Occidente en términos de gran violencia. Exasperados por tantas dilaciones y ataques, los enviados de Roma –cuya misión original era la de encontrar un camino para la reconciliación–, terminaron depositando una bula de excomunión en el altar de Santa Sofía, en la que denunciaban al patriarca y “a sus partidarios”, lo que en definitiva implicaba a todos los clérigos y fieles griegos. Como contrapartida, Miguel Cerulario excomulgó al papa romano León IX.Entre muchas otras cuestiones, Roma no podía tolerar que Miguel Cerulario se hubiese dado para sí el título de “Patriarca Ecuménico”, es decir, de todos los cristianos. Se trataba de una pretensión de universalidad inaceptable en momentos en que la Iglesia de Occidente estaba a las puertas de una gran depuración, pero a su vez estaba empeñada en expandir sus dominios. Las políticas de Miguel Cerulario también fueron objeto de una fuerte crítica interna encabezada por parte del clero y el pueblo griegos. Intentó entonces una conspiración que fracasó; incluso llegó a negociar un acuerdo con Roma si lograba tomar el poder, pero fue depuesto en 1059.

Uno de los actores inesperados en el conflicto entre Bizancio y Roma fueron los normandos y su irrupción en el sur de Italia. Desde principios de siglo XI, vikingos procedentes de Normandía y de los Países Escandinavos comenzaron a establecerse en el sur de la península. La mayoría de los historiadores coinciden en que las condiciones en Normandía eran desfavorables en esa época: escases de tierras para los segundones, campos densamente poblados, falta de oportunidades para los ambiciosos e inquietos y los hidalgos sin tierra.[12]Sucedió entonces lo que era habitual entre los vikingos en tales circunstancias: salir a conquistar nuevas tierras. Este mismo impulso es el que los llevaría a la conquista de Inglaterra (1066) y a que pusieran el ojo en Medio Oriente. Pero para ello necesitaban una base en el Mediterráneo, y Sicilia reunía las mejores condiciones estratégicas que se pudieran pretender.

En un principio la Iglesia los consideró un peligro, pero luego, en la medida que estos se volvían hostiles hacia los griegos, los papas miraron para otro lado. Las comunidades bizantinas en la Italia meridional eran numerosas y activas, estaban orgullosas de su pasado, no sólo religioso sino cultural. La frontera del Imperio Bizantino en la bota italiana era una línea trazada entre Terracina, en la costa del Mar Tirreno, hasta Termoli sobre el Adriático. Pero debajo de esta línea solo estaban bajo control de los griegos las provincias de Apulia y Calabria. Sobre la costa occidental, nominalmente dependientes de Bizancio, se encontraban las tres ciudades-estado de Gaeta, Nápoles y Amalfi, cuyas flotas no tenían mayor inconveniente de comerciar con los sarracenos fatimitas que gobernaban en Egipto, incluso a espaldas de Bizancio. El resto de los territorios meridionales estaban bajo control de los príncipes lombardos de Benevento y Salerno que, según la época y la coyuntura, respondían al emperador bizantino o al papa romano, pero siempre se mostraban insumisos. Sicilia permanecía en poder de los musulmanes desde el siglo IX pese a los esfuerzos de los bizantinos por reconquistarla. La situación no podía ser más favorable para los normandos.

El 1016 los sarracenos pusieron sitio a Salerno. En ese contexto caótico, un grupo de cuarenta caballeros normandos que regresaban de peregrinar a Tierra Santa (la ruta de los peregrinos atravesaba Italia hasta Bari, puerto en el que se embarcaban a Constantinopla), se unieron a los sitiados, inflamados sus corazones por el deseo de mantener a la ciudad bajo el estandarte cristiano. Pronto los rumores de que Italia poseía bellas tierra y muchas oportunidades llegaron a Normandía. Comenzó entonces un flujo de normandos que esperaban encontrar en el zafarrancho reinante un bando para el que pelear, y de hecho los hubo en todos los partidos. Rechazados los infieles, a los normandos les daba igual pelear para los lombardos que se habían alzado contra el yugo bizantino o para las tropas de Bizancio que querían acabar con la revuelta lombarda.

Hacia 1030 uno de los jefes vikingos se había destacado a tal punto que el príncipe Pandulfo de Capua le dio en feudo el condado de Arezzo. En 1040 seis hermanos, hijos de Tancredo de Hauteville, ocuparon la ciudad de Melfi en las montañas de Apulia. Uno de ellos, Guillermo “Brazo de Hierro”, sería proclamado por sus compañeros conde de Apulia. En pocos años, estos guerreros venidos del norte estaban conquistando el país. Pronto se convirtieron en un peligro para toda la Italia meridional. Atacaban las ciudades en la costa occidental, organizaban campañas relámpago que se acercaban a Roma y hacían retroceder a los bizantinos hasta la punta de Calabria. Para ese entonces estaba claro que los vikingos eran el enemigo común de los bizantinos, del emperador del Sacro Imperio y del propio papa, León IX, quien en 1053 bajó con su ejército de alemanes e italianos en auxilio del príncipe de Benevento. Pero no solo fue derrotado sino que cayó prisionero de los normandos. Solo fue liberado luego de una buena paliza y de prometer que cambiaría su política para el sur de la península; moría un año después. En 1057 Roberto Guiscardo, el hijo menor de Tancredo de Hauteville ocupaba Calabria, a la vez que heredaba Apulia.

