• Eduardo R. Callaey

Roberto de Craon, Gran Maestre II° del Temple

Seminario sobre Historia de la Orden del Temple, Cuarta Parte.©



1.- El regreso a Outremer


La misión de Hugo de Payen y sus hermanos en Europa había sido un éxito. En Francia, en Flandes, en Provenza y España, en Inglaterra e Irlanda se habían reclutado caballeros que se embarcaban en los puertos mediterráneos para unirse a la nueva milicia de Cristo. Las donaciones fluían a un ritmo frenético y en la Península Ibérica se habían creado expectativas militares que la incipiente Orden de los Pobres Caballeros de Cristo no estaba en condiciones de atender. Con esta situación –actualmente la definiríamos como “una crisis de crecimiento”– tuvieron que lidiar Hugo de Payen y sus camaradas. Había que organizar recursos, armar a los nuevos hermanos. Mayormente se trataba de hombres de la nobleza que venían con sus propias donaciones y sus armas, pero también llegaban segundones, hidalgos, hombres libres que venían a ofrecer su cuerpo y su alma en la defensa del Reino Latino de Jerusalén, con no más que su espada y su caballo. La logística en esos primeros años debe haber sido un verdadero dolor de cabeza, al igual que las comunicaciones, pues aunque las vías marítimas en el Mediterráneo estuvieran aseguradas, la distancia entre los reinos de occidente y los señoríos de oriente requería de largas travesías no exentas de riesgos. En las siguientes décadas, el incesante flujo de tropas y provisiones haría necesario que el Temple estableciera su propia flota con puertos en el Mediterráneo (Marsella) y en el litoral marítimo francés (La Rochelle).

Desde un principio estuvo claro que la Casa de la Orden iba a permanecer en Jerusalén. Allí estaba su origen, su causa y su razón de ser. Pero en Levante se habían constituido cuatro estados cristianos y cada uno tenía sus problemas. El Principado de Antioquía –el primero que había caído en manos de los cruzados en 1098–, tenía frontera con la provincia bizantina de Cilicia. El rey Balduino II de Jerusalén había casado a su hija Alicia con Bohemundo II de Antioquía, hijo y sucesor del jefe cruzado Bohemundo de Tarento. Pero el joven Balduino había muerto después de reinar apenas cuatro años y ahora el principado estaba en cabeza de su hija Constanza, casada a los diez años con un nuevo y ambicioso príncipe, Raimundo de Poitiers de treinta y seis. Raimundo no tardó en meterse en problemas con Bizancio.



El segundo estado cruzado era el Condado de Edesa, cuyo territorio se extendía desde Antioquía hacia el Oeste más allá del Éufrates. Al sur y al este se encontraban las ciudades de Alepo y Mosul, que eran poderosas plazas musulmanas, ahora unidas bajo el poder de un nuevo caudillo del Islam. Pero el conde de Edesa no estaba tan ocupado en defender al reino frente a la amenaza de los musulmanes como de pleitear con el conde de Trípoli. El Condado de Trípoli –el tercero de los estados vasallos del Reino de Jerusalén–, extendía sus dominios desde el norte del puerto de Beirut hasta Maraclea, al norte de Tortosa, y ocupaba una franja de tierra entre la Cordillera del Líbano y el mar. El control de la costa del Líbano era vital para la seguridad del reino, al igual que el del Valle de la Becá, que era tierra siria.


Con un panorama militar extendido en tan vasto territorio, pronto fue necesario que el alto mando templario delegara la autoridad en oficiales instalados en Antioquía, Edesa y Trípoli, que pasarían a ser ‘provincias’ gobernadas por jefes locales. Con más razón debía confiarse la autoridad a jefes instalados en las principales ciudades de Europa, en donde pronto se constituirían encomiendas y más tarde se dividirían también en provincias.


Hugo de Payen murió en 1136. Aún no se había establecido un protocolo para la elección de los grandes maestres. Ni siquiera existía esa figura sino la de Maestre, a secas. Suponemos que luego se utilizó el título de Gran Maestre de manera excepcional para diferenciar al mando máximo de los mandos provinciales, que también recibían el título de Maestre. No sabemos nada acerca de cómo se celebró esa primera elección, pero seguramente fue llevada a cabo en el cuartel general de Jerusalén por aquellos que conformaban el Consejo de Oficiales. La elección recayó en un hombre que estaba en condiciones de poner orden en la casa. Se llamaba Roberto de Craon y muy poco se sabe de su vida, salvo que era hijo de Reynaud de Craon y que se encontraba en Aquitania cuando se enteró que Hugo de Payen había fundado la Orden del Temple. De inmediato abandonó todo, incluida su prometida, para marchar a Jerusalén y unirse a la nueva milicia.


