• Eduardo Callaey

El feudo cruzado de Oultrejordain


La primera vez que vi el desierto fue bajo el cielo de Jordania, la antigua tierra de Urdun, a la que los francos llamaban Oultrejordain. Fue la puerta de entrada a un mundo que conocía a través de las imágenes que evocan los relatos bíblicos, los libros de historia, los mapas y las fotografías, el cine. Quienes nos aficionamos a la historia sabemos que existe una distancia tramposa entre el hecho narrado y el hecho vivido; que, en definitiva, el oficio de contar historias consiste en zanjar esa distancia por todos los medios posibles. Supongo que por eso nos apasionan los libros de viajeros, porque nos acercan a aquello que no hemos visto con nuestros propios ojos. Pero el desierto no se puede describir, se tiene que ver. Por eso siempre añoro volver una vez más.


En uno de aquellos viajes organizados por la Fundación TESA, apenas había amanecido, íbamos de sur a norte por la ruta 35, desde el puesto fronterizo de Àqaba rumbo a Amán, cuando el guía, –un jordano alto y meloso, peinado como Rodolfo Valentino– me advirtió que estábamos muy cerca del castillo de Montreal, una de las tres más grandes fortalezas construidas por los cruzados en Levante.[1] Nos adentrábamos en el corazón del antiguo señorío cruzado de Transjordania, el vasto territorio que los francos dominaban más allá del Jordán.

Vista panorámica del castillo de Montral


El señorío se extendía hacia el sur, a través del Negev, hasta el Golfo de Àqaba. Al norte, más allá de Mar Muerto, el límite estaba fijado por el río Zarqa, el segundo mayor afluente del río Jordán, cuyas aguas nacen en manantiales cercanos a Amán y bajan a través de un valle amplio y profundo hacia el Jordán. La ciudadela de Amán probablemente haya sido el extremo noreste del feudo. En cambio al este no había fronteras claramente establecidas, sino más bien la prolongación de un desierto infinito sobre el que también reclamaban soberanía los gobernantes de Damasco. Por allí pasaba la ruta de caravanas y peregrinos que llegaban a la región del Hiyaz, rumbo a las ciudades de La Meca y Medina.


Ahora que estaba atravesando ese desierto sentía que todos los datos, mapas e imágenes que había leído y visto durante muchos años iban tomando una dimensión real en mi cabeza. Recuerdo que aquella mañana venía repasando el libro de John Robinson, Mazmorra, hoguera y espada, que describe, a mi juicio, una de las historias militares más completas sobre la Orden del Temple. Robinson, al igual que muchos de los grandes historiadores de las cruzadas –especialmente Steven Runciman– parece traslucir cierta fascinación por los castillos de Transjordania y su rol en la historia del Reino de Jerusalén. Empezaba a comprender esa fascinación en mi propia piel.


El Crak de Montreal[2], cuyas ruinas aún cortan la respiración, había sido construido por orden de Balduino I de Jerusalén en 1115, durante la expedición en la que capturó Àkaba. Aun se yergue en la cima de una montaña cónica a 1300 m. de altura, en plena llanura de Edom, en el lado oriental del desierto del Aravá. Antiguamente fue un enclave edomita y luego una de las postas de la ruta de los nabateos. Su ubicación estratégica le permitía controlar el paso entre Siria y Arabia y fue el bastión de los Señores de Transjordania durante más de dos décadas. Pero en tiempos del rey Fulco, su dueño, Roman Le Puy –tal vez sintiéndose a salvo dentro de las murallas de su castillo y la lejanía de la corte– cometió la torpeza de conspirar contra el monarca. Fue acusado de traición y se salvó de la horca solo porque pertenecía a la familia de Ademaro de Monteil, el legado papal que había acompañado a la primera cruzada y muerto antes de llegar a Jerusalén. Fulco le perdonó la vida y le ordenó que regresara a Europa. Fue entonces que entregó Transjordania a un hombre de su confianza, Payen le Bouteiller, el mayordomo del reino. [3]


La frontera del desierto siempre fue una zona caliente, por lo que el rey Fulco consideraba insuficiente defenderla solo desde el Crak de Montreal. Le ordenó a Payen que construyera una nueva fortaleza y este no se anduvo con chiquitas. Payen le había echado el ojo a un promontorio de piedra viva, que había visto en Qal'at al Karak –hacia donde nos dirigíamos ahora, siguiendo la ruta 35– en el cruce del bíblico Camino de los Reyes y la ruta que sube a Wadi Karak desde el Mar Muerto y corre hasta el borde del desierto oriental. Puso manos a la obra; convocó a los mejores constructores de Levante y dispuso de ingentes recursos, además de la habilidad de un ingeniero armenio que diseñó una obra maestra de la poliorcética: El castillo de Kerak, conocido como “La Roca”, Le Pierre du Desert o el Crak des Moabites según lo llamaban los franco.