5.- Bizancio, los conflictos internos y el avance selyucida


A mediados del siglo XI la paz en el Mediterráneo Oriental parecía asegurada por las buenas relaciones entre Bizancio y el Califato Fatimita, con su centro político en El Cairo, cuyos dominios se extendían desde el Magreb hasta el Levante y la región de Hiyaz en Arabia (es decir, La Meca y Medina). Ninguna de las dos potencias tenía una política exterior agresiva hacia la otra y ambas necesitaban contener a los turcos selyúcidas que se habían hecho con el poder en los antiguos dominios del Califato Abásida (Bagdad) y realizaban incursiones constantemente en la Anatolia (actual Turquía). Pese a esta situación de tensión, más o menos permanente, ni Bizancio ni El Cairo se veían afectados. Los fatimitas, si bien permitían el acceso a sus puertos a los mercaderes italianos y bizantinos, el tráfico de los peregrinos cristianos a los Santos Lugares era menos tolerado que en tiempos de los abasidas y en ocasiones –como veremos más adelante– los cristianos sufrían vejaciones.

El Imperio Bizantino, por su parte, se extendía desde el Líbano al Danubio y desde Nápoles al mar Caspio y contaba con una compleja y eficaz administración. Sin embargo el ánimo en el seno de la sociedad bizantina era de inquietud. El gobierno imperial disponía de un sistema defensivo que incluía provincias administradas por militares que, a su vez, estaban vigilados por representantes del poder central de Constantinopla. Esto aseguraba una rápida reacción de las provincias ante un ataque foráneo, pero a su vez dotaba a los gobernadores de un gran poder militar y cierta autonomía respecto de la metrópoli.

El campo era la principal fuente de riqueza y la tierra era el bien más preciado, pero a su vez era la recompensa con la que los emperadores premiaban a los militares victoriosos y a los altos cargos de la administración imperial. Los campesinos también obtenían tierras en virtud de sus servicios militares, de modo que, al igual que en Occidente, el sistema funcionaba en tanto que hubiera tierras para repartir. Por otra parte, los nobles y los monasterios acumulaban más y más tierras o bien porque las compraban a campesinos sin capacidad de hacerlas productivas, o porque se las apropiaban. Esto provocó una aguda disminución de tierras bajo control del Estado, a la vez que volvía cada vez más poderosos a los propietarios de vastas extensiones heredables.

Sucesivas crisis políticas tuvieron lugar a partir de 1056, con de la muerte de la emperatriz Teodora, sobrina de Basilio II. Básicamente se trataba de una puja entre la elite terrateniente y las familias de sangre. Luego de los fallidos gobiernos de Miguel VI y del general Isaac Comneno, asumió el poder un miembro de la aristocracia bizantina llamado Constantino Ducas (Constantino X). La situación con la que se encontró tras el acceso al trono no era fácil: las arcas del Imperio se encontraban vacías y el ejército concentraba demasiado poder. Tomó entonces una decisión que luego llevaría al Imperio a la ruina: quitó recursos a las guarniciones militares y redujo drásticamente el número de efectivos del ejército. Fatalmente, esto sería aprovechado por los turcos selyúcidas que incrementaron incursiones desde el Este.

Mientras esto ocurría en Oriente, en Italia los normandos avanzaban sobre los territorios bajo el control de Bizancio, que no podía ocuparse de ambos frentes. Constantino X optó por concentrar sus esfuerzos en detener el avance selyúcida que había penetrado en Armenia causando tremendos estragos.

Fueron los propios bizantinos, con sus rebeliones internas y conflictos que perduraron durante casi veinte años, los que crearon las condiciones para la invasión de los turcos en Asia Central. Hacia 1073 avanzaron sobre la península de Anatolia, empujando hacia occidente a las fronteras bizantinas. Miguel VII perdía al mismo tiempo tierras en la Anatolia y en el sur de Italia. Desesperado propuso que su hijo se prometiera en matrimonio con la hija del vikingo Roberto Guiscardo, arreglo que el papa Gregorio apoyó de inmediato, pues colocaría a una emperatriz católica en el trono de Bizancio. Pero los acontecimientos se precipitaron.

En 1078, como consecuencia de la creciente debilidad de Miguel VII, el comandante de los ejércitos bizantinos de Asia Menor, Niceforo Botaniates, se rebeló contra el emperador en medio de graves revueltas en Constantinopla. Miguel VII se vio obligado a abdicar y huyó raudamente al monasterio de Studion, abandonando a su esposa, que con espíritu práctico ofreció su mano al nuevo emperador. Esta nueva situación enfureció a Gregorio VII que fulminó inmediatamente a Nicéforo con una bula de excomunión.

Los ánimos estaban lejos de calmarse en la capital del Imperio. Una nueva rebelión se produjo en el ejército bizantino, atizada por un general que se alió con el sultán turco Suleiman a cambio de que lo ayudase a derrocar a Nicéforo. La intentona fracasó, pero los turcos conquistaron Nicea, lo cual representaba una verdadera catástrofe para Bizancio. Estallaron nuevos conflictos en Constantinopla hasta que finalmente, la antigua familia Comnemo declaró depuesto a Nicéforo y proclamó emperador a Alejo Comnemo. Gregorio VII también lo excomulgó inmediatamente.