2.- Un solo poder ante el que rendir cuentas: El papa


A diferencia de Hugo, a quien unánimemente se le atribuye un carácter admirable y cualidades excepcionales como guerrero, Roberto de Craon se destacó por ser un hábil diplomático y un administrador notable. De inmediato se dio cuenta de que sería muy difícil mantener la expansión de la Orden si esta permanecía atada a los poderes seculares, que ya comenzaban a manifestar cierto recelo por su influencia creciente y por la cantidad de limosnas y donaciones que recibía. Necesitaba del apoyo del pontífice y estaba dispuesto a lograr, por todos los medios posibles, que la Orden se convirtiese en la punta de lanza del poder militar en los Estados Latinos de Oriente, sin quedar atada a la voluntad de los príncipes locales.


Algunos autores –entre ellos Georges Bordonove– creen que nombró embajador a André de Montbard, uno de los fundadores de la Orden y tío de San Bernardo, quien se encontró primero con el abad de Claraval antes de llegar a la corte de Roma, portando una carta de su poderoso sobrino, que ya era considerado uno de los hombres más influyentes de la cristiandad.[1]En 1139 el papa Inocencio II promulgó la bula Omne Datum Optimum cuyo principal objetivo era el de oficializar la creación de la Orden. En ella, además de reconocer la Regla aprobada en Troyes, se concedía a sus miembros el botín conquistado a los sarracenos en Tierra Santa y se les liberaba del pago de los diezmos de a los obispados correspondientes, no teniendo que responder de sus actos ante nadie salvo el papa. Era el primero de una serie de documentos pontificios que reafirmarían que Roma era el único poder ante el que el Temple debía rendir cuentas. En 1144 Celestino II promulgó la bula Milites Templi mediante la que incrementó los privilegios de la Orden. Se ordenaba al clero el deber de protección de los caballeros templarios en tanto que se instaba a los fieles a contribuir con su causa, para lo cual establecía, una vez al año, la realización de una colación. Finalmente, en 1145, Eugenio III promulgó la bula Militia Dei con el objeto de consolidar los privilegios de la Orden y su independencia del clero secular. Se le reconoció el derecho a recaudar tributos, a enterrar a sus muertos en sus propios cementerios y a poseer sus propias iglesias.


Todo el poder que en el futuro acumularía la Orden –y digámoslo también–, así como todos los conflictos con los cleros locales y los poderes seculares, tuvieron su origen en estos tres documentos pontificios. Hay que reconocerle a de Craon su empeño en construir una relación de extrema confianza con Roma y su habilidad diplomática para sostener ese vínculo a lo largo de tres papados. Pero no todo fue hábil diplomacia: Metido de cabeza en el escenario bélico, le correspondió también plantar cara al frente militar.


3.- Los primeros castillos y el primer combate


Los templarios habían recibido sus primeras fortificaciones de Oriente en la década de 1130. Pero éstas no se encontraban en el reino de Jerusalén, sino en los estados cruzados del norte, en los montes Amanus que separaban Antioquía del estado cristiano de la Armenia Cilicia. Entre esos primeros castillos figuraban los de Baghras (llamado Gastón por los francos), Darbs, Roche Roussel, Port Bonnel y el misterioso Roche Guillaume, cuyo emplazamiento no ha sido todavía identificado y se cree que estaba cerca de la Puertas Sirias en la actual provincia de Hatay, en Turquía. Desde estos castillos se defendían los pasos de montañas de los armenios cilicios y los griegos bizantinos, estados con los que los cruzados entraron en conflicto tempranamente. Cuando el emperador bizantino Juan Comneno invadió la región en 1142 y atacó Antioquía, los templarios ya controlan el castillo de Baghras. Dentro de las fronteras del reino de Jerusalén los templarios recibieron el castillo de Latrūn, llamado también Toron des Chevaliers, que según una crónica castellana fue construido por el conde Rodrigo González de Toledo entre 1137 y 1141, mientras el noble se encontraba en Tierra Santa luchando contra los sarracenos.


