• Eduardo Callaey

EL Alba del Temple 1118 – 1136

Actualizado: may 22



La historia no es toda la realidad; existen dimensiones

de lo real e incluso del hombre que escapan a la historia.

Pero la historicidad es inseparable de lo real.


Raimon Panikkar


Seminario sobre Historia de la Orden del Temple, Segunda Parte.©


Por Eduardo R. Callaey


1.- Los textos

Se ha afirmado con mucha frecuencia que las fuentes sobre el Temple son escasas, lo cual no es verdad: Son escasas en cuanto a su origen (1118/19) y los años anteriores al Concilio de Troyes (1129), pero una Orden de las características y dimensiones del Temple produjo a lo largo de su historia un enorme caudal documental respecto de la administración, las propiedades y rentas, la logística y el transporte, epistolarios y cartularios e infinita cantidad de archivos sueltos que aún hoy siguen apareciendo aquí y allá como consecuencia de investigaciones directas o indirectas. Una prueba de ello es el libro de Marion Melville, “Nosotros los Templarios”, en el que la autora reconstruye la historia de la Orden dejando que sean los propios documentos los que hablen. La Regla Primitiva de 1129, los retails –escritos a partir de 1165 con el objeto de aclarar cuestiones no incluidas en la Regla Primitiva y otros asuntos producto de la experiencia acumulada–, y una importante cantidad de documentos pontificios, permiten penetrar en lo más profundo del Temple. También existe una profusa documentación en torno al escandaloso juicio que selló la suerte de la Orden y el martirio de Jacques de Molay y Godofredo de Charney en la ribera del Sena.



Nada se sabe, en cambio, sobre el destino del archivo central del Temple de Jerusalén. Fue trasladado a San Juan de Acre luego de la batalla de los Cuernos de Hattin, ante la inminente caída de la ciudad a manos de Saladino, y posteriormente fue llevado a Chipre, donde quedó en poder de la Orden de los Hospitalarios después de la caída del Temple. Se presume que fue destruido por los turcos cuando ocuparon la isla mediterránea en 1571. Pero aun así se cuenta con suficiente documentación que ha permitido a investigadores de la talla de Demurger, Bulst-Thiele, Barber, Bordenove, Melville y otros, reconstruir la historia de la Orden desde el Concilio de Troyes hasta su fatal caída y supresión. El hallazgo del Pergamino de Chinon, que causó un profundo impacto en los investigadores y cambió la perspectiva del rol del papado respecto del juicio y martirio a los caballeros, es una muestra de la dinámica que ha tenido la historiografía acerca del Temple en las últimas décadas y, en este sentido, todos estamos en deuda con la historiadora Barbara Frale.



Sobre los orígenes tenemos apenas un puñado de fuentes que arrojan cierta luz sobre los inicios de la Orden. El primer y más importante documento corresponde a Guillermo de Tiro (1130-1185), considerado por Runciman el más grande historiador de la primera cruzada y del reinado de Balduino I.[1] Guillermo nació en Jerusalén y fue arzobispo de Tiro, es decir que era un poulain.[2] En su Historia Rerum in Partibus Transmarinis Gestarum, se refiere a la etapa inicial de los templarios. Debe tenerse en cuenta que escribe unos cuarenta años después de la fundación del Temple y lo hace basado en relatos, informes y tradiciones que recoge en su tierra natal. Es quien mayor cantidad de información nos brinda acerca de los orígenes del Temple. Pero, por lo que se desprende del texto, tenía sus reservas en cuanto al perfil de los caballeros a los que les endilga cierta arrogancia.[3] (En la imagen se observa a Guillermo de Tiro escribiendo su crónica. Biblioteca Nacional de Francia, Mss.fr. 2631).