Muerto Gregorio VII ocupó la cátedra de Pedro Dauferio de Fausi (1026-1087), hijo del príncipe de Benevento quien tomó el nombre de Victor III. Había ingresado al monasterio de Montecasino a los trece años, del que llegó a ser elegido abad. La mayoría de los historiadores coinciden en que cuando fue electo papa en 1087, Dauferio no tenía ningún interés en convertirse en el nuevo pontífice. Dilató todo lo que pudo su consagración y apenas asumido abandonó Roma para volver al monasterio de Montecasino, pero debió regresar, presionado por Matilde de Toscana.

En agosto de 1087 presidió un sínodo en Benevento en el promovió una expedición militar de las repúblicas marítimas italianas de Génova, Pisa y Amalfi contra los musulmanes del norte de África. Algunos historiadores ven en esta acción un precedente de lo que luego serían las cruzadas. Cayó enfermo durante el desarrollo del sínodo y se retiró por última vez a Montecasino, donde murió el 16 de septiembre de 1087. Lo sucedería el francés Odon de Chatillón que reinaría bajo el nombre de Urbano II.

En el año 1085, el emperador Alejo, tras librarse de la amenaza normanda, se centró en el problema de la expansión turca en Asia central. Mediante una política de intrigas permanentes, había conseguido mantener a los turcos en jaque enfrentándolos entre ellos. En 1086 fue asesinado Suleiman, el sultán de Run, que había logrado conquistar Antioquía y avanzar sobre Alepo, desafiando a Malik Shah, el hijo de Alp Arslan cabeza de la dinastía selyúcida. Poco después, la muerte del propio Malik Shah desató una guerra civil entre sus hijos. El poder selyúcida estaba pasando por apuros y parecía el mejor momento para actuar. Sin embargo, el ejército de Alejo era muy escaso, aunque contaba con una fuerte flota y unas arcas llenas, tenía muy pocas tropas a las que recurrir debido, en gran parte, a la pérdida de Anatolia.

Ante esta situación, Alejo se apresuró a enviar emisarios al papa Urbano II; las relaciones diplomáticas entre Roma y Constantinopla se restablecieron y los embajadores de Alejo fueron recibidos en el Concilio de Piacenza en marzo del año 1095. Allí se encargaron de describir la situación desgraciada en la que vivían los cristianos de Oriente, la escases de tropas que sufría el ejército del emperador y las buenas condiciones para llevar adelante una campaña contra los turcos.

Hacia fines de 1095 el papa Urbano II convocó al Concilio de Clermont en donde expuso su plan de movilizar a la cristiandad en una peregrinación armada a Tierra Santa. Ante lo más granado de la Iglesia y la nobleza de Francia, con el apoyo del poderoso abad de Cluny y la efervescencia de la reforma gregoriana flotando en la atmosfera, instó a los barones de Occidente a que tomasen la Cruz y marchasen al frente de sus ejércitos a liberar el Santo Sepulcro. Como veremos, el control de Jerusalén nunca había dejado de ser la aspiración de Occidente y en principal el objetivo de los cluniacenses.


6.- La Defensa de los Peregrinos


6.1 Antecedentes


Las dos principales fuentes que podemos consultar acerca de la fundación de la Orden del Temple afirman que su función original fue la defensa de los peregrinos que atravesaban los desiertos de Palestina para visitar los Santos Lugares.

Asumamos, por el momento, que en esos primeros años Hugues de Payen y sus compañeros desempañaron el rol de “policía de caminos”, tal como lo sugiere irónicamente Michel Lamy.[13] Luego de terminada la cruzada –ya establecidos los cuatro principados que conformarían el Reino Cristiano de Jerusalén–, muchos de los nobles y sus tropas habían regresado a Europa. Los francos ejercían el control de las grandes ciudades pero el país era extenso y la mayor parte de los territorios interiores permanecía ocupado por los musulmanes. Incluso las guarniciones en las ciudades eran pequeñas y había una carencia de recursos que volvía al reino en extremo vulnerable. Esta situación provocaba una gran inseguridad para los viajeros, especialmente para los peregrinos que acudían gozosos de poder visitar el sepulcro de Cristo. Esta situación precaria respecto del control de las rutas vuelve verosímil a las versiones de los cronistas Guillermo de Tiro y Jacques de Vitry.

La mayoría de los peregrinos llegaban por mar, siendo el principal puerto de arribo el de Jaffa.[14] La ruta de Jaffa a Jerusalén era especialmente peligrosa y los egipcios, que controlaban la ciudad de Ascalón[15] –que no pudo ser tomada por los cristianos hasta 1153– solían asolar a las caravanas que marchaban desde el puerto hacia la Ciudad Santa. El diario del peregrino alemán Juan de Würzburg, quien visitara Jerusalén en el siglo XII, nos ofrece este panorama:

[…] Cualquier viajero que desembarcara en Jaffa debía subir hasta Jerusalén a través de uno de los paisajes más áridos del mundo. Tras haber sobrepasado Ramla, entraba en la desnuda y escarpada montaña y, al cabo de una penosa jornada de marcha, atravesaba un último valle estrecho y profundo y se encontraba de repente frente a la Ciudad Santa. La dominaban dos grandes cúpulas: al este la del Templum Domini, la antigua mezquita de Omar [se refiere al Domo de la Roca], y al oeste la inmensa rotonda de la iglesia del Sepulcro, cuya bóveda se abría al cielo para dejar pasar el fuego sagrado en Pentecostés. La Roca del Calvario estaba coronada por una capilla, flanqueada por la gran atalaya del Hospital. Entre aquellos puntos de referencia, todo el horizonte se veía recortado en torrecillas, en campanarios y terrazas, con las torres maestras de las cuatro puertas frente a los cuatro barrios.[16]

De modo que es muy probable que Hugues de Payen haya decidido reunir una pequeña tropa que asegurase esa ruta, tal como lo afirma Guillermo de Tiro cuando dice “para que guardasen los caminos, por allí por donde pasaban los peregrinos, de malechores y ladrones que solían causar grandes males…”. Examinemos qué se entendía por “peregrino” en la Antigüedad Tardía y en la Edad Media.