Roberto de Craon no fue un modelo de guerrero como sí lo había sido Hugo De Payen. Pero no rehuyó el combate; todo lo contrario. Lo fue a buscar y pagó el precio de luchar en un terreno desconocido, ante un enemigo diferente a todo lo que un franco estaba acostumbrado a combatir. En 1138, a poco de ser elegido Gran Maestre, los templarios tuvieron su primer hecho de armas en Teqoa[2] frente a los turcos. Sufrieron una amarga derrota. Mucho se ha hablado de esta primera batalla y de sus consecuencias. John Robinson atribuye el revés militar a que los templarios aun no conocían el movimiento favorito de los turcomanos en el campo de batalla: la retirada fingida. Tal maniobra consistía en hacer creer al enemigo que estaban en franca retirada para animarlo a que los persiguieran. En realidad era una trampa. En Teqoa, una inexperta escuadra de caballeros templarios fue inducida a salir a perseguir una facción de caballería musulmana “en retirada”. Cayeron en la trampa y fueron exterminados. Fue la primera lección de muchas, cuya experiencia acumulada los terminarían convirtiendo en los soldados más temibles de Oriente Medio. Pero los tragos amargos no detuvieron a Roberto de Craon, quien siguió en su afán de fortalecer la expansión de la Orden.


4.- El frente ibérico


Fue Roberto de Craon el primero en entender que, tan importante como el frente jerosolimitano, era el ibérico, pues a poco de asumir su mandato debió lidiar con los problemas suscitados por el fulminante éxito que la Orden estaba teniendo en la Península. El enemigo en ambos extremos del Mediterráneo era el mismo, el Islam, y en ambos escenarios se respiraba el mismo espíritu de cruzada. Veamos brevemente los antecedentes peninsulares. En el siglo VIII los musulmanes habían invadido los actuales territorios de España y Portugal dejando a la península dividida en dos mitades, el sur controlado por los moros y el norte, a su vez, dividido entre los reinos de León, Castilla y Aragón y los condados de Portugal y Barcelona. Durante varios siglos imperó una cierta tolerancia y colaboración entre los estados cristianos y los árabes, que habían traído junto con sus ejércitos un alto nivel de civilización y cultura. Había cristianos que, sin convertirse al Islam, fuero adoptando características culturales propias de los árabes. Ese sincretismo recibió el nombre de cultura mozárabe. Ni los cristianos obligaban a los árabes a convertirse al cristianismo ni ocurría lo propio a la inversa, pues ninguna de las dos facciones contaba con la suficiente población para imponer su voluntad a la otra, de modo que la coexistencia se imponía por razones tanto políticas como económicas. Las alianzas entre grandes señores cristianos y príncipes musulmanes era un hecho común –al igual que lo había sido en Tierra Santa– especialmente luego de que se disgregara el Califato de Córdoba a fines del siglo X y surgieran las denominadas taifas, un vocablo que se puede traducir como facción, que eran pequeños reinos bajo el control de un jefe musulmán. Pero más allá de esta convivencia –frecuentemente interrumpida por conflictos en la frontera– el norte cristiano nunca abandonó la vocación de reconquistar las tierras bajo control islámico y devolverlas a la cristiandad.


Los conflictos internos entre las taifas y la ausencia de un mando unificado trajeron la oportunidad a los reinos del norte de embestir contra el enemigo moro. En 1085 se produjo el primer gran golpe cuando Alfonso VI de Castilla y Aragón tomó la ciudad de Toledo, que había sido la antigua capital de los visigodos antes de la conquista por parte del Islam. Esta victoria llevó a Alfonso a proclamarse rey de los visigodos y reclamar toda la península; pero el proceso de la reconquista apenas comenzaba. Toledo había sido un centro cultural de primer orden durante la ocupación musulmana y en ella se habían establecido místicos y filósofos del Islam volviéndola famosa por su diversidad cultural, sus bibliotecas y sus escuelas. Alfonso VI tuvo la habilidad de llegar a un acuerdo con el gobernante musulmán de la taifa de Toledo, garantizando que las diversas minorías, mozárabe, islámica y judía, pudieran continuar con sus actividades sin ser atormentadas. A la postre esta decisión convertiría a Toledo en un centro cultural floreciente en los siglos XII y XIII y los monarcas ganarían reputación y prestigio en toda Europa.


A partir de esa victoria el papado puso el ojo en Iberia y comenzó a alentar las acciones que contribuyeran a la reconquista, incluso reclutando guerreros fuera de la península, especialmente en Francia. Pero luego de la primera cruzada, viendo que los caballeros querían marchar a Tierra Santa, los reyes peninsulares se quejaron ante el papa, preocupados de que sus ejércitos quedaran debilitados a causa del peregrinaje armado a Oriente. Esto llevó a que el papa Pascual II prohibiera a los caballeros españoles viajar a Tierra Santa y les concediera la misma indulgencia de la que gozaban los cruzados a los que combatían en la frontera hispánica con el Islam. Fue entonces que dicha frontera pasó a ser reconocida como un escenario de cruzada y, como tal, no tardó en atraer la atención de las órdenes militares. Por otra parte no podía haber una esperanza mayor para los monarcas peninsulares que contar con guerreros de esta nueva caballería. Roberto de Craon sería el primer líder templario en sentir esa presión y esa responsabilidad cuando, a la muerte de su antecesor, se encontró con temar urgentes que resolver allí.