La segunda fuente en importancia nos viene de Jacques de Vitry (1160-1240), obispo de Acre, quien escribe una breve referencia sobre los templarios en su Historia Hierosolymitana.[4]Ambos historiadores coinciden en que en un principio eran nueve caballeros y que en tal número se mantuvieron durante los primeros años; que habían hecho votos de pobreza, castidad y obediencia ante el Patriarca de Jerusalén y que adoptaron la regla de los canónigos regulares. También están de acuerdo en que establecieron su cuartel en el Monte del Templo, donde les fue cedido un sector del palacio (la mezquita Al Aksa, convertida en residencia real por Balduino I), y algunos terrenos adyacentes. Ambas fuentes hacen referencia a lo que parece haber sido la actividad excluyente de los primeros templarios: La defensa de los peregrinos. Hemos visto la cuestión de los peregrinos en el trabajo anteriormente presentado "Antecedentes históricos, políticos y sociales para una historia de la Orden del Temple". Helen Nicholson[5] recoge una tercera fuente que muestra una versión diferente. Se trata de una carta de Simón, monje de Saint-Bertin, quien en 1137 escribe que los primeros templarios eran cruzados que habían decidido permanecer en Tierra Santa en lugar de regresar a su patria después de la primera cruzada. Simón creía que los caballeros habían abandonado la vida seglar y que habían tomado los votos, aconsejados por los nobles seculares. No hace ninguna mención del Patriarca ni a la defensa de los peregrinos.[6]


Una cuarta fuente citada por Nicholson, arroja luz sobre una de las primeras donaciones que reciben los templarios a poco de instalarse en el Monte del Templo. Dice Nicholson: Desde el monasterio normando de Saint-Evroul, el monje anglonormando Orderico Vitalis (1075—c. 1141) escribía en la década de 1120 o 1130 que el conde Fulco V de Anjou (muerto en 1143)[7] se había unido a los “caballeros del Temple” durante un tiempo cuando fue en peregrinación a Jerusalén en 1120. Tras regresar a Occidente, siguió contribuyendo a la orden con una suma anual de dinero, treinta libras de Anjou, en calidad de subvención. Orderico llama a los templarios venerandi milites, caballeros dignos de admiración que deben ser tenidos en gran consideración, y escribe que ponían su vida al servicio físico y espiritual de Dios, que desdeñaban todas las cosas terrenales y que diariamente se enfrentaban al martirio.[8]


No hay mucho más que esto. Pero tanto el texto de Guillermo de Tiro como el de Jackes de Vitry dejan abiertos varios interrogantes. El primero y más evidente es el hecho de que una Orden supuestamente dedicada a la defensa de los peregrinos, en un escenario tan vasto como el que presentaba Tierra Santa a principios del siglo XII, haya permanecido al menos diez años con solo nueve integrantes. El segundo es entender qué razón habría para que un grupo tan reducido, recibiera por parte del rey de Jerusalén un ala de su propio palacio (la mezquita Al-Aksa) y un sector de la explanada del Monte del Templo cedido por los canónigos del Templum Domini, el “Domo de la Roca” (mal llamado “Mezquita de Omar”), que los cruzados habían convertido en Iglesia. Si bien sabemos que Balduino II había decidido mudar su residencia a un edificio más cómodo, el lugar no solo era el centro neurálgico de la ciudad sino que, además, poseía una enorme carga simbólica para todo el mundo cristiano por el hecho mismo de que se consideraba que allí había sido construido el Templo de Salomón. He creído conveniente poner el énfasis en la importancia espiritual que tenía dicho emplazamiento, cuya aureola de lugar santo llevaba por entonces más de dos milenios y que aún hoy, nueve siglos después de la fundación del Temple, es considerada el ombligo del mundo por la civilización judeocristiana, siendo el tercer lugar más sagrado para el Islam después de la Meca y Medina. Me referiré a ello más adelante.


2.- Hugo de Payen y las caballerizas de Salomón


Sabemos que Hugo, fundador oficial de la Orden del Temple y su primer Gran Maestre, nació en Payen alrededor de 1080. Los especialistas coinciden en que era un oficial de la Casa de Champaña –no de los menores– y que habría peregrinado a Tierra Santa con el conde Hugo en 1104 y en 1114, pero a diferencia de aquel no regresó a Europa y permaneció en Oriente. Louis Charpentier cree que había participado de la primera cruzada con el conde de Blois y que muy probablemente había conocido a Godofredo de Bouillón, a sus hermanos, Balduino y Eustaquio de Bolonia, y a su primo Balduino del Bourg, conde de Edesa, quien sería Balduino II, rey de Jerusalén.[9] Esta relación previa explicaría –siempre según Charpentier–, por qué poco después de ser coronado rey, Balduino II recibió a Hugo de Payen y a su compañero Godofredo de Saint Omer, quienes habían conformado un grupo de nueve caballeros cuyo propósito consistía en asegurar la custodia de la ruta de los peregrinos entre el puerto de Jaffa y Jerusalén. Este tipo de agrupación no era una excepción en un mundo en el que comenzaban a aparecer organizaciones similares, especialmente en las fronteras calientes de la Península Ibérica, en gran parte ocupada por los moros. Sin embargo lo que tenía de extraordinario era que sus miembros habían manifestado su vocación religiosa frente al patriarca de Jerusalén asegurando estar dispuestos a realizar el triple voto que era común a las órdenes monásticas: pobreza, castidad y obediencia. Sin dudas se trataba de una actitud contraria a las metas que tenía en su vida un guerrero medieval.[10]

