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  • Foto del escritorEduardo R. Callaey

Origen de la palabra "masón"

Mucho se ha escrito sobre los orígenes de los vocablos masón y francmasonería, sin embargo conviene recordar algunas definiciones recurriendo a los autores que establecieron el nombre de los distintos oficios vinculados con la piedra, en la Edad Media. Pues allí está el origen de esta historia.


Machionis, machinae, constructio


Las figuras alegóricas en torno al oficio de la construcción surgieron entre el siglo VIII y IX, época en la que la sociedad medieval comenzaba a asentar su carácter trifuncional. El oficio de la piedra, es decir, el oficio del masón, formó parte del artesanado integrado por los hombres libres que pertenecían a la clase de los que trabajaban (laboratores). Pero fue evolucionando y dividiéndose en diferentes especialidades a lo largo de toda la Edad Media, desde el primitivo masón que tallaba sillares hasta el escultor de imágenes, que “casi” alcanza la dimensión de artista en el siglo XIV.


Herramientas de cantería


La palabra masón se remonta a la alta Edad Media. Según dice Isidoro de Sevilla (556–636) en su Etimologiarum, se denominaba machiones (machio, ‘albañil’) a los trabajadores de la construcción, a causa de las machinae que utilizaban para alcanzar la altura de las paredes.[1] De este vocablo machio derivan los términos maçon (francés), mason (inglés), masón (español), maurer (alemán) y muratore (italiano).[2] También es frecuente encontrar en antiguos textos monásticos el concepto latino magister caementarius para definir al maestro albañil. Las machinae eran las estructuras mecánicas propias de la construcción: andamios, aparejos, elevadores, etc.[3]

Isidoro también define lo que se entiende por construcción:


1. Damos el nombre de construcción a todo edificio hecho de ladrillos y de relativa altura. La construcción [constructio], que se llama también instructio, se dice así porque aprieta [instringit] y hace que se enlacen las piedras con el barro y las vigas y piedras entre sí, a la manera del temple del hierro, que es la contracción [atrictura] de este en el agua, ya que, si no lo mojamos cuando está aún candente, no podrán unirse sus moléculas ni apretarse [stringit]. La llamamos construcción [strues] por la multitud de vigas y de piedras o sillares. Una cosa es edificar y otra instaurar; pues llamamos edificación a la construcción de nueva planta; no así la instauración, llamada con este nombre porque repara o renueva un edificio a semejanza del primitivo; pues los antiguos usaban el adverbio instar para expresar semejanza, y de aquí que digamos instauración.

2. Toda construcción consta de los siguientes elementos: el fundamento, los sillares, la cal, la arena y las vigas. El fundamento [cimiento] se llama así por ser como el fondo [fundus] del edificio; se llama también cimiento, pues se forma cortando grandes piedras [de caedendo].”[4]


Las Etimologías fueron publicadas por los discípulos de Isidoro tras su muerte, en 636. En ellas se definieron tempranamente los principales vocablos que nos ocupan en torno a la construcción en la Edad Media. Isidoro les dio sentido a los términos más significativos, utilizados tanto en los libros cristianos como en los paganos que tuvo a su alcance. Su obra trajo un orden de saberes a un mundo que se encontraba en plena formación, principalmente a aquellas cristiandades (definidas a veces como microcristiandades) en las que el latín no era la lengua en uso; tal el caso de las islas británicas o las tierras evangelizadas hacia el Este, en la Germania profunda.[5]


Fue justamente en una de estas incipientes comunidades cristianas, en Inglaterra, en donde Beda desarrolló la exégesis alegórica de la construcción del Templo de Salomón. Mucho más tarde, en el siglo XII, Hugo de San Víctor (1096-1141) establecería distintas categorías entre los obreros de la construcción: la construcción se divide en masonería (caementaria), que concierne a los canteros o talladores de piedra (latomos), y los albañiles o maçons (caementarios). Benimelli interpreta que San Víctor parece referirse a dos profesiones diferentes: el latomus es el que le da a la piedra su forma, en tanto que el caementarius es el que la coloca y la une a otras con el mortero. A quien tallaba la piedra también se lo llamaba antiguamente lapicida, aunque este término fue reemplazado por latomus. Hacia la Baja Edad Media comenzó a diferenciarse al artesano que tallaba la piedra libremente (es decir, quien realizaba escultura en piedra) del que tallaba sillares y piedras ordinarias. En Inglaterra, por ejemplo, mientras que el primero recibió el nombre de freestone mason (que luego se abreviaría freemason), al segundo se lo conocía como rough mason.


La construcción formaba parte de las artes mecánicas, que pueden entenderse como un concepto medieval de prácticas o habilidades ordenadas –a menudo consideradas vulgares o impropias del hombre libre–, yuxtapuestas a las artes liberales, reservadas para aquellos que recibían educación (gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía). En este contexto resulta aventurado especular hasta qué punto el artesano podía participar a nivel conceptual frente a quienes patrocinaban las obras. Pero hay algunos indicios que nos permiten sospechar que ya en el siglo XII los masones gozaban de cierta libertad creativa.


