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La Batalla de Arsuf

Introducción


Cuatro años después de la derrota cristiana en los Cuernos de Hattin y de la conquista de Jerusalén por Saladino, la Tercera Cruzada había conseguido revertir parcialmente la situación militar en Tierra Santa. La recuperación de Acre en 1191 devolvió a los latinos una importante cabeza de puente sobre el Mediterráneo, aunque el Reino de Jerusalén continuaba dividido por sus disputas internas y la Ciudad Santa permanecía en poder musulmán. Tras la partida de Felipe Augusto, Ricardo I de Inglaterra quedó convertido en el principal jefe militar de la expedición.


La experiencia de Hattin pesaba, sin embargo, sobre cualquier decisión. Avanzar hacia el interior sin una línea segura de abastecimiento podía conducir a un nuevo desastre. Ricardo decidió entonces marchar hacia el sur siguiendo la costa, acompañado por su flota, con el objetivo inmediato de asegurar Jaffa antes de intentar una operación sobre Jerusalén. Saladino debía impedirlo. En ese enfrentamiento entre la movilidad de la caballería ayubí y la disciplina de la formación cruzada se gestó la batalla de Arsuf.


Azulejos con la imagen de Ricardo. 1250 circa.
Azulejos que representan a Ricardo I de Inglaterra, parte de un conjunto que también incluye a Saladino, actualmente en el Museo Británico. La etiqueta de la pieza indica: «Azulejos que muestran a Ricardo y Saladino» y «Hacia 1250-1260, Chertsey, Inglaterra, loza vidriada con plomo. PE 1885,1113.9051-60;9065-70. Donado por el Dr. H. M. Shurlock»

La Batalla de Arsuf


Cuando Acre cayó en 1191, reconquistada por los cruzados —después de un sitio interminable—, nadie podía decir que la guerra había terminado. Al contrario: la verdadera campaña apenas comenzaba. Las murallas conquistadas no eran Jerusalén, ni siquiera eran la promesa cierta de Jerusalén. Eran apenas una puerta abierta sobre una costa devastada, una base precaria entre el mar y el desierto, un punto de apoyo en aquella tierra donde cada paso parecía tener memoria de sangre. Ricardo de Inglaterra, Corazón de León, lo sabía. También lo sabía su enemigo, Saladino.


Ricardo no podía lanzarse hacia el interior como un caballero dominado por la fiebre de la gloria. Es verdad que Jerusalén era el trofeo mayor, el nombre sagrado; pero él y los templarios (quienes consideraban a Ricardo como a uno de sus propios hermanos) sabían que el puerto de Jaffa era la llave del cordón palestino. Sin Jaffa no habría línea de abastecimiento, ni flota segura, ni retaguardia, ni retirada posible. El camino a la Ciudad Santa debía comenzar por el dominio de la costa. Primero el puerto. Luego, tal vez, Jerusalén y sus montes circundantes. Primero la logística que asegurara el aprovisionamiento de las tropas. Después la gloria, si es que Dios así lo dispusiera.


Era una decisión, fría como una hoja de acero, que —también hay que decirlo— impacientaba a parte de su ejército, ansioso por ver las murallas de la Ciudad Santa; después de todo, a eso habían venido la mayoría de los hombres que habían combatido en Acre. Pero Ricardo había llegado a una edad en la que ya comprendía claramente la diferencia entre el impulso y el mando.


El ejército cruzado salió de Acre y comenzó a marchar hacia el sur, pegado al Mediterráneo, buscando en el mar una protección que la tierra le negaba. A su derecha, las aguas acompañaban la columna con el movimiento lento de las naves. A su izquierda, hacia el interior, se extendía el terreno desde donde podía surgir en cualquier momento la caballería de Saladino, temida por ser rápida, elusiva, inasible, hecha para herir y desaparecer, para provocar y cansar, para convertir la marcha en tormento.


El ejército se movía como un largo gusano armado. En la vanguardia, los templarios abrían el camino, rígidos, silenciosos, cubiertos por sus cruces rojas. En el centro marchaban los contingentes del rey, los hombres de Inglaterra, Normandía, Anjou, Poitou, Bretaña, los caballeros del reino latino, los peones, los ballesteros, los carros, las bestias de carga, todo aquello que en la imaginación de los poetas suele desaparecer, pero sin lo cual ningún ejército cruza una tierra enemiga. En la retaguardia cerraban los hospitalarios, con la amarga responsabilidad de cubrir el último tramo de la columna, el lugar donde el enemigo golpea cuando el cansancio comienza a vencer a la disciplina. Era allí, en la retaguardia, donde Saladino pondría los ojos.