Dice Robinson:


El caballero luchaba por un predio, generalmente tierras y quienes trabajaban en ellas. A cambio se comprometía a servir en la guerra a la persona que le daba la tierra durante un cierto número de días cada año. Odiaba la idea de ser pobre. Necesita dinero para caballos, armaduras, armas y sirvientes, como lo necesitaba para su casa y familia. En cuanto a la castidad, el siglo XII es muy anterior a la época de la caballería, e incluso cuando llegó ésta la conducta caballeresca del knight para con las mujeres se limitaba a las de su propia clase. Todas las demás eran presa fácil, desde las de sus propias tierras hasta las de las tomadas a otros. La castidad era propia de niños, no de hombres que guerreaban. Que los monjes merecieran respeto por hacer ese voto nos da una idea de lo difícil se sabía era semejante estado…”

“En cuanto a la obediencia, el caballero medieval sólo era obediente cuando tenía que serlo, o cuando veía en ello alguna ventaja. Si hubiera que resumir el mundo feudal en sólo tres ideas, éstas serían: fuerte, más fuerte, el más fuerte. Como opción frente al desamparo, los hombres juraban lealtad a otro más fuerte que les daba asilo y protección a cambio de su obediencia, una parte de sus ingresos y sus servicios en la guerra. Esos hombres fuertes rendían vasallaje a otros todavía más fuertes, hasta que la pirámide llegaba a la cúspide en la persona de un conde, un duque o un rey, alguien con un poder independiente más o menos dilatado. La obediencia no era fruto del compromiso, la confianza o la lealtad, sino del puro miedo al castigo que la desobediencia podía acarrear. Decirle a un noble que no le tenías miedo era un insulto personal que con frecuencia llevaba a un desafío…”[11]


La decisión de Hugo de Payen y sus ocho compañeros debió haber sido impactante en el contexto del siglo XII. Hugo le planteó a Balduino que sus intenciones se veían limitadas por falta de medios. Necesitaban un lugar donde establecer su cuartel para ellos y sus sirvientes, establos para los caballos y alimentos para todos. Balduino II apoyó la iniciativa y les asignó un lugar en el palacio –como ya hemos visto, la mezquita de Al Aksa–, que había sido la residencia real de su primo Balduino I y que él estaba ocupando provisionalmente, pues su intención era la de establecer el palacio en la “Ciudadela de David”.


Poco después, los canónigos del Templum Domini (nombre que le daban los cruzados a la Cúpula de la Roca, el otro gran edificio construido en la explanada del Monte del Templo, convertido ahora en Iglesia) le cedieron a Hugo y sus caballeros parte de las adyacencias del edificio a las que se conocía como “las caballerizas de Salomón”[12]. De allí que tomaran el nombre de Pauperes conmilitones Christi Templique Salomonis, “Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Jerusalén”. Finalmente, los nueve caballeros realizaron los tres votos ante el patriarca de Jerusalén, Gormond de Piquigny, luego de lo cual tomaron posesión de los lugares que les habían sido donados.


Además de los ya mencionados Hugo de Payen y Godofredo de Saint-Omer, este último de origen flamenco, también integraban el grupo original André de Montbard, nacido en 1095 y tío de san Bernardo por su hermanastra Aleth, Archibaldo de Saint-Amand y Payen de Montdidier (a veces designado con el nombre de Nivard de Montdidier), ambos flamencos, Godofredo Bissol, de origen occitano, y Gondemar, que es posible que fuera portugués. Por último, un tal Roral o Rosal o Roland, del que nada se sabe, y un noveno caballero del que tampoco hay datos más que su nombre, Hugues Rigaud, que habría sido originario del Languedoc.[13] Poco después Balduino II mudaría su residencia según sus planes y los templarios quedarían con el control de casi la totalidad del Monte del Templo.