El temple llegó a la Península Ibérica junto con el Císter, poco después de la celebración del concilio de Troyes, en 1128. La primera donación fue hecha por la condesa Teresa de Portugal ese mismo año, quien cedió a la Orden el castillo de Soure que había sido recientemente reconquistado a los musulmanes.[3] Junto con el castillo entregó rentas y pertrechos militares en la persona del caballero Raimundo Bernard, quien –como hemos visto– acababa de ingresar a la Orden ni bien terminado el Concilio de Troyes. Al año siguiente la donación fue ratificada por Don Alfonso Henriques, hijo de Doña Teresa y rey de Portugal. Sería el inicio de una relación que llevaría a Portugal a convertirse en una de las principales plazas del Temple. Nos imaginamos a Raimundo Bernard frente a Teresa de Portugal, recibiendo estupefacto un castillo que no estaba en condiciones de ocupar. Recordemos que Bernard había sido hecho templario por Hugo Rigaud, a quien le habían dado la responsabilidad de reclutar caballeros en el sur de Francia. Desbordado por la situación, Rigaud encomendaba a un novato, Bernard, el reclutamiento al otro lado de los Pirineos. Es cierto que Bernard llegó a España acompañado de monjes del Císter, que tenían especial interés en asentarse en la península y que, a su vez, eran los valedores del Temple.[4] Pero menuda tarea le esperaba a Bernard.


Al otro lado de la península, en 1131 Ramón Berenguer III, conde de Barcelona se unió a la Orden del Temple en calidad de asociado y le cedió el castillo de Grañena. Cabe aclarar aquí que a lo largo de su historia el Temple aceptó servicios temporales, es decir de hombres de armas, fueran caballeros o sargentos, que decidían servir a la Casa durante un tiempo predeterminado. Sus deberes eran los mismos de cualquier hermano. En 1132 Armengol IV, conde de Ugel, le hizo donación del castillo de Barbará, pero ninguno de los dos –ni Grañena ni Barbará– pudieron ser ocupados efectivamente, pues como queda claro, la fama que precedía al Temple hacía que recibiese donaciones que todavía no estaba en condiciones de administrar. Bernard solo pudo prometer que pronto serían ocupadas esas guarniciones.


La donación del Reino de Aragón y de Navarra


Todo iba muy rápido, tan rápido que Alfonso I de Aragón y Navarra, superó cualquier expectativa. Así lo cuenta el historiador Juan de Mariana, en su obra De Rebus Hispaniae, en 1592, cuando dice:


[...] a persuasión de San Bernardo, principal fundador del Císter, se entregó por el rey de Aragón don Alfonso, que se llamó emperador de España, a los caballeros templarios la nueva ciudad de Monreal con un convento que en ella se fundó, habiéndoseles señalado, además, las ventas y la quinta parte de los despojos que en la guerra de los moros se cogiesen.[5]


Alfonso, al que llamaban “El Batallador”, soñaba con unirse a la Orden e ir a combatir a Tierra Santa. En vida les otorgó cuantiosos bienes, incluso a su muerte en el cerco de Fraga, les dejó todo su reino en el testamento y lo que es aún más elocuente, “su propia persona”. He aquí el fragmento más significativo de dicho documento:


[...] Y eso así dispuesto, para después de mi muerte, dejo por heredero y sucesor mio al Sepulcro del Señor, que está en Jerusalén y a los que velan en su custodia y sirven allí a Dios y al Hospital de los Pobres de Jerusalén, y al Templo de Salomón, con los Cavalleros que allí velan para la defensa de la Cristiandad. A estos tres dejo mi Reyno y el Señorío que tengo en toda la tierra de mi Reyno y el Principado y Jurisdicción, que me toca sobre todos los hombres de mi tierra, mis Clérigos, como Legos, Obispos, Abades, Canónigos, Monges, Grandes, Cavalleros, Salvadores, Mercaderes, hombres, mujeres, pequeños y grandes, ricos y pobres, Judios y sarracenos, con las mismas leyes y costumbres que mi Padre y mi Hermano y Yo los hemos tenido agora y los debemos tener y regir. Añado también a la Cavalleria del Templo, el cavallo de mi persona, con todas mis armas. Y si Dios me diere a Tortosa, foda enteramente sea del Hospital de Jerusalén.” (sic).