La etimología del vocablo “peregrino” proviene de la contracción de dos palabras latinas “per” –a través– y “ager” –tierra, campo– De esta misma raíz deriva el adjetivo “pereger” –viajero– y el adverbio “peregre” –en el extranjero, o “más allá de los límites territoriales”– Es de dicho adverbio que luego surgen los sustantivos “peregrinus” –extranjero– y “peregrinatio”. El NiermeyerMediae Latinitatis Lexicon Minus nos muestra una acepción muy clara para el vocablo “peregrinus”: banished by way of penance (desterrado a modo de penitencia). El mismo lexicón define como primera acepción para el vocablo “peregrinatio”: pilgrimage to holy places (peregrinación a lugares sagrados). La segunda acepción es crusade (cruzada). De hecho, como veremos, a la primera cruzada se la llamó “peregrinación armada”; mucho después se acuñó el término “cruzadas”.

Pero, como ya lo advertíamos en la introducción, entender la mentalidad medieval no es tan sencillo. Si analizamos el sentido de la palabra “peregrino” desde una historia de las mentalidades nos encontramos con un concepto complejo cuya comprensión es vital en el contexto de la Orden del Temple y su deber de defender al peregrino. Así los define Adeline Rucquoi

Son extremadamente diversos los peregrinos que desde los primeros siglos del cristianismo recorren las rutas y los caminos del mundo. No existe un “tipo” de peregrino. No todos van al mismo santuario. No todos obedecen a las mismas motivaciones o persiguen el mismo objetivo. No todos son pobres o ricos, proceden del campo o de las ciudades. etc. En cambio, se puede decir que los peregrinos constituyen un mundo, con la diversificación y la complejidad que encubre este término y en pleno acuerdo con la concepción medieval del universo “múltiple y desordenado” de donde sale el “Orden” divino.

La diversidad se manifiesta en primer lugar a nivel de las motivaciones que empujan a un individuo a hacerse peregrino. El primer motivo, a la vez el más conocido y casi ”el motivo” por antonomasia, será la fe, la devoción, el deseo de vivir mejor la religión que anima al cristiano a abandonarlo todo para marcharse.[17]

El peregrino medieval es un viajero que recorre largas distancias, buscando alcanzar los grandes santuarios de la cristiandad: Santiago de Compostela, la Abadía del Monte Saint-Michel, San Pedro en Roma, el Santo Sepulcro. Pero al mismo tiempo, la peregrinación es un estado de exilio espiritual, un exilio auto-impuesto en el que el alma se desprende de sus deseos materiales, abandonando todo en pos de seguir a Jesucristo. Ya en la Plena Edad Media había en el peregrino una búsqueda de redención, de remisión de los pecados; de hecho adquiere un sentido escatológico cuando es institucionalizada la indulgencia plenaria para todo aquel que peregrine a Jerusalén durante las Cruzadas. El exilio espiritual del peregrino es la realización de la idea de San Jerónimo cuando propone Nudus nudum Christum sequere: “Desnudo, para seguir al Cristo desnudo” caminando hacia el Calvario. Es ese despojo sagrado el que confiere al peregrino una identidad particular en el contexto histórico en el que irrumpe la Orden del Temple. Es el peregrino que busca ese contacto misterioso con Nuestro Señor, descripto magistralmente por Charpentier:

¡Dichoso aquel que regresaba! Más dichoso aquel que moría cerca de la tumba de Cristo, y que podía decirle: Señor, moristeis por mí y yo he muerto por vos…

Peregrinar es un acto enraizado en la naturaleza humana desde tiempos remotos. En el Occidente cristiano las peregrinaciones a lugares santos fueron creciendo en la medida que los individuos querían tomar contacto, sentir, respirar la atmosfera en la que habían vivido los primeros santos, los primeros mártires.[18] En los inicios, cuando el cristianismo no era aún la religión del Estado, los romanos no alentaban las peregrinaciones a Medio Oriente, de modo que se registran muy pocos casos durante los primeros tres siglos.


6.2 Jerusalén durante las guerras judeo-romanas


Como consecuencia de la primera Guerra Judeo-Romana (70 al 73 d.C) el ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito puso sitio y tomó Jerusalén en el año 70. Aunque probablemente no estaba en sus planes destruir el Templo, este se incendió y fue sometido a saqueo.

Permaneció reducido a escombros hasta que se produjo la segunda Guerra Judeo-Romana (132 al 135d.C). Aún estaba vivo el recuerdo de la primera sublevación judía y de lo que ésta se había cobrado en vidas. El emperador Adriano decidió que Judea debía ser esta vez aplastada para siempre. Reunió un gran ejército compuesto por seis legiones que puso bajo el mando del general Sexto Julio Severo e invadió Judea en 134. La rebelión fue aplastada, pero a un alto costo. Algunos historiadores calculas que 580.000 judíos murieron a manos de los romanos y que una cifra similar murió por hambre y enfermedades[19]. Por su parte dos legiones fueron prácticamente diezmadas. La Legión XXII Deiotariana quedó desintegrada, en tanto que la Legión IX Hispania también fue disuelta.