Hay un testimonio interesante, escrito por un peregrino ruso, Daniel el Higumeo que peregrinó a Tierra Santa entre 1106 y 1107, es decir bajo el reinado de Balduino I, que hizo un relevamiento de cada lugar que visitó asentándolo en un diario de viaje. Dicho extenso documento describe tanto a la mezquita Al Aksa –convertida en el palacio de Balduino I– como también a l'Eglise du Saint des Saints, (la Iglesia del Santísimo), que no es otra cosa que la Cúpula de la Roca que los cruzados habían convertido en Iglesia y entregado a los padres agostinos y a la que ya hemos mencionado como Templum Domini. Dice Daniel el Higumeo respecto de la Cúpula de la Roca:


Desde la Iglesia de la Resurrección de Cristo [se refiere a la Iglesia del Santo Sepulcro] hasta la Iglesia del Santísimo [se refiere aquí a la Cúpula de la Roca convertida en iglesia], hay un distancia de alrededor de dos tiros de flecha.

El interior está adornado notable y artísticamente con mosaicos de una belleza indescriptible. La forma es ronda. Afuera, está cubierta de magníficas pinturas cuya belleza no puede ser mejorada; Las paredes y el suelo están cubiertos con preciosas losas de mármol. Doce columnas monolíticas y ocho de piedra están dispuestas en círculo debajo de los techos de cobre dorado.

La cúpula está adornada internamente con diseños de mosaico y en el exterior es de cobre dorado. Bajo esta misma cúpula, se encuentra una cueva cortada en la roca. Fue allí donde el profeta Zacarías fue asesinado; antiguamente allí estaba su tumba allí y uno podía ver los rastros de su sangre, pero ya no. Todavía hay una piedra debajo de esta cúpula fuera de la cueva. Es en esta piedra que Jacob vio una escalera que alcanzaba el cielo, y por la cual los Ángeles de Dios ascendían y descendían. En cuanto a la antigua Iglesia del Lugar Santísimo, ha sido destruida; no quedó nada de la antigua construcción de Salomón, excepto los cimientos primitivos del Templo que el profeta David comenzó a disponer; la cueva, así como la piedra que está debajo de la cúpula, son los restos de los viejos edificios; En cuanto a la iglesia actual, fue construida por un jefe de los sarracenos llamado Omar.[14]



Luego, Daniel describe el lugar donde se encuentra la mezquita Al Aksa, convertida en el palacio de Balduino y a la que da el nombre de La Maison de Salomón. Dice el peregrino:

Aquí también se encontraba la Casa de Salomón, que era un edificio formidable, de sorprendente grandeza y belleza. Estaba pavimentado con losas de mármol, sostenido por bóvedas y equipado con cisternas en la casa. Los apartamentos estaban artísticamente decorados con mosaicos y magníficas filas de columnas en mármol precioso; Las habitaciones están ingeniosamente asentadas por estas columnas y toda la casa está cubierta de estaño.

La puerta de este palacio, rica y artificialmente cubierta con peltre verde, decorada con mosaicos y placa de cobre dorado, se llama “La puerta Bella”; ahí es donde Pedro y Juan curaron a los cojos; y este lugar hasta ahora existe cerca de esta puerta. Además de esta, todavía hay tres puertas y la quinta se llama “Puerta de los apóstoles”.

Fue construido de manera sólida e ingeniosa por el profeta David, revestido de cobre dorado, adornado por dentro con pinturas artísticas de cobre y, por fuera, revestido de hierro. Esta puerta tiene cuatro entradas, y, con la Torre de David, eso es todo lo que queda de la antigua ciudad. Todo lo demás es nuevo, la antigua ciudad de Jerusalén fue destruida más de una vez. Fue a través de esta puerta que Cristo entró en Jerusalén, viniendo de Betania con Lázaro a quien había recibido. Bethany se encuentra en el este, frente a la Montaña de los Olivos.[15]