Alfonso no tenía herederos por lo que dispuso que el reino fuese repartido entre las Ordenes del Temple, del Hospital y del Santo Sepulcro. Desde luego que esta donación se convirtió en una fuerte controversia política y generó una grave tensión entre la nobleza aragonesa que no estaba dispuesta a aceptar dicho testamento. Existía el serio peligro de que Alfonso VII de Castilla invadiera Aragón y la anexara a su reino. Reunidos en Jaca, los principales de Aragón rechazaron el testamento, aun reconociendo que “esta era una gran falta para el corazón del Señor”, y eligieron como sucesor al hermano del difunto rey, que se llamaba Ramiro. Por su parte, los navarros eligieron a García “El Restaurador”. He aquí el texto de la Chronica Adefonsi imperatoris escrita entre 1153 y 1157:


Se reunieron entonces los caballeros nobles y no nobles de toda la tierra aragonesa, tanto los obispos como los abades y todo el pueblo, todos al mismo tiempo se reunieron en Jaca, ciudad regia, y eligieron rey suyo a cierto monje hermano del rey Alfonso el Batallador, llamado Ramiro II, y le dieron como mujer a cierta hermana del conde Pictaviense, Conde de Poitiers y duque de Guiena. Aunque esta era una gran falta para el corazón del Señor, los aragoneses, como habían perdido a su amado señor, hacían esto para que hubiese hijos de estirpe regia. Pero, los pamplonenses y navarros se reunieron en la ciudad de Pamplona y eligieron como rey a García Ramírez, quien había escapado de la batalla de Praga junto con el rey. Mas, el rey Ramiro entró en su mujer, la que concibió y dio a luz una hija y, después que Ramiro hubo tomado consilium con los consejeros de su curia, desposó enseGuida a esta hija con el conde Berenguer de Barcelona Ramón, Berenguer IV y le dio al él el reino.[6]


Ramiro, llamado “El Monje”, debió dejar el monasterio en el que estaba enclaustrado y casarse para asegurar descendencia a su casa. Tuvo una hija, Petronila, quien apenas nacida fue prometida a Ramón Berenguer IV, conde Barcelona. Inmediatamente, este ratificó las donaciones del castillo de Grañeña y Barbará hechas por su padre, con la condición de que el Temple se comprometiese a iniciar acciones militares en Catalunya-Aragón. Incluso envió emisarios a hablar con el Gran Maestre, a quien le pidió que enviase de urgencia un contingente a España que pudiera ser el núcleo de una futura base de operaciones. A cambio le ofrecía los castillos de Montjoy, Monzón y Barbará, que seguía sin ocupantes a la espera de tropas templarias. Además le otorgaba infinidad de privilegios y donaciones (la décima parte de todas sus rentas y el cobro de cien sueldo anuales a Zaragoza; una quinta parte del botín que pudieran conquistar en sus incursiones; una quinta parte de la tierra conquistada a los musulmanes etc.).[7]


Es posible que a los ojos de Ramón Berenguer IV la actitud de Roberto de Craon respecto de su solicitud de un apoyo militar más activo, haya parecido remisa. También debe haberle parecido ciertamente dura la negociación en torno a la donación de Alfonso I, pues el Temple fue la última de las tres órdenes beneficiadas en aceptar un trato. Pero hay que comprender dos cuestiones claves. La primera es que para ese entonces el Temple no tenía ni siquiera castillos en el Reino de Jerusalén ni hombres suficientes como para emprender operaciones militares en España; pero al mismo tiempo era en España donde tenía las principales fuentes de ingreso, merced a las cuantiosas donaciones que había recibido.[8]

Abro aquí un paréntesis que considero oportuno. Respecto de este episodio inicial del Temple en España, el escritor español Fuentes Pastor señala un hecho no siempre debidamente atendido. En su “Crónica Templaria” afirma que no solamente las concesiones reales aumentaron la riqueza del Temple sino que las donaciones particulares tuvieron gran importancia. Muchas personas, por razones penitenciales, otorgaban en vida sus bienes a los templarios, pero además –señala Fuentes Pastor– podían otorgarse ellos mismos, donando su propia persona a una encomienda templaria para trabajar allí, temporalmente o de por vida. Esta circunstancia devino en una condición nueva que revolucionó el mundo de lo social,” ya que la personas que trabajaban para el Temple eran libres y estaban bajo protección directa de la Orden, sin que pudieran ser molestadas por ninguna otra autoridad”.[9]

En efecto, la influencia del Temple en España y Portugal no solo pasó por el plano militar y político. Al ser arrendatarios y propietarios de vastos latifundios, muchos siervos y campesinos, agobiados por las exacciones a las que eran sometidos por los príncipes seculares, no dudaban en ponerse al servicio del temple, donando sus alodios, sus herramientas de trabajo y hasta a sus propias personas, convencidos de que bajo su protección tendrían una vida más digna. Esta cuestión produjo cambios profundos en las capas más débiles de la sociedad feudal española. Cierro aquí el paréntesis. Además de resolver la cuestión ibérica, Roberto de Craon impulsó la instalación de las primeras encomiendas en los territorios del Sacro Imperio Germánico, ampliando los territorios en los que la Orden operaba.