Kerak, "La Roca"


En efecto, el nuevo dueño construyó un recinto inexpugnable que se eleva sobre los wadis y las colinas como “un gran barco que cabalga sobre olas de rocas”, según lo describió un viajero damasquino. Rodeada por barrancos, la fortaleza solo disponía de una puerta consistente en un túnel cavado en la roca, que el famoso explorador Ibn Battuta describió del tamaño de una sala. Su interior competía en lujo con el de la propia corte de Jerusalén o la de cualquier monarca de Europa. Luego de permanecer algunos años en poder de Payen el Mayordomo pasó a manos de su sobrino Amaury. Pero en 1161, a causa de ciertas disputas en el reino, el rey Balduino III convenció a Felipe de Milly, señor de Nablus[4], que entregara su feudo en Galilea a Amaury a cambio de la Transjordania. Junto con “La Roca”, Felipe recibió otras importantes fortalezas que habían pertenecido a Payen el Mayordomo, incluido el Crak de Montreal y el castillo de Ahman. Para ese entonces el Señorío de Transjordania se había convertido en uno de los cuatro feudos más poderosos del reino de Jerusalén, junto al condado de Jaffa y Ascalón, el principado de Galilea, en Tiberíades, y el condado de Sidón.


A principios de 1166 Felipe se unió al Temple –del que luego sería su séptimo Gran Maestre–, donándole a la Orden una considerable porción del norte de la Transjordania, incluido el castillo de Ahman (en la actual Amán), ubicado en la colina de la ciudadela donde aun se yergue el palacio omeya construido alrededor del año 800 y desde donde se puede observar la mejor vista de la capital del Reino Hachemita de Jordania.[5]


Restos de una iglesia bizantina en la "Ciudadela de Amán"


Luego de que Felipe de Milly se uniera a la Orden del Temple, el Señorío de Transjordania quedó en poder de su hija Estefanía, viuda de Hunfredo de Torón, que ya estaba casada con su segundo marido, Milo de Plancy, Senescal del Reino. Pero según cuentan las malas lenguas Milo era odiado por los barones de Tierra Santa, especialmente por los templarios, que habían presenciado una masacre en ocasión de que Milo impidió que los habitantes de Gaza se refugiaran en el castillo construido por la Orden cuando, en 1170, la ciudad fue atacada por el emir de Egipto. Lo cierto es que fue asesinado en 1174, cuando caminaba por la ciudad de San Juan de Acre; lo acuchilló un desconocido, lo que hace sospechar que alguien le encargó su muerte al Viejo de la Montaña.


Estefanía, nuevamente viuda, no tardó en encontrar candidato. Aparece aquí Reinaldo de Chatillón, considerado una de las figuras más negras de la historia de las cruzadas. Chatillón y Kerak, “La Roca”, han pasado a la historia como una sola cosa, una simbiosis que nadie ha podido romper con el paso de los siglos. Su imagen de caballero inescrupuloso, iracundo y sanguinario fue explotada por novelistas (me viene a la memoria la trilogía de “los Torneos de Dios”, de Barret y Gourgand), cineastas (es el malvado personaje interpretado por Brendan Gleeson en Kingdom of Heaven, de Ridley Scott) y hasta diseñadores de videojuegos (aparece en una de las campañas de Age of Empires). Hijo segundón de una familia noble de Champaña[6] había llegado a Medio Oriente con la segunda cruzada y se puso al servicio de Constanza de Antioquía con quien se casó y se convirtió en príncipe. Era adicto al saqueo de caravanas, un ejercicio sanguinario que, a la larga, resultaría su perdición. El primer traspié lo tuvo en 1160, cuando fue tomado prisionero y encarcelado en las mazmorras de Alepo durante diecisiete años. Sobrevivió.


Fue liberado en 1176 luego de que se pagara un fabuloso rescate y, enterado de que Estefanía de Milly había quedado viuda y señoreaba en Kerak, se las ingenió para casarse con ella y quedarse con el feudo de Transjordania. Balduino IV, el leproso, reinaba en Jerusalén y necesitaba un guerrero rudo en el desierto oriental, por lo que dio el visto bueno a la boda. Raimundo se enamoró de “La Roca” y pronto la convirtió en base de operaciones de sus saqueos y conspiraciones; fue como poner al lobo a cuidar de las gallinas. Más de una vez puso en aprietos al rey Balduino que hasta debió ir en su auxilio ante el asedio de Saladino, a quien el forajido barón desquiciaba cada vez que podía. Durante ese asedio ocurrió un hecho curioso que pinta de cuerpo entero a Saladino. Enterado de que había una boda principesca en el interior de Kerak, pidió que le señalaran cuál era la torre en la que pasarían su noche de bodas los esponsales, a fin de que las catapultas y los trabuquetes no molestaran sus placeres.