Ante este panorama Adriano decidió destruir de raíz la identidad judía, que había sido la causa de las continuas rebeliones. Prohibió la Torá, el calendario judío y mandó ejecutar a numerosos rabinos estudiosos y eruditos. Los rollos sagrados fueron quemados en una ceremonia en el Monte del Templo. En la zona del antiguo templo instaló dos estatuas, una del dios romano Júpiter y otra de él mismo. Administrativamente eliminó la provincia romana de Judea fusionándola con otras regiones en la provincia de Palestina,​ tomando el nombre de los filisteos, antiguos enemigos de los judíos. Finalmente fundó la ciudad de Aelia Capitolina en lo que había sido Jerusalén, prohibiendo a los judíos que entraran en ella. Para humillarlos todavía más, sobre la puerta principal de la ciudad se colocó la estatua de un cerdo. Lo que quedaba del Segundo Templo fue removido hasta los cimientos.[20]

Pero no solo le preocupaban los judíos, sino también la secta de los judeocristianos, que en ese momento comenzaba a representar un problema. El hecho de que estos seguidores del Cristo siguieran recordando el lugar donde se había producido la crucifixión del Rabí de Galilea hizo que mandara a construir un templo a Venus en el propio Monte Calvario para evitar que se convirtiera en un lugar de adoración cristiano.


6.3 Bizancio y el Santo Sepulcro


Pero a partir del siglo IV la situación cambió en tanto el cristianismo pasó a ser la religión del Imperio Romano. El estatus de Jerusalén recuperó su centralidad especialmente después del peregrinaje a Tierra Santa de la madre de Constantino –la emperatriz romana Santa Helena– y de todas las obras de reconstrucción por ella emprendidas. En el ámbito de Bizancio las peregrinaciones fueron cada vez más frecuentes, lo cual resulta lógico por la cercanía con los Lugares Santos. El emperador Constantino dio crédito a las reliquias halladas por su madre y ordenó construir la Iglesia que aún hoy permanece como el principal santuario de la cristiandad, el Santo Sepulcro.[21] Las obras promovidas por Santa Helena en Tierra Santa fueron innumerables y su listado excede el marco de éste ensayo. Pero fue a partir de este impulso de la emperatriz que también Occidente comenzó a mirar hacia los santuarios de Oriente. San Jerónimo se estableció en Belén y, dada su fama, la celda en la que vivía se convirtió en destino obligado para todos aquellos que visitaban el Santo Sepulcro.

En los siglos siguientes un nuevo fenómeno produjo un creciente interés en los santuarios de Oriente por parte de los cristianos de Europa Occidental. Ese fenómeno fue la proliferación de reliquias, muchas de ellas traídas por los peregrinos que regresaban de Palestina. En poco tiempo la circulación de reliquias –desde el dedo de un santo hasta un cadáver completo, o cualquier objeto encontrado en las tumbas de estos hombres y mujeres que eran objeto de adoración–, hizo que muchas Iglesias en Occidente se erigieran en honor a aquellos que habían sido elevados a los altares.

Este contacto de los cristianos occidentales con las reliquias provenientes de Oriente incentivó a muchos a emprender el viaje, por cierto peligroso, hacia los Lugares Santos. Las mismas naves griegas y sirias que llevaban y traían mercaderías también comenzaron a transportar peregrinos, que a su vez regresaban con noticias de un Oriente cada vez más cercano. Runciman refiere que las noticias traídas por estos viajeros eran la principal fuente de información de algunos historiadores, como Gregorio de Tours (538-594); incluso “hay constancia –agrega Runciman– de una conversación entre San Simeón Estilita (390-459) y un mercader sirio que lo vio en su columna, cerca de Alepo, en la cual San Simeón pedía noticias de Santa Genoveva de París (419-512) y le enviaba un mensaje personal”.[22] Esta cita da una idea de la circulación desde y hasta los grandes santuarios de la cristiandad.

La dinámica de estas peregrinaciones se desarrolló y creció entre los siglos IV al VII, solo interrumpida en breves períodos en los que piratas vándalos asolaron el Mar Mediterráneo, lo que provocaba que las naves quedasen ancladas en los puertos.[23] Pero este flujo se detuvo abruptamente en la primera mitad del siglo VII. Dos acontecimientos dramáticos se precipitarían sobre Jerusalén.

El primero sucedió en 614 cuando, con el apoyo logístico de los judíos que vivían en la ciudad, los ejércitos persas del emperador Cosroes (590-628), conducidos por el general Razmis, invadieron la Palestina y arrebataron Jerusalén a los bizantinos. Las crónicas cuentan que los persas sasánidas masacraron a miles de cristianos en la ciudad y destruyeron sus monumentos e iglesias, incluida la Iglesia del Santo Sepulcro. Estos eventos desgraciados aun generan discrepancias entre los historiadores. Lo cierto es que fue un golpe inesperado para Bizancio. El contraataque se produjo recién en 629, cuando las tropas del emperador Heraclio pudieron reconquistar Jerusalén. Pero la paz duró poco.