5.- La consagración del Templum Domini


Un hecho altamente significativo y poco mencionado en los libros de divulgación es que durante su mandato, en 1142, fue consagrada como Iglesia central de la Orden, en Jerusalén, el Templum Domini, la antigua Cúpula de la Roca que los cruzados habían convertido en iglesia cristiana y de la que ya hemos hablado extensamente. De este modo quedaba sellada la identidad de la Orden con el propio Templo de Salomón que Beda, el Venerable, en su obra De Templo Salomonis Liber, anunciaba como prefiguración de la Iglesia de Cristo. En el futuro, la imagen de esa construcción singular, aparecería en los sellos de la Orden y sería utilizada como sello por algunos de los futuros grandes maestres. Pero más allá del efecto identitario que este hecho provocaba al interior de la Orden, y del orgullo que suponía para los caballeros templarios, había un efecto secundario de cara a todo occidente que llevaba siglos en el desarrollo de la construcción figural en la que el Templo de Salomón representaba el Sancta Sanctorum de la cristiandad.

Algunos autores sugieren que la imagen del sello del Temple no corresponde al Templum Domini sino a la cúpula del Santo Sepulcro, con lo que quieren poner el acento en que su misión era la de proteger el lugar del Calvario del Señor. Incluso Helen Nicholson niega taxativamente que los templarios hayan usado en su sello a la Cúpula de la Roca. Pero si se observan las dos imágenes que acompañan este texto se puede ver en la superior el Sello de Balduino I; en la cara a) se observa encima de la muralla, el Santo Sepulcro, la Torre de David y la Cúpula de la Roca, mientras que en la cara b) se observa claramente la Cúpula de la Roca en la que domina la Cruz.[10] La imagen inferior es el Sello del Temple; en la cara a) se ve la imagen tradicional de los dos jinetes montados en un mismo caballo mientras que en la cara b) se observa la misma imagen de la Cúpula de la Roca que domina la Cruz, tal como el sello de Balduino.


6.- La traducción al francés de la Regla Primitiva


Otra cuestión de enorme trascendencia fue abordada por Roberto de Craón respecto de la Regla Primitiva. Consciente de que la creciente incorporación de caballeros y sargentos, muchos de ellos iletrados, hacían difícil la comprensión de la Regla Latina, ordenó su traducción al francés. Esto lo explica claramente Judith Upon-Ward, la mayor especialista contemporánea en la Regla Templaria:


El porqué de una traducción tan temprana tiene mucho que ver con el hecho de que la Regla iba a ser usada por hombres que no sabían latín. Los hermanos no eran clérigos educados, sino soldados que consagraban sus vidas a la defensa de los Santos lugares. Al principio de la historia de la Orden había una auténtica necesidad práctica de contar con una Regla que pudieran entender.[11]


Podría afirmarse que el período que gobernó Roberto de Craon fue de una actividad formidable. Al bautismo de fuego de Taqoa de 1138, hay que agregarle el del puñado de templarios que, en 1144, defendieron el castillo de Soure –aquel que había donado la condesa Teresa de Portugal–, que había sido atacado por un contingente moro. El asalto fue rechazado.

Poco antes de morir dio luz verde a la participación de aquellos primeros templarios de Portugal en una expedición contra los moros que ocupaban el castillo de Santarem acompañando al rey Alfonso Henriques. Era una arriesgada maniobra militar, pero sentaría las bases de la presencia templaria en tierra lusitana. Volveré sobre este punto más adelante. Finalmente, algunos autores mencionan a Roberto de Craon como participante de la Segunda Cruzada, pero este dato es incorrecto. Lo cierto es que murió en enero 1147, cuando los distintos contingentes aún se encontraban en camino. Estos primeros hechos de armas marcaron el inicio de una tendencia que terminaría convirtiéndolos en una fuerza profesional de elite, diferente a cualquier modelo anterior de guerra medieval.