Este testimonio nos permite imaginar cómo se veía en el siglo XII lo que hoy conocemos como “La explanada de las mezquitas”. De acuerdo a los documentos que tenemos a la vista, esa época se creía en que las “Caballerizas de Salomón” estaban contiguas a Al Aksa. Además del lugar físico para establecer su cuartel, tanto el rey como el patriarca pusieron a disposición de Hugo y sus caballeros unos fondos que podrían utilizar para la adquisición de alimentos, ropas y armas, quedando establecido, en virtud de sus votos, que la principal misión de la agrupación sería la de defender a los peregrinos que transitaban las rutas que llevaban a Jerusalén. Aun así todo indica que sus comienzos fueron muy modestos y que apenas podían proteger algunos desfiladeros como el de Athlit, entre Cesarea y Caifa, en donde más tarde construirían su famoso Chastel Pelerin a 13 km. al sur de la actual Haifa. Si consideramos la distancia entre Athlit y Jerusalén se puede deducir que esta primera misión, alejada de sus cuarteles no era un objetivo fácil.


Durante los nueve años posteriores vistieron como los demás caballeros seglares sin que ningún símbolo particular los identificara. Un hecho importante se produciría en 1120 cuando los señores eclesiásticos y seculares del reino fueron convocados a un Concilio en Naplusa (Nablus). La convocatoria fue una iniciativa del patriarca Gormond para establecer las primeras leyes que regularían los asuntos religiosos y seculares. Si bien no se puede considerar un “Concilio de la Iglesia” en sentido estricto, tampoco fue solo una deliberación de la Haute Cour, como los francos llamaban a la corte del reino. La mayoría de los investigadores define la reunión más como un “Parlamento” o “Sínodo Eclesiástico”, que un concilio. Fue en ese marco que Hugo de Payen obtuvo el permiso para convertir a su grupo de caballeros en una Orden, y aunque habría que esperar algunos años para que ésta fuese reconocida y adoptada por Roma, el antecedente de Naplusa es significativo.[16] Sabemos también que en 1120 Fulco, conde de Anjou y futuro rey de Jerusalén, desembarcó en Palestina, se alojó con los templarios en su cuartel en el Monte del Templo y donó a la Orden una renta de veinte libras angevinas al año, lo cual demuestra que el Temple ya tenía cierta notoriedad.[17]


No existen evidencias de que durante esos primeros años hayan admitido nuevos miembros, pero tampoco hay pruebas en contrario, aunque sí hubo una excepción: la del ya mencionado Hugo, conde de Champaña. Y es aquí en donde comienzan las especulaciones. De hecho, cuando se analiza el comportamiento del conde surgen algunas cuestiones que merecen ser analizadas. Hay suficientes datos sobre su vida como para seguir sus huellas entre la Champaña y Tierra Santa. Había nacido en 1077 y era hijo de Teobaldo III de Blois y de Champaña –señor cuyos condados eran más vastos que el dominio real– y de Alejandra de Valois. Recibió la Champaña en 1093 y llegó a ostentar el cargo de Senescal del Reino, lo cual indica su alta posición en la nobleza de Francia.

Hugo de Champagna no había participado de la primera cruzada, pero estuvo en Tierra Santa entre 1104 y 1105, como hemos visto, y luego volvió por segunda vez en 1108. Al regreso de este segundo viaje se puso en contacto con el monje Esteban Harding, quien era el tercer abad del Císter y es considerado cofundador de la Orden Cisterciense. Hasta ese entonces la abadía estaba inclinada principalmente a la contemplación, pero a algunos investigadores les ha llamado la atención que a partir de su relación con Hugo, el abad dispuso que los monjes se abocaran al estudio de antiguos textos hebreos, incluso requiriendo de la ayuda de algunos rabinos judíos de la Alta Borgoña.[18] Hugo viajó nuevamente a Tierra Santa en 1114 y, luego de una corta estancia volvió a sus tierras en 1115; tomó contacto nuevamente con el abad Esteban Harding, esta vez para ofrecer a la Orden del Cister un bosque ubicado en el Valle de Absenta, para que se creara allí una abadía. Harding aceptó la donación y puso al frente del nuevo establecimiento a un joven monje, Bernardo de Fontaine (san Bernardo) quien con un grupo de doce monjes cuidadosamente seleccionados –incluso uno de ellos había sido enviado desde La Chaise-Dieu, aunque no fuera cisterciense– creó en el lugar designado la abadía de Claraval.[19] Hugo de Champaña finalmente repudió a su mujer, renegó de su hijo, renunció a su condado y volvió a Tierra Santa en 1125 para unirse definitivamente a sus hermanos del Temple. Moriría en 1130.