Cuando murió Balduino ya no hubo quien detuviese a Reinaldo. Atacó una caravana de mil camellos cargados de mercancía y la llevó a su castillo –tal era el tamaño de Kerak–, luego de pasar a degüello a toda la gente que con ella se desplazaba. Fue el acabose a la paciencia de Saladino, que declaró la guerra a Jerusalén, rompiendo una tregua pactada con el finado Balduino. Cuentan los cronistas que Raimundo de Chatillón encabezó el partido de los barones que apoyaron la guerra abierta al líder kurdo y uno de los que votó para que el ejército cruzado marchara hacia una muerte segura en los Cuernos de Hattin. Tal fue el desastre de aquella batalla que perecieron más de quince mil cristianos, la Vera Cruz cayó en manos del infiel; un centenar de templarios prisioneros fue degollado a manos de místicos sufíes y el propio Saladino –en un acto poco usual para un guerrero de su talla– le cortó la cabeza a Reinaldo con su propio puñal. Como paradoja de la doble cara que nos presenta Medio Oriente a cada paso, cabe señalar que muchos académicos creen que aquel lúgubre páramo de los Cuernos de Hattin no es otra que la Montaña de las Beatitudes en la que Jesús pronunció el Sermón de la Montaña.


Kerak quedó sin dueño, pero aun así tardó dos años en caer. Sometidos a sitio nuevamente, sus defensores se rindieron cuando lo único que quedaba era el canibalismo entre cristianos. Cuentan que antes de rendirse vendieron a sus mujeres y a sus hijos por un puñado de grano, y que quienes sobrevivieron ya estaban muertos en vida antes de convertirse en esclavos de los sarracenos. Casi un siglo después de su caída en manos del pérfido infiel lo tomó el sultán mameluco Baibars, que admirado de su majestuosidad le agregó una torre en la esquina noroeste.


Recuerdo que llegamos a Amán cuando ya caía el sol. El guía nos llevó a la ciudadela en donde aun se ven los cimientos del antiguo castillo cruzado. Desde allí, el punto más alto de la ciudad capital de Jordania, se ve claramente la línea que entrelaza arena y cielo hacia cualquier punto del horizonte que uno mire. Cada tanto releo “Los Torneos de Dios”, solo para volver a sentir la atmósfera de ese desierto y volver a imaginarme al castillo de Kerak cabalgando sobre las olas de rocas.

Nota: No estaría completa ni sería justa esta breve acuarela si no dijésemos, en defensa de Reinaldo de Chatillón, que recientemente ha habido intentos de reivindicar su figura mostrándolo como hijo de su tiempo, cuyas acciones contribuyeron, en cierta medida, a mantener las posiciones cristianas en la Transjordania. Jeffrey Lee ha escrito un libro muy interesante, God’s Wolf, the life of the most notorious of all crusaders Reynald de Chatillon (Atlantic Books, 2017), que lo reivindica. Por otra parte, Al Qaida lo puso en la vidriera cuando, en 2010, intentó volar un avión de carga sobre Chicago en el que iban dos bombas ocultas en impresoras, una de ellas dirigida a "Reynald Krak", cuyo remitente figuraba como Reinaldo de Chatillón. Por suerte dichos atentados fueron frustrados.

[1] Las otras dos, el Crac de los Caballeros y el castillo de Alepo se encuentran en Siria y han sido severamente dañados por los recientes conflictos bélicos. [2] Actualmente la ciudad de Shaubak, perteneciente a la Gobernación de Ma’an, al sudoeste de Jordania. [3] Guillermo de Tiro menciona a Payen en su Historia Ierosolimitana: Interea, quidam nobilis homo, nombre de Paganus, qui prius fuerat regius pincerna, postmodum habuit terram trans Jordanem, postquam Romanus de Podio et filius ejus Radulphus, meritis suis exigentibus, ab ea facti sunt exheredes et alieni; en finibus Arabiae secundae castrum edifleavit, cui nomen Crahc, natura loci, simul et opere manu facto munitum valde, juxta urbem antiquissimam ejusdem Arabiae metropolim, prius dictam. [4] Actual Naplusa, ciudad palestina ubicada al norte de Cisjordania. [5] La principal fuente documental sobre la ocupación de la colina de la ciudadela de Amán por parte de los cruzados es la Historia Ierosolimitana escrita por Guillermo de Tiro, quien escribe que en 1161 Felipe de Milly recibió el castillo de "Ahamant" (palabra que utiliza para referirse a Amán), como parte del Señorío de Transjordania. Otra fuente es la escritura de confirmación de la donación del castillo de “Haman” hecha por Felipe de Milly, refrendada por el rey Amalrico I de Jerusalén en 1066. [6] La misma familia a la que perteneció el papa Urbano II, Eudes de Chatillón, el impulsor de la primera peregrinación armada a Tierra Santa.

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