• Eduardo Callaey

Miseria y gloria

Camino rápido. Busco el lugar que todavía no encontré. Sueño con un final feliz pero improbable. Me quedo quieto, como si esperase al ángel que vendrá a detener mi mano. Soy un alma que yace en el abismo, condenada a transitar estos días en la Tierra. Pero nadie me cree. He vivido muchas vidas sabiendo que ésta, tarde o temprano llegaría. Tuve muchos nombres y hablé idiomas extraños. Ningún hijo me reconoció y no tuve heredad en ninguno de mis nacimientos. Provengo de un linaje de guerreros. Eso no lo he olvidado. Conozco la humedad de los bosques, porque me he perdido en ellos. Conozco el festín de la carne porque desperté de pronto en medio de lanada. Se quién eres porque te conocí hace siglos, antes de que tus ojos me convirtieran en fantasma. Camino hacia un lugar que todavía no encontré.


Conocí la miseria de la que guardo bellos recuerdos. El olor del pan de ayer, el de