Siempre ha llamado la atención la actitud de Hugo de Champaña. En primer lugar se trataba de un hombre directamente emparentado con Hugo de Payen, también champañés, señor de Montigny y oficial de alto rango de la Casa de Champaña. La firma de Hugo de Payen aparece al menos en dos actas del condado de Troyes. A su vez Hugo de Payen –como ya hemos dicho– era primo del monje san Bernardo, nombrado abad de Claraval por Esteban Harding a expensas de la donación del Valle de Absenta hecha por Hugo de Champaña a la orden cisterciense. Como vemos, la relación entre Payen y Bernardo era estrecha (en una carta san Bernardo se dirige a él como “Carissimus meus Hugo”). Un detalle no menor es que André de Montbard era tío de Bernardo quien, a la postre, fue el principal valedor de la Orden del Temple y convocó al concilio que le aprobaría una Regla que la colocaba bajo la directa –y única– autoridad del papa. Con esto sentaría las bases para que el Temple se convirtiera en uno de los factores de poder más grandes de la cristiandad.


Otro dato interesante surge de algunos documentos vinculados a Hugo de Champaña, que han sido señalados por Helen Nicholson:


Hugo volvió de nuevo a Oriente en 1114. Ivo, obispo de Chartres, le escribió, reprendiéndole por haber abandonado a su esposa y ponerse al servicio de las milicias de Cristo (militiae Christi) para dedicar su vida a ‘esa caballería evangélica’ (evangelicam militiam) ‘en virtud de la cual dos millares pueden combatir con firmeza a aquel que está dispuesto a atacarnos con doscientos mil’[20]. Esta alusión bíblica sería utilizada veinte años después por Bernardo, abad de Claraval, cuando escribió acerca de su apoyo a la nueva Orden del Temple, aunque en las palabras de Ivo no se hacía mención alguna a los templarios. Tal vez solo indicara que Hugo había tomado los votos de los cruzados como parte del juramento de los peregrinos, aunque también es probable que hubiera prestado juramento de unirse a una hermandad o confraternidad de caballeros que se habían organizado para defender el Santo Sepulcro[21]


La mayoría de los autores ha reconocido, en mayor o menos medida, que hay un trasfondo no del todo claro en el vínculo de estos hombres, y que si existe un secreto bien guardado en la historia del Temple hay que buscarlo allí. En opinión de Alain Demurger es a partir de ese momento (el segundo viaje de Hugo de Champagna a oriente en1114) que toma cuerpo la idea de una militiae Cristi que tendría la misión de defender a los peregrinos. Afirma Demurger que el supuesto de que el conde de Champaña haya estado asociado de algún modo al nacimiento de la Orden no suscita la menor duda. San Bernardo –que también era amigo suyo– no pareció recibir bien la noticia, puesto que hubiese preferido que ingresara al Cister, pero aun así lo felicitó en una carta cuya redacción revela un alto grado de conocimiento mutuo.[22] Sea como fuere resulta claro el estrecho vínculo entre Hugo de Payen, Hugo de Champaña, Esteban Harding y Bernardo de Claraval. Veamos algunas dudas que han desvelado a los historiadores.


Abajo, el sello del Hugo de Champaña

En principio resulta atractivo pensar que Hugo de Champaña y Hugo de Payen hayan encontrado en Palestina una serie de documentos de origen hebreo cuya importancia desconocemos, pero que fueran lo suficientemente importantes como para que el monje Esteban Harding pusiese a los cistercienses –reacios al estudio erudito, a diferencia de sus hermanos cluniacenses– a estudiarlos a fondo, incluso recurriendo a sabios judíos.[23] Aún más: luego de su segunda estancia en Tierra Santa, mientras Hugo de Payen se quedaba en Jerusalén, él regresaría y haría donación de las tierras en donde san Bernardo establecería la Abadía de Claraval. Michel Lamy se pregunta ¿Qué razón habría para generar un entusiasmo tan repentino por los textos hebraicos? ¿Qué revelación se suponía que aportarían estos documentos para que Esteban Harding pusiera a sus monjes a trabajar?


