Eduardo Callaey

El último bastión

Y un día me di cuenta que todo aquel mundo en el que había crecido estaba sitiado. Que todo lo bueno, lo bello y lo sagrado se estaba apagando en medio del desinterés, la desidia, o simplemente la ausencia de sentido. Con el tiempo descubrí que había otros como yo y decidí resistir con ellos desde el último bastión.

 
 
  • Eduardo Callaey

El dilema entre "Justicia legítima" o Estado de Derecho.




Hace unos días, la fiscal federal Caamaño, titular de esta nueva secta religioso-judicial denominada "Justicia legítima", volvió a sacudir a la opinión pública al reclamar una reforma de la Constitución Nacional, a la vez que acusó al periodismo de "invisivilizar" la realidad del país. Antes lo habían hecho otros referentes del kirchnerismo, como el actor Dady Brieva al reclamar una CONADEP para la prensa, Mempo Giardinelli -que propuso un nuevo Nunca Más, "ahora del periodismo falsificador de la realidad, difamador, falaz y chantajista" y otros personajes vinculados a Cristina Kirchner, que dicho sea de paso habla de un "Nuevo Orden" que suena todavía más ominoso que una reforma constitucional.


Vivimos sin dudas un tiempo político dramático. Dos modelos de país, dos visiones del lugar de la Argentina en el mundo y dos electorados que cuentan en sus filas con cada vez menos ciudadanos y más “feligreses”. Todo esto en medio de una grave crisis que avizora un destino difícil sea quien sea que gane las elecciones.


En medio de este panorama el Poder Judicial no deja de sorprenderme, no solo por el grado de partidismo que lo invade sino por la amenaza que representa la pérdida de la independencia judicial, ya sea por el avasallamiento del poder político sobre los jueces, ya sea por la “militancia” que afiebra la cabeza de algunos magistrados y funcionarios como el caso de la fiscal Caamaño. No tengo dudas que detrás de la crisis que afecta a nuestro país se encuentra la profunda degradación de la relación entre derecho y política.


Hace tiempo atrás, en 2004, la Academia Católica de Baviera invitó al filósofo Jürgen Habermas y al entonces cardenal Joseph Ratzinger a que mantuvieran una conversación en torno a los fundamentos morales del Estado. Se trató de un hecho singular y, sin dudas, de enorme coraje por parte de la Academia. Habermas, que hoy tiene noventa años, es hijo de la Escuela de Frakfurt, marxista y declaradamente ateo. Ratzinger, que tiene noventa y dos, considerado uno de los teólogos más grandes de los últimos dos siglos, se convertiría en Pontífice de la Iglesia apenas un año después. Ambas visiones se perfilaban desde perspectivas dramáticamente opuestas.


Aquél diálogo quedó testimoniado en una pequeña obra titulada “Entre Razón y Religión: Dialéctica de la secularización”. Es un documento fundamental para entender la deriva de la política en el siglo XXI. Afirma Ratzinger que la tarea concreta de la política es poner el poder bajo el estado de derecho y regular así su uso. No debe regir el derecho del más fuerte –afirma Ratzinger–, sino más bien la fuerza del derecho. El poder ejercido en el orden del derecho y a su servicio está en las antípodas de la violencia, entendida ésta como el poder sin derecho y opuesto a él.[1]


La Argentina tiene una larga y triste tradición disruptiva en la relación entre el poder y el derecho. Este equilibrio, que sufrió frecuentes rupturas en las últimas décadas, nos demuestra que seguimos siendo una democracia endeble que necesita un espacio de reflexión, imposible en medio de los fanatismos que nos azotan como sociedad. ¿Cómo podríamos lograr un espacio de reflexión en medio del griterío ensordecedor de la grieta? Recurriendo a otro gran teólogo que suele poner luz en mis indagaciones políticas, podríamos decir que el instrumento político de la paz es el diálogo, que es el arte y la ciencia de establecer constantemente el diálogo dialógico como constitutivo de la realidad misma. La realidad –afirma Raimon Panikkar– no es otra cosa que ese diálogo. Pero inmediatamente advierte que existe una dificultad enorme en la realización de la dimensión dialógica de la política. Dice Panikkar: Ser tolerante con el que me tolera es muy fácil; el problema es ser tolerante con el intolerante. Abrir el diálogo dialógico con quien se cierra al diálogo es mucho más difícil. Es en este punto donde la fragmentación del ser humano y de la realidad a la que hemos llegado alcanza su límite.[2]


Vivimos un tiempo de intolerancia en el que es muy difícil encontrar el momento del diálogo y la reflexión. Probablemente hemos fallado en la práctica de esa sentencia de Ratzinger: la tarea concreta de la política es poner el poder bajo el estado de derecho y regular así su uso. Sin una justicia que asegure la vigencia de un estado de derecho, y que someta a la política a ciertos fundamentos morales y pre-políticos no hay modo de construir un consenso democrático.


Los últimos años de la política en Argentina nos han demostrado que la justicia recorre un camino sinuoso que, lejos de sostener esos fundamentos pre-políticos, se acomoda a los vientos surgidos del choque partidario; ni siquiera hablamos de ciclos políticos sino de tensiones provocadas por facciones que llevan al país de un extremo al otro sin que nadie –ni siquiera la Corte Suprema– logre ponerse a salvo de la sinusoide. Y todo esto en medio de una emergencia que afecta a los más vulnerables, que se convierten en masas fácilmente manipulables por oportunistas ambiciosos y violentos. Mientras que, por otro lado, irrumpe la maquinaria tecnológica que instiga al odio desde las redes sociales que comienzan a reemplazar el debate político por la violencia más brutal e irreflexiva.


Justamente porque es difícil encontrar la unanimidad entre los hombres, sigue siendo imperativo que esos consensos sean el fruto de la política. La ausencia de esos consensos, o mejor dicho, esa falta de vocación por la búsqueda de consensos ha sido una constante que atraviesa a la últimas dos administraciones que gobernaron el país. Solo una crisis extrema de la política puede explicar la existencia de "Justicia legítima".


Es necesario hacer un esfuerzo por recuperar el diálogo más allá de la confrontación y reencontrar aquellos fundamentos morales y pre-políticos que constituyen el espíritu de una nación. De otro modo –parafraseando a Simone Weil, viviremos una época sin porvenir y la espera de lo que vendrá ya no será esperanza sino angustia.

[1] Habermas, Júnger – Ratzinger, Joseph; “Razón y Religión: Dialéctica de la secularización”. Fondo de Cultura Económica; Mexico (2008)


[2] Pannikar, Raimon; El espíritu de la política, Península; España (1999)

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