En una carta escrita probablemente en 1121, dirigida a Guillermo, el abad cluniacense de Saint Thierry, san Bernardo (1091-1153) reprende los abusos que se cometen en los edificios de iglesias y capillas y en sus ornamentos y pinturas:


Pero no sé de qué pueda servir una cantidad de monstruos ridículos, una cierta belleza disforme y una deformidad agradable que se presenta sobre todas las paredes de los claustros a los ojos de los monjes que se aplican allí a la lectura. ¿A qué provecho estas rústicas monas, estos leones furiosos, estos monstruosos centauros, estos semihombres, estos tigres moteados, estas gentes armadas que se combaten, estos cazadores que tocan la trompeta? Se ven aquí muchos cuerpos bajo una sola cabeza, y muchas cabezas sobre un mismo cuerpo. De un lado, se presenta la cabeza de un cuadrúpedo con cola de pez; en este lugar, un animal representa a un caballo, que es mitad cabra por detrás; en ese, otro con cuernos en la cabeza, que es mitad caballo en lo restante del cuerpo. En fin, se ve aquí por todas partes una tan grande y tan prodigiosa diversidad de toda suerte de animales que los mármoles, más bien que los libros, podrían servir de lectura.[6]



Artes mecanicas: aparejos y andamios en una columna de siglos XV.

(© Paco Lorca; aqmapacolorca.blospot.com)


Es conocida la querella entre Bernardo de Claraval y Pedro el Venerable respecto a las diferencias de estilo entre cistercienses y cluniacenses, pero es evidente que los tallistas de mármol del románico podían desplegar una imaginería que excedía ampliamente el motivo religioso y que, en algunos casos, era explícitamente erótica.[7] Esto ha dado lugar a una suerte de disputa argumental en la que se ha querido asociar el vocablo franc-maçon a los constructores libres, que gozaban de su libertad “en medio de un mar de siervos”.[8] Es posible, tal como lo señala Béresniak, que con el tiempo ambos conceptos, constructor de piedra libre y constructor libre, se cruzaran y se superpusieran.


En todo caso, lo que queda claro es que había una diferencia entre el tallador ordinario que cuadraba la piedra (que la ponía en escuadra) y la preparaba para ser utilizada en la construcción, y los talladores de figuras y formas, que eran quienes grababan en la piedra el mensaje que transmitía la Iglesia. Dice Béresniak: “La etimología ‘enseña’ por lo tanto que el verdadero fran-maçon, el auténtico, al que no hay que confundir con los otros, es el que permanece fiel a la santa Iglesia católica romana y trabaja ad maiorem Dei gloriam”.[9]

Hugo de San Víctor afirmaba que había tres obras en el mundo: Dios, la naturaleza y el artesano, que imita a la naturaleza, y si bien creía que el arte manual era necesario a los efectos de reparar aquello que la Caída había deformado, lo cierto es que el rol del artesano fue ganando prestigio en la medida en que se consideró que la creación del mundo era algo bueno. Hacia 1150, en su obra De divisione philosophiae, el traductor y filósofo toledano Domingo Gundisalvo (1115-1190) otorgó a las artes mecánicas el mismo estatus que a las artes liberales, creando un marco teórico para el ensalzamiento de los objetos materiales. Honorio de Autum (1080-1153) sumó los trabajos del metal, la madera, el mármol y, especialmente, la pintura y la escultura a las siete artes liberales.[10] En un próximo artículo veremos de qué modo Honorio estableció una continuidad entre la construcción celeste y la terrestre. Para ese entonces, construir un templo era ya un arte sagrado, cuyas dimensiones Isidoro de Sevilla no había previsto en sus Etimologías.

[1] Isidoro de Sevilla, Etimologías, XIX, IX, 1. [2] Niermeyer Lexicon Minus: machio, -onis = masón. [3] Isidoro de Sevilla, Etimologías, ob. cit., XXX. [4] Ibídem, XIX, IX, 1. Manzi, Ofelia y Corti, Francisco (1977), Teorías y realizaciones del arte medieval, Buenos Aires: Tekné, p. 17. [5] Brown, Peter (1997), El primer milenio de la cristiandad occidental, Barcelona: Crítica, pp. 189 y ss. [6] Manzi y Corti, Teorías y realizaciones del arte medieval, ob. cit., pp. 82-83. [7] Es notoria la gran cantidad de escenas sexuales que aparecen talladas en piedra en el arte románico. El volumen de imaginería románica explícita o implícitamente erótica en las iglesias –incluso en el interior de algunos monasterios– es muy considerable y difícil de explicar. Y todo esto dentro del marco del bestiario medieval, en el que abundan dragones y quimeras, grifos y gárgolas. Martínez-Salanova Sánchez exhibe una interesante colección de imágenes eróticas del período románico en su sitio web: https://educomunicacion.es/arte_erotico/romanico_medieval_arte_erotico.htm. [8] Martínez-Salanova Sánchez, loc. cit. [9] Béresniak, Daniel (1999), Judíos y francmasones, Madrid: Kompás, p. 22. “Elegir una etimología y excluir otra”, continúa Béresniak, “es obrar en beneficio de una ideología simplificadora. Creemos que es más estimulante para el espíritu tomar en consideración las dos etimologías y aceptar la turbación que produce su coexistencia”. [10] Kessler, La experiencia del arte medieval, ob. cit., pp. 84-85.

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