• Eduardo Callaey

Del otro lado de la puerta


En un remoto pasado abrí una puerta. Fui conducido hasta allí por circunstancias que no vienen al caso. Pero nadie me advirtió acerca del peligro que acechaba del otro lado. No recuerdo cuándo tuve la primera prueba de que haber transpuesto el umbral había sido una equivocación; pero no hubo de pasar mucho tiempo. Un hombre cuerdo no puede pertenecer a dos mundos. Esa es una condición que se reserva a los locos. En mi caso, desde aquel remoto pasado, soy un hombre cuerdo obligado a vivir como los locos, en dos mundos.


Vivo una doble vida que nadie sospecha salvo la mujer que duerme conmigo. En algunas noches, de madrugada, ella presencia mi retorno desde el otro lado de la puerta. Escucha mis gemidos, mi agitación y, a veces, me escucha pronunciar palabras.


Anoche me enfrenté a un demonio. En el otro lado los conocen con el nombre de Mayores Intrigantes; son los demonios de la duda. Ellos combaten en la línea que separa a los dos lados e inducen a los hombres en el camino de la incertidumbre y la desolación.

En otras oportunidades los he visto, de lejos… Son sombras que se desplazan como un humo pesado sobre la tierra y dejan una huella similar al aserrín. No van armados más que con su espíritu de confusión. Los he visto porque yo deambulo por la misma línea. Ellos nos conocen como Menores Encarnados. Generalmente nos toleran y no nos atacan. Pero anoche uno de ellos se volvió contra mí.



Lo encontré inclinado sobre la cama de una anciana a la que inducía al suicidio, evocando en sus sueños imágenes horrendas de abandono y muerte. La línea es un mundo hostil. En ella aprendemos los Encarnados mientras que los demonios Mayores de todo tipo hacen su trabajo sobre los que duermen y también sobre los despiertos que duermen sin saberlo. La línea es la frontera que demarca ambos mundos. Es el lugar en el que entré en un remoto pasado, cuando abrí la puerta.


Hasta anoche nunca me había atrevido a enfrentar a un Mayor Intrigante. Pero pude mirar en el futuro de la anciana y lo que noté no me gustó. Ella iba a morir de desesperanza, en manos del demonio. Me imaginé que yo también podía morir de desesperanza; que algún día la línea podría cerrarse para mí y que uno de estos monstruos de aire negro se inclinaría sobre mi oído como el asesino del padre de Hamlet. Entonces, cuando la bestia descubrió que lo miraba me desafió alzándose delante de mí con forma de fantasma de la noche; por primera vez vi que tienen una silueta similar a las grandes quimeras con cuerpo de hombre y cabeza de hiena. Vi sus ojos. Y su furia.


Los Ancianos que estaban a mi lado no hicieron nada por defenderme, salvo recordarme que llevaba una espada y que ya había visto cómo la usaban. Decidí que podía ser el día de mi muerte. Que no valía la pena huir más. Que tal vez no despertara esa madrugada. Pero sucedió algo más. Se apoderó de mí un instinto de lucha parecido al de un guerrero en trance. Mi brazo me ardía. Mi garganta, otras veces obstruida de miedo, pronunció un exorcismo que hizo temblar mi espada desde la empuñadura a la punta, dirigida al corazón del monstruo. Escuché que la vieja se despertaba de una pesadilla atroz en la que un ángel la salvaba de caer en el abismo.


Tronó la voz del Mayor y los oídos me dolieron mucho. Pero no me moví. Volví a blandir la espada y gritando repetí el exhorto. Otra vez vociferé y aún otra más, hasta que la sombra retrocedió y los Ancianos me sacaron de la línea. Cuando regresé aun gritaba. Era la madrugada y había despertado. Mi brazo derecho estaba acalambrado. Mi mano izquierda sostenía con fuerza el crucifijo de mi rosario. Mi mujer me acariciaba la frente. Le pregunté si me había escuchado. Me respondió que sí. Le pregunté entonces qué había dicho. Vade Retro me contestó en voz baja. Sé que escuchó algo más, pero no quiso decirlo. Yo tampoco. Son nombres que no se pronuncian aquí. 


Eduardo R. Callaey®

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