Porque Saladino no necesitaba destruir a los cruzados de un solo golpe. Le bastaba con desordenarlos, quebrar la línea, aislar una unidad, provocar una carga prematura, abrir una grieta en aquella formación lenta y pesada. Una vez rota la cohesión, la caballería franca, formidable en el choque, podía transformarse en una multitud dispersa. Y una multitud dispersa, en Palestina, era carne para los arqueros montados.


Ricardo había comprendido la trampa. Por eso ordenó marchar sin romper filas. La caballería debía contenerse. Los caballeros, que habían nacido para cargar, debían esperar. Los ballesteros debían responder. La infantería debía sostener. Los caballos debían ser protegidos. Nadie debía perseguir a los atacantes. Nadie debía dejarse arrastrar por la furia. La batalla, antes de comenzar, ya se libraba en el dominio de los nervios.


Finalmente, el ejército cruzado llegó a Arsuf. El 5 de septiembre de 1191 Ricardo ordenó a la columna que girara de cara al interior y de espaldas al mar. Se situó en el centro de la formación de batalla, al mando de los caballeros seculares. El Temple quedó ocupando el ala derecha del ejército, en tanto que los hospitalarios, la izquierda. Contrario a lo que se podía esperar de su temperamento, Ricardo ordenó que todo el ejército cristiano mantuviese las filas y resistiera el embate de la caballería ligera de Saladino.


Al alba del 7 de septiembre, el sol iluminó una costa en tensión. El mar, indiferente, seguía golpeando la orilla. Pero hacia el interior comenzó a moverse una sombra. Primero fueron jinetes aislados, luego grupos, después líneas móviles, banderas verdes, lanzas, arcos, polvo, gritos, tambores, timbales y cuernos. Toda la parafernalia bélica musulmana rodeaba a la caballería de Saladino, que se desplegaba como una tormenta horizontal.


Ricardo y su estado mayor sabían que Saladino se lanzaría contra el muro franco. Venía a deshacerlo.


Ilustracioón de la batalla
Gustave Dore - The Battle of Arsuf in 1191 Ilustración de Bibliotheque des Croisades by J-F Michaud 1877 - (MeisterDrucke-38889).

Los primeros ataques fueron como mordidas. Una lluvia de flechas cayó sobre la columna. Los caballos relincharon. Algunos hombres cayeron sin haber visto siquiera al arquero que los había herido. Los ayubíes se acercaban, disparaban, giraban, retrocedían, volvían a acercarse. No ofrecían un blanco fijo. No se dejaban atrapar. Su guerra era la del movimiento: un círculo de hierro y polvo alrededor de una columna que avanzaba con desesperada lentitud. Los cruzados soportaron el castigo. Los ballesteros devolvían fuego cuando podían. Los peones cerraban filas. Los caballeros apretaban las riendas. La tentación de cargar debía haber sido insoportable. Cada flecha clavada en un caballo, cada compañero derribado, cada grito desde la retaguardia era una invitación al desastre. Pero Ricardo se mantuvo firme.


Aún no. Esa parece haber sido la consigna secreta de esa mañana. Aún no.


Saladino intensificó la presión. Sabía que la paciencia también se agota. Los arqueros montados golpearon con más fuerza el flanco interior. Las cargas fingidas se hicieron más próximas. Las flechas caían sobre los escudos como una lluvia seca. Pero el punto elegido —como ya hemos dicho— fue la retaguardia hospitalaria. Allí, donde la columna debía defenderse y avanzar al mismo tiempo, donde cada paso hacia el sur alejaba al último hombre del refugio anterior, allí se concentró el tormento.


Los hospitalarios comenzaron a soportar el peso de la batalla. Los caballos eran el blanco. Los arcos enemigos buscaban los flancos, los ojos, los cuellos, los espacios mínimos entre las defensas. Un caballero sin caballo podía seguir combatiendo, pero dejaba de ser el arma decisiva para la que había sido entrenado. La caballería pesada era un martillo; Saladino intentaba romperle el mango antes de que pudiera caer.