Sospecha Michel Lamy:


“¿Quién querrá hacernos creer que repudió a su mujer y lo abandono todo simplemente para guardar caminos con gentes que no querían que nadie les prestara ayuda, y ello bajo las órdenes de uno sus propios oficiales? Habría que ser verdaderamente ingenuo, por más que se considere que la fe puede ser motivo de muchas renuncias. ¿No se trataba más bien de ayudar a los templarios en la verdadera tarea que les había sido confiada y que Hugo de Champagne tenía buenas razones para conocer?

Cabe pensar que los documentos verosímilmente traídos de Palestina por Hugo de Champagne (que los había descubierto sin duda en compañía de Hugo de Payen) no dejaban de tener relación con el emplazamiento que posteriormente fue asignado como alojamiento de los templarios.”[24]


Es al menos llamativo que los templarios no hayan admitido la incorporación de miembros dada la magnitud del área que debían proteger. Aún más llamativo es que pese a la endémica falta de tropas al servicio del reino no hayan participado en una sola de las múltiples campañas militares que llevó a cabo Balduino II durante su reinado. Charpentier arriesga una hipótesis más audaz:


“Es poco probable que el conde de Champaña, que tenía rango de Gran Senescal y era uno de los primeros señores del reino, cuyos dominios eran más extensos que los reales, haya sentido un deseo irresistible de cuidar a los peregrinos enfermos... Incluso para la salvación de su alma, Clairvaux (Claraval) hubiese sido suficiente. Del mismo modo, si le atraía el sol de Jaffa, hubiese podido guerrear contra el infiel al frente de sus mesnadas, hasta morir si eso era necesario. Y si hubiese sido atraído por el amor de alguna bella infiel, no hubiera querido entrar en una orden casi monacal... En 1125 renuncia a todo y se va a unir con los nueve caballeros en su residencia del emplazamiento del templo de Salomón ¿Para guardar los caminos a las órdenes de uno de sus oficiales? No seamos ingenuos…”[25]


Para Charpentier, al igual que para muchos otros autores, hay una trama paralela a la oficial, que tiene que ver con el hallazgo de unos documentos hebreos que habrían conducido a descubrimientos insospechados en el emplazamiento del Templo de Salomón. Pero como ya he dicho, creo que insistir en ello es perder el tiempo porque no hay el menor indicio de que tal cosa haya sucedido.

Mucho se ha especulado sobre la posibilidad de que los templarios hubiesen llevado a cabo excavaciones y que las mismas hubiesen dado lugar a descubrimientos extraordinarios. Las teorías incluyen desde antiguos manuscritos hebreos hasta la misma Arca de la Alianza y el Grial. Lo cierto es que los autores más serios se han mantenido al margen de estas especulaciones. Pero también es cierto que las circunstancias que rodearon la fundación de la Orden, sumado a la poca información acerca de los primeros años en los que los nueve caballeros originales mantuvieron un numerus clausus, las particularidades del Concilio de Troyes y el involucramiento de san Bernardo junto con toda la cúpula del Císter en el blindaje de la nueva milicia, hace pensar en circunstancias extraordinarias. De hecho –y como bien lo señala Louis Charpentier– nunca antes se había necesitado un Concilio para crear una orden religiosa. Toda esta cuestión se desata a partir del emplazamiento original del Temple. Asunto que veremos en la tercera entrega de esta serie de artículos