7.- El rol de la Orden del Temple como fuerza militar


Como guerreros, los templarios introdujeron cambios fundamentales en las técnicas de la guerra medieval y se destacaron en el campo de batalla en hechos de armas que aún hoy nos dejan boquiabiertos. Debieron aprender de un enemigo que –como amargamente comprendieron en Teqoa – tenía unas tácticas de combate diferentes a las que ellos habían aprendido y aplicado en Europa, lo que en definitiva también representó un cambio cultural en su vertiente castrense. Fueron precursores de técnicas y tácticas particulares que luego serían imitadas por los ejércitos regulares. Como bien lo señala Mattew Bennett –uno de los más importantes especialistas contemporáneos en guerra medieval–, La Regla du Temple en tanto que manual militar, contiene las bases de cómo ejecutar una carga de caballería.[12] De hecho, tal como se practicó en Europa y Outremer a partir del siglo XII es básicamente una técnica templaria. Un excelente trabajo al respecto puede leerse en el apéndice de la obra de J. M. Uppon Ward, “El código templario”.[13]

En su ensayo, Bennett desmenuza el contenido de la Antigua Regla Francesa:


De los 686 artículos de la Regla –señala Bennett– los primeros setenta y dos están traducidos de la Regla Latina adoptada en la fundación oficial de la orden en el Concilio de Troyes en 1128. A continuación viene una serie de setenta y cinco estatutos que describen con gran detalle las piezas del equipo, animales y séquito correspondientes a cada rango, del maestre para abajo, hasta llegar al hermano caballero. Los veinte artículos siguientes describen la organización de una campaña y las reglas para la conducta en el campamento, durante la marcha y en el campo de batalla. Otros trece estatutos se ocupan de los oficiales y de los sargentos. Después vienen secciones sobre las comidas, los castigos y la ordenación de la vida conventual antes de que, hacia la mitad del texto, este pase a convertirse en una lista de expansiones o revisiones de estatutos anteriores (315 en adelante). Los últimos artículos ofrecen ejemplos históricos de infracciones de la Regla y sus castigos, y el texto finaliza con la ceremonia para acoger a un nuevo hermano en la Orden.[14]


En efecto, y tal como lo señala Bennett, un estudio de la estructura de mando de la Orden demuestra que los templarios dedicaron muchas horas a la organización de su regimiento de caballería. La descripción de los cargos y deberes, así como de las normas a seguir en campaña y en la batalla, evidencian una estructura militar de notable envergadura y es sorprendente ver el modo minucioso con el que se detalla cada aspecto a tener en cuenta en la carga de caballería. En el análisis militar de los principales hechos de armas protagonizados por el Temple se puede observar con claridad que las derrotas –que las hubo, como hemos visto, y muy duras– fueron en todo caso durante batallas en las que por error, o por la imposibilidad, dadas las condiciones del combate o el terreno, tales reglas no pudieron ser aplicadas.


Pero los templarios no solo introdujeron técnicas de ataque sino también de defensa tomando elementos propios de la arquitectura árabe y bizantina. Resultaría a nuestro juicio, apresurado hablar, como algunos pretenden, de una “arquitectura templaria”. En este punto nos inclinamos por la tesis de Fernando Valdéz Fernández cuando dice que difícilmente pueden establecerse diferencias entre lo islámico y lo franco en lo que a arquitectura militar se refiere. Las tácticas se fueron adaptando a las circunstancias del momento y se echó mano de soluciones arquitectónicas conocidas y debidas principalmente al genio militar de Bizancio. No fue una época de grandes inventos. Fue un período en el que se aprovecharon los conocimientos poliorcéticos hasta casi agotar sus posibilidades.[15]


El elemento central en la vida militar de la Orden fueron los castillos. En muchos casos se recibieron en donación, a veces en condiciones operativas y otras prácticamente en ruinas. La actividad desplegada por el Temple en el campo de la arquitectura militar ha sido cuidadosamente estudiada –comenzando por Edward T. Laurence y su tesis Crusaders Castles–,[16] y puede considerarse monumental. Entre los castillos construidos por los propios templarios hay verdaderas proezas arquitectónicas como, por ejemplo, Tomar en Portugal o el Castillo de los Peregrinos y la fortaleza de Safed en Tierra Santa. Pero esta enorme cantidad de castillos y fortalezas demandaría un esfuerzo económico enorme. Esto explica la permanente necesidad de fondos que tuvo la Orden y por la que sería acusada, más de una vez, de excesivamente pendiente de cuestiones crematísticas.