6.4 La marea islámica


El segundo acontecimiento tuvo lugar en 638 en medio de la fulminante expansión islámica. Luego de la batalla de Karmuk, Jerusalén fue conquistada por las tropas árabes del califa Omar ibn al-Jattab (583-644), que inmediatamente tomó posesión de ella. Los árabes llamaban a Jerusalén con el nombre de Madinat bayt al-Maqdis ("Ciudad del Templo"), en alusión al lugar donde había sido construido el Templo de Salomón. Para ellos el resto de la ciudad seguía llamándose Iliya (Aelia), tal el nombre que le habían dado los romanos. Posteriormente, el Monte del Templo pasó a conocerse como al-Haram al-Sharif ("El Noble Santuario"), mientras que la ciudad pasó a ser conocida como al-Quds ("La Sagrada"), nombre con el que los árabes la denominan hasta el día de hoy.

La conquista de los árabes no causó los mismos estragos que la de los persas sasánidas. Omar ibn al-Jattab, segundo califa después de la muerte del profeta Mahoma, permitió que los judíos permanecieran en la ciudad, en tanto que firmó un tratado con el patriarca cristiano de Jerusalén, Sofronio I (560-638), mediante el cual se aseguraba que los cristianos y la propia Iglesia del Santo Sepulcro permanecieran bajo su protección. Según una antigua tradición de origen árabe-cristiano se dice que uno de los primeros actos del califa fue visitar el Santo Sepulcro. El patriarca Sofronio, impactado por el gesto, invitó al califa a rezar juntos. Pero este se negó, argumentando que si él orase en la basílica, eso podría provocar que los musulmanes pudieran reclamar el derecho a orar allí también, convirtiéndola en una mezquita, lo cual consideró que no sería justo, pues el Santo Sepulcro “era propiedad de los cristianos”.

Hacia fines del siglo VII, el perfil árabe de la ciudad iba dejando atrás la era bizantina. El califa omeya Abd al-Malik encargó la construcción de un santuario en el Monte del Templo, que hasta el día de hoy se conoce como “La Cúpula de la Roca”.[24] El lugar que eligió no era otro que el emplazamiento abandonado del antiguo Templo de Salomón. “Se trataba de una afirmación abiertamente desafiante dice Peter Brown–. La nueva cúpula destacaba por encima de la de la Iglesia del Santo Sepulcro, erigida por Constantino. En su interior, las inscripciones árabes con citas del Corán hacían saber a los peregrinos musulmanes cuál era el juicio definitivo de Dios respecto del pasado cristiano. En efecto, quien ingresaba a la Cúpula de la Roca leía en sus paredes:

¡Gente de la Escritura! [en alusión a los cristianos, caracterizados por ser los poseedores de las Sagradas Escrituras] ¡No exageréis en vuestra religión! Jesús, hijo de María, es solamente el enviado de Dios y Su Palabra… Tener un hijo [no es propio de Dios]… Ciertamente, la Religión, para Dios, es el Islam. (Corán 4,171 y 3,19).

La conquista de Jerusalén a manos de los árabes debe ser correctamente puesta en contexto, pues fue solo un eslabón en el avance de los ejércitos al mando de los caudillos musulmanes que, en poco tiempo, habían logrado expulsar a las tropas bizantinas de Egipto y Siria. Cartago caería en 698, mientras que el reino visigodo de España se derrumbaría ante la embestida islámica en 711. La expansión de los árabes, iniciada dos generaciones después de la muerte del profeta Mahoma, representa un quiebre para todas las culturas del Mediterráneo. El ya mencionado historiador Peter Brown la define como “la mayor revolución política acaecida en la historia del mundo antiguo”.[25] Habría que esperar hasta 717 –continúa Brown– para ver detenerse a la flota musulmana a las puertas de Constantinopla y a 733 para que Carlos Martel –sobrino de Santa Gertrudis, la abadesa de Nivelles– infligiera un Severo castigo a una partida de musulmanes que se dirigía a saquear el santuario de San Martín de Tours en la gran batalla de Poitiers.[26]

El Mar Mediterráneo se infestó de piratas musulmanes que tornaron en extremo peligrosa la navegación de las flotas italianas y detuvieron el comercio. Las vías de peregrinación por vía terrestre se volvieron más frecuentes. Pero la ocupación de buena parte del Oriente bizantino a manos del Islam resultaba insoportable para muchos cristianos, no solo para los que vivían en la tierra ahora ocupada por los musulmanes, donde estaba la cuna misma del cristianismo, sino también para los cristianos de Occidente. Les resultaba incomprensible que, para visitar los sitios en donde Cristo y sus apóstoles habían vivido, debieran hacerlo en condiciones de extranjeros, pagando impuestos, sometidos a exacciones y pillajes, a veces obligados a pagar su propio rescate. Aun así y pese a todas estas dificultades y humillaciones las peregrinaciones se mantuvieron e incluso se incrementaron durante el siglo VIII bajo el impulso de la Orden Benedictina.

7.- Los benedictinos y la reconquista de la Tierra Santa.


7.1 Carlomagno y el Santo Sepulcro

Hacia fines del siglo VIII parece haber existido un intento de organizar las cada vez más frecuentes peregrinaciones a Tierra Santa, cuyo principal promotor era el propio Carlomagno. Dado el papel preponderante que tuvo la Orden Benedictina en la estructuración del Imperio Carolingio, no resulta extraño el hecho de que el emperador haya realizado un empeñoso esfuerzo en establecer monasterios y hospicios latinos en los Lugares Santos, y que esta tarea haya sido encomendada a los monjes benedictinos.