El maestre del Hospital, viendo cómo sus hombres eran diezmados, envió una y otra vez emisarios al rey a fin de que le permitiese lanzar una contracarga; incluso se desplazó él para pedírselo personalmente, pero su petición no fue atendida por el rey, cuyo plan era el de preparar una carga coordinada de todo el ejército.


Mapa general de la batalla
Batalla de Arsuf. Secuencia y disposición de las tropas.

En ese momento, en medio de la discusión del rey y el maestre del Hospital, el mariscal de la Orden Hospitalaria, que había quedado al mando de la retaguardia, ordenó el ataque de su flanco sobre los sarracenos. Rápido de reflejos, el rey Ricardo dio entonces la orden de ataque general, lo que a los ojos de los sarracenos pareció un verdadero ataque coordinado. Sobre la posible indisciplina del mariscal de los hospitalarios, de cuyo rango y experiencia en combate podía esperarse una conducta más profesional, hay quienes creen que se trató de una confusión: era tal el estruendo que el mariscal pudo creer que había escuchado el toque de trompetas con el que Ricardo ordenaba una carga coordinada...[1]


Fue como si una compuerta se abriera de pronto en el extremo norte de la columna. Los caballeros salieron de la formación, atravesaron los espacios que se abrieron entre la infantería y se lanzaron contra los jinetes ayubíes que durante horas —en rigor de verdad, toda una semana— los habían acosado. La cruz negra y blanca de los hospitalarios avanzó sobre el polvo. Las lanzas bajaron. Los caballos pesados se precipitaron hacia la caballería ligera que, por primera vez en la jornada, había permitido que la distancia se redujera demasiado.


El golpe debió de ser brutal. La caballería ayubí, acostumbrada a gobernar el ritmo de la batalla, se encontró de pronto frente al impacto compacto de hombres acorazados que ya no soportaban la guerra del hostigamiento, sino que imponían la guerra del choque. Allí donde antes había flechas y círculos, ahora había lanzas, escudos, hierro, caballos embistiendo, cuerpos arrastrados, banderas inclinadas, gritos que ya no buscaban intimidar sino sobrevivir.


Pero una carga aislada podía convertirse en una tragedia. Si los hospitalarios avanzaban solos, serían rodeados. Si se alejaban demasiado, la victoria local se transformaría en una emboscada. Ricardo vio el peligro y la oportunidad al mismo tiempo. La batalla que había intentado contener durante horas acababa de desatarse. Ya no podía volver a encerrarla dentro de la columna. Entonces hizo lo único posible: convirtió la ruptura en una orden directa y mandó cargar.


El centro cruzado se abrió como una muralla que de pronto decidiera avanzar. Los caballeros del rey salieron hacia el interior. Las líneas se movieron. Los estandartes se inclinaron. El ejército que había soportado el castigo bajo una disciplina casi sobrehumana se transformó en una fuerza ofensiva. Fue una respuesta general, una descarga contenida durante horas, una violencia administrada hasta el límite.


La mayoría de los historiadores coincide en que fue más la fama de Ricardo que la fuerza de su ejército lo que hizo entrar en pánico a los jinetes y arqueros musulmanes, que ahora eran presa de una carga de caballería a la mejor usanza europea y a la que Saladino tanto se había esmerado en evitar en los Cuernos de Hattin.


Mientras los musulmanes huían, ningún jinete cristiano cayó en la tentación de perseguirlos, prudencia que se debió en gran parte a la firmeza del rey y su control sobre el ejército. Ya le habían advertido acerca de las viejas tretas de los árabes y su retirada fingida —los propios templarios la habían padecido en su bautismo de fuego, en Taqoa—, pero esta vez los sarracenos huían en serio, tratando de salvar el pellejo. Ricardo fue vitoreado por sus hombres como el héroe de aquella jornada y todos volvieron a soñar con Jerusalén. La batalla de Arsuf había demostrado que Saladino podía ser vencido en campo abierto.

 

Nota: La historia completa de la intervención de la Orden del Temple en la Tercera Cruzada puede leerse en mi libro "Templarios. Religión, guerra y política en Tierra Santa".


Para mayor información sobre Ricardo Corazón de León y la Tercera Cruzada, también puede leerse la entrada "Ricardo Corazón de León, Roberto de Sablé y los Templarios"


[1] Nicolle, David (2006), The Third Crusade 1191: Richard the Lionheart, Saladin and the Struggle for Jerusalem. UK: Osprey Publishing Ltd.

 

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