[1] Runciman, Steven, Historia de las cruzadas, España, Alianza Universidad, 1973, Tomo I, p. 315. [2] Un término del siglo XII que designa a los colonos cristianos latinos en los Estados cruzados de Oriente Medio. Poulains en este contexto eran los descendientes francos de aquellos cruzados originales que habían permanecido en Palestina después de la captura de Jerusalén en 1099. [3] Guillermo de Tiro, Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, XII, 7, Patrologia Latina 201, 526-27. [4] Jacques de Vitry, Historia Hierosolymitana, citado por Demurger, Alain. Auge y caída de los templarios (1118-1314). Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1990, p. 20. [5] Nicholson, Helen, Los Templarios - Una nueva historia, Barcelona, Crítica, p. 41. [6] Simón de Saint-Bertin, Gesta abbatum Sancti Bertini Sithensium, O. Holder- Egger, ed., en MGH SS, vol. 13, p. 649. En Nicholson, ob. cit. p. 41 [7] Como veremos, sería rey de Jerusalén desde 1131 hasta su muerte. [8] The Ecclesiastical History of Orderic Vitalis, editado y traducido por Marjorie Chibnall, 6 vols., Oxford University Press, Oxford, 1969-1980, vol. 6, pp. 308-310, libro 12, cap. 29. En Nicholson, ob. cit. p. 41 [9] Charpentier, Louis, El Misterio de los Templarios, (Bruguera, 1970). [10] Robinson, ob. Cit. [11] Robinson, Loc. cit. [12] Como actualmente sabemos, las caballerizas de Salomón están enterradas decenas de metros debajo de la explanada del Templo, y forman parte del primer templo, el Templo de Salomón” al que aún ha sido imposible llegar a sus cimientos. [13] Respecto de los caballeros flamencos Godofredo de Saint-Omer, Archibaldo de Saint Amand y Payen de Montdidier, sugiere Charpentier que eran hombres de Eustaquio de Bolonia, hermano de Godofredo de Bouillón y de Balduino I. En su hipótesis Charpentier plantea que formaban parte de la comitiva que acompañaba a Eustaquio a Jerusalén, apenas enterado de la muerte de su hermano Balduino, pero que habría abortado el viaje al enterarse de que el trono había recaído en su primo Balduino del Bourg, dando libertad a sus caballeros para que se prosiguiesen el camino a Tierra Santa. [14] Khitrowo, Mme. B. De; “Itinéraires Russes en Orient” (Réimpressión de l’édition 1889; Osnabrück, Otto Séller, 1966 p. 20,21 [15] Khitrowo, Mme. B. De; Ob, Cit. p. 20,21 [16] Selwood, Dominic (1996). “Quidem autem dubitaverunt: The Saint, the Sinner, the Temple and a Possible Chronology”, en Autour de la Première Croisade, M Balard (ed.),. Paris: Publicación de la Sorbonne. pp. 221–230. También Barber, Malcolm , The Trial of the Templars (Cambridge University Press, 1978). [17] Para tener idea del valor de treinta libras angevinas diremos que en la primera mitad del siglo XII un feudo de quinientas hectáreas producía a su señor unas cinco libras al año. [18] E. Vacandard, Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux, (Paris 1910). Se puede consultar en línea en https://archive.org/details/viedesaintberna01vaca/page/n9/mode/2up [19] Charpentier, Louis, Ob. cit. [20] Helen Nicholson, a quien estamos citando, sugiere confrontar con: Ivo, obispo de Chartres, “Epistolae”, n.° 245 en PL, vol. 162, cols. 251-253. Para Hugo, conde de Champagne, véanse Malcolm Barber, “The Origins of the Order of the Temple”, Studia Monastica, 12 (1970), pp. 219-240; publicado también en su Crusaders and Heretics, 12th-14th Centuries, Variorum, Aldershot, 1995, 1; Demurger, Vie et Mort de l'ordre du Temple, pp. 22-27; Simonetta Cerrini,”Le fondateur de l'ordre du Temple à ses frères: Hughes de Payen et le Sermo Christi militibus”, en Dei gesta per Francos: Études sur les croi sades dédiées à Jean Richard - Crusade Studies in Honour of Jean Richard, Michel Balard, Benjamin Z. Kedar y Jonathan Riley-Smith, eds., Ashgate, Aldershot, 2001, pp. 99-110. [21] Nicholson, Helen, Los Templarios – Una nueva historia, (Crítica, 2001). [22] Demurger, Alain, Auge y caída de los Templarios, Martinez Roca, 2000). [23] Este punto requeriría un mayor desarrollo, pues los cistercienses no serían los primeros ni los últimos monjes en recurrir a los maestros judíos a la hora de analizar los textos del Antiguo Testamento y otras obras ajenas a la teología cristiana. Un minucioso estudio puede encontrarse en la obra de Louis Israel Newman Jewish Infuence on Christian Reform Movement, Columbia University Press, 1966. [24] Lamy, Michel, Ob. cit. pp.32-35 [25] Charpentier, Ob. cit. p. 10 y ss.

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