La importancia de estos monasterios y asilos ha sido descripta por los cronistas y viajeros de la época. Entre ellos, el más significativo parece haber sido el monasterio de “San Juan de Jerusalén”, construido junto con un importante hospital en las proximidades del Santo Sepulcro, cuya principal actividad era la de recibir y darle albergue a los peregrinos latinos que llegaban a la Ciudad Santa. Su construcción, así como su atención, quedó a cargo de los benedictinos. Allí halló hospitalidad, en el año 870, el peregrino Bernardo el Sabio, quien escribe en su “Itinerario”: “...Fui recibido en el hospicio del glorioso emperador Carlos, en el cual encuentran acogida cuantos visitan con devoción esta tierra y hablan la lengua romana. A él está unida una iglesia dedicada a Santa María, la cual posee una rica biblioteca, debida a la munificencia del emperador, con más doce habitaciones, campos, viñas y un huerto en el valle de Josaphat. Delante del hospicio está el mercado...”[27]

Se cree que la fundación de estos establecimientos latinos en Jerusalén fue posible por la buena relación que Carlomagno había establecido con el califa de Bagdad, Harún al Raschid. Del mismo modo que Bizancio miraba con recelo del crecimiento del Imperio Carolingio, el califa estaba satisfecho de contar con un aliado cristiano, razón por la cual lo alentó para que llevara adelante la fundación de casas religiosas en Jerusalén y le facilitó la llegada de las limosnas dirigidas a su Iglesia. Los Annales regni Francorum, que cubren la historia de los primeros monarcas carolingios desde 741 hasta 829, describen el especial vínculo entre Carlomagno y Tierra Santa. Dice el texto que en [799], un monje, que venía de Jerusalén, le llevó [a Carlomagno], de parte del patriarca, su bendición y reliquias reunidas sobre el lugar de la Resurrección de Nuestro Señor. El rey, residiendo en Aquisgrán, celebró la fiesta de Navidad. Despidió al monje, que deseaba volver, y le hizo acompañar por un presbítero del palacio, al que encargó llevar sus ofrendas a los Santos Lugares.[28] En respuesta, el patriarca de Jerusalén –además de señalar que “...el Monte de Sión y el Monte de los Olivos están gozosos por las donaciones del muy generoso monarca...”– recurrió al emperador solicitándole ayuda para los peregrinos cristianos que sufrían permanente asedio y vejaciones por parte de los piratas beduinos.

Carlomagno se sintió profundamente agraviado por la situación que atravesaban los cristianos en Tierra Santa y decidió enviar una embajada a Al Raschid, a fin de poner fin a esta cuestión. Ocurrió entonces un hecho que divide la opinión de los historiadores, pero que constituye un antecedente valioso acerca de las pretensiones y los derechos latinos sobre los Lugares Santos. Al Raschid respondió al reclamo otorgando protección sobre las iglesias y peregrinos y haciendo donación del Santo Sepulcro al emperador en la persona de su representante y embajador. Hay quienes sostienen que tal cosa era absolutamente imposible, pues –y tal como lo señala Harold Lamb– “...resulta inconcebible que un califa del Islam, guardián de los santuarios de su religión, cediera a un cristiano desconocido la autoridad sobre parte alguna de Jerusalén”[29].

Sin embargo, las crónicas asocian esta embajada con la cesión a Carlomagno –aunque en forma temporaria– de la autoridad sobre una parte de Jerusalén. Las fuentes relatan que el patriarca transfirió al emperador las llaves del Santo Sepulcro y del Calvario junto al estandarte (vexillum) y las llaves de la ciudad Santa y del Monte Sión. Un clérigo de nombre “Zechariah” trajo el estandarte y las llaves a Roma sólo dos días antes de la coronación de Carlomagno como emperador. Al menos nominalmente, Carlomagno estuvo en posesión del Santo Sepulcro.[30]

En los ya mencionados Annales regni Francorum se lee: [800] Ese mismo día [23 de Diciembre], Zacarías, al que [Carlomagno] había enviado a Jerusalén, llegó a Roma, acompañado de dos monjes, uno del Monte de los Olivos, el otro de San Sabas, que el patriarca hizo ir con él. Estos presentaron al rey la bendición del patriarca, las llaves del Santo Sepulcro y del Calvario, así como el estandarte sagrado. El rey los retuvo durante algunos días, habiéndolos recibido con bondad, y, cuando le expresaron su deseo de volver, los despidió con regalos.[31]

Einhardo –un monje del monasterio de Saint Gall– dejó testimonio escrito de esta circunstancia: “...El califa, informado de los deseos de Carlomagno, no sólo le concedió lo que pedía sino que puso en su poder la propia tumba sagrada del Salvador y el lugar de Su resurrección... Al Raschid, admirado por los regalos que le enviaba el emperador cristiano, dijo: “¿Cómo podríamos responder de manera adecuada al honor que nos ha hecho? Si le damos la tierra que fue prometida a Abraham, está tan lejos de su reino que no podrá defenderla, por noble y elevado que sea su espíritu. Sin embargo, le demostraremos nuestra gratitud entregando a su majestad dicha tierra, que gobernaremos en calidad de virrey...”[32]


Más allá del alcance real de estas crónicas, los hechos demuestran que, ya en los tiempos carolingios, el cristianismo occidental consideraba a la Tierra Santa –y en particular a Jerusalén– como el lugar más venerado, punto de contacto con el otro mundo, simbolizado en la imagen de la Jerusalén Celeste.