Marion Melville explica claramente que estas posesiones representaban una carga demasiado pesada: Chastel Pelerin, Safed y Belvoir en Galilea: Beaufort y Arcas en el Líbano; Areymeh (Castillo Rojo), Safita (Castillo Blanco) y Tortosa en Siria: Baghras y Gastein en el Orontes, y la Roca Guillaume, la Roca Russole, Darbesac y el puerto de Bonelle en Armenia, entre otros. Si a todo esto le añadimos los gastos de mantenimiento del “convento” –que era la fuerza militar por excelencia, compuesta por trescientos caballeros, más una cantidad similar de sargentos, escuderos, turcopoles a sueldo con todo el problema logístico que ello implica–, podemos hacernos una idea de los problemas económicos con los que debía lidiar la plana mayor de la Orden. La estructura militar de Occidente era tanta o más grande que la de Medio Oriente, y el esfuerzo militar empeñado en la reconquista de la Península Ibérica no le iba en saga el de Outremer. La tan mentada “codicia” no era otra cosa que la extrema necesidad de mantener operativa una organización inmensa.[17]

Cuando se estudia la historia militar de la Orden del Temple resulta evidente que las acciones llevadas a cabo en Tierra Santa constituyen una epopeya que no necesita de misterios ni de mitos agregados, porque en sí misma encierra lo más auténtico del espíritu de la caballería cristiana. En esa larga tradición militar del Temple, que comienza en 1118 y termina abruptamente casi dos siglos después, hay algunos hitos que se convierten en un espejo donde toda la tragedia humana puede ser mirada en detalle, siendo imposible no sentirse atravesado por el vértigo de la batalla y sus implicancias.


Dentro de esa tragedia no deben soslayarse algunas sombras, como el injusto retiro de Everardo de Barrès, que debió cargar con el fracaso de la Segunda Cruzada, o el caso de Felipe de Milly, señor de Naplusa y de Oultrejourdain, que luego de haber sido electo como Gran Maestre de la Orden, prefirió involucrarse en la política de Amalrico I de Jerusalén y trocó su juramento de fidelidad a la Orden por una embajada en Bizancio, por no mencionar el oscuro personaje de Gerard de Ridefort, que ató el destino de la Orden y del Reino de Jerusalén a su ambición personal escribiendo una de las páginas más negras del Temple. Sin embargo se redimiría muriendo como un mártir en una carga de caballería contra los sarracenos en la reconquista de Acre. Veremos todo esto en los próximos posteos.


Eduardo Callaey © 2021

[1]Bordonove, Georges, La vida cotidiana de los Templarios en el siglo XIII, (Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1975), p. 47-48 [2] Teqoa (hebreo: תְּקוֹעַ). Actualmente es un asentamiento israelí ubicado en el Área de Judea y Samaria (Cisjordania). Está a unos 20 km al nordeste de Hebrón y a unos 16 km al sur de Jerusalén, se encuentra en la jurisdicción del Concejo Regional Gush Etzion. [3]Nicholson, Ob. cit. P. 131 [4]No hay acuerdo entre los especialistas acerca de cuál fue el primer monasterio cisterciense de la península. Para algunos el primer asentamiento fue en 1140 en el monasterio de Fitero en Navarra, entonces perteneciente a la corona de Castilla, en tierras de Alfonso VII. Otros autores, incluido el sitio oficial de la Xunta de Galicia, consideran que el primero se fundó en Galicia, en Santa María de Sobrado dos Monxes, La Coruña, en 1142. [5]Mariana, Juan de. Historia de Rebus Hispaniae. Toledo, 1592, 419. (Mariana, Juan de., Historia General de España. Madrid: Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1852). [6]Chronica Adefonsi imperatoris, Conciluim al rey de Aragon /62/ En Feudalismo (Selección de Textos) Historia medieval, Fuentes 9, Facultad de Filosofía y Letras, (Buenos Aires, UBA, 1985). [7] Nicholson, Helen, Ob. cit. pp. 128-147 [8] Nicholson, Helen, Ob. cit. pp. 135 y ss. [9] Fuentes Pastor, Jesús, Crónica templaria, Iberediciones. Madrid, 1995 [10]Parrot, André, El Templo de Jerusalén (Cuadernos de Arqueología Bíblica, Vol. 5; Barcelona, Ediciones Garriga, 1962) p. 85 [11]Upon-Ward, J. M., El Código Templario, p. 26 [12]Bennett, Matthew (2009). The Medieval World at War. London: Thames & Hudson. [13]Upon-Ward, J. M., El Código Templario, España, Ediciones Martinez Roca S.A., 2000 [14]Puede encontrarse el texto completo de este ensayo en el Apéndice de la ya mencionada obra de Upton-Ward,El Código Templario. [15]Valdéz Fernándes, Fernando “La arquitectura militar de los cruzados en Oriente”Codex aquilarensis: Cuadernos de investigación del Monasterio de Santa María la Real, Nº 12, 1996, pp. 153-178. [16] Laurence, Edward T. Crusader CastlesGolden Cockerel Press, Londres 1936 [17]Melville, Marion, Nosotros los Templarios, (España,Tikal, 1995 p. 177

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