Lo que verdaderamente importa destacar es que, tal como lo señala Runciman, durante algún tiempo, Carlomagno reemplazó al emperador bizantino como monarca cuyo poder constituía la salvaguardia de ortodoxos en Palestina, y ellos correspondían a su caridad enviándole expresiones honoríficas de su estimación. Pero el colapso de su imperio bajo sus sucesores y el renacimiento de Bizancio hicieron que la intervención franca tuviera corta vida y que fuese pronto casi olvidada, salvo por los albergues que había construido Carlomagno, por el culto latino de la iglesia de Santa María de los Latinos y por las monjas latinas que servían en el Santo Sepulcro. El episodio, en cambio, no fue jamás relegado al olvido en Occidente. Por el contrario, la leyenda lo exageró, a punto tal que hacia el año 1050 apareció un cantar de gesta en francés, escrito en versos alejandrinos con el nombre de Voyage de Charlemagne à Jérusalem et à Constantinople. Desde luego, Carlomagno nunca estuvo en Jerusalén. Para los francos de generaciones posteriores, su derecho a reinar en los Lugares Santos había sido evidente y firme.[33]

Esta conciencia se desarrollaría hasta sentir como un imperativo la ocupación efectiva de esa tierra. El hecho de que las peregrinaciones resultaran tan peligrosas llevó a que los grandes barones de Occidente organizaran verdaderas expediciones que garantizaran una mínima seguridad para el contingente. Después de atravesar las rutas balcánicas, la Anatolia se convertía en una tierra peligrosa que era mejor sortear en grupos numerosos y bien armados. Luego restaba eludir a los numerosos grupos de nómades que vivían en Siria y Palestina, que no eran precisamente las tierras más ricas y mejor administradas del Islam.

Un caso paradigmático es el de los peregrinos provenientes de Escandinavia. Tanto los noruegos como los daneses contribuyeron a abrir las rutas terrestres y marítimas a Tierra Santa. Inmediatamente después de la evangelización de los noruegos, los viajes de peregrinación a Jerusalén se convirtieron en una práctica creciente, que llegó a inspirar empresas de gran envergadura. Hacia el siglo XI estas expediciones se tornaron en cuasi campañas militares. En algunos casos el número de penitentes y el de los guerreros que los acompañaban era de tal magnitud que algunos autores, como Jacques Heers, los llegan a denominar como “pre-cruzadas”. Estos peregrinos escandinavos preferían la ruta oriental a través de las llanuras de Rusia y se unían muy a menudo, con los cuerpos de mercenarios normandos –la llamada “guardia varega”– que iban a ponerse al servicio del emperador de Bizancio. Esta ruta a Jerusalén se conocía con el nombre de, Jorsalavegr, o "ruta de las palmas".[34]


7.2 Cluny y las Cruzadas


En el siglo X la Orden Benedictina sufrió una profunda reforma que afectaría gran parte de la Iglesia. La misma se originó en la abadía borgoñona de Cluny, fundada en el año 910 por Guillermo el Piadoso, duque de Aquitania, que estaba directamente subordinada a la Santa Sede. En el acta de fundación el duque Guillermo renunciaba a todas las rentas del monasterio como también a las investiduras. Pero establecía que nadie –ni obispos, ni señores, ni papas–, podría quedarse en el futuro con las propiedades de la abadía.

En un principio, Guillermo nombró abad a Berno, pero se acordó que a su muerte fuesen los propios monjes quienes elegirían a su sucesor. En el año 932, el abad Odón solicitó y recibió de Roma el permiso para llevar adelante una reforma de la regla benedictina que regía el monasterio de Cluny. Esta reforma "cluniacense" preveía la fundación de nuevos monasterios y la transformación de otros que quedarían sujetos a la nueva autoridad.

Con la identificación en una misma regla, la reforma se constituyó en una herramienta política, por cuanto los nuevos monasterios –así como los reformados– ya no tendrían su propio abad, sino un prior dependiente de Cluny. La consecuencia de esta unificación bajo la misma regla y autoridad generó una estrecha unión entre los monasterios cluniacenses, pero transformó al abad de Cluny en un poderoso señor feudal, depositario de grandes rentas provenientes de los monasterios filiales y dueño de las investiduras sobre los mismos.

Cluny se convirtió rápidamente en el destino de grandes señores que abrazaban la vida monástica en el final de sus días, o de los hijos de acaudalados nobles que vieron en los abades cluniacenses la voluntad de aristocratizar el monacato. Las donaciones que la Orden impuso para su ingreso no hicieron más que generar cada vez mayores recursos, los cuales fueron administrados sin prurito alguno por esta nueva clase de monjes ricos que consideraron que tales tesoros debían utilizarse –a través de la liturgia y la ornamentación– a la mayor gloria del Señor.

Hubo aún otra circunstancia que potenció la acción de Cluny: la particular longevidad de sus abades –sólo tres gobernaron la abadía entre 958 y 1109–, que posibilitó una estrategia profundamente planificada y el tiempo para llevarla a cabo. Todos estos elementos contribuyeron a convertir al movimiento cluniacense en un factor político fundamental, gravitante en muchos de los problemas políticos que sacudían a la cristiandad en aquellos siglos.

Los cluniacenses se convirtieron en los principales organizadores de los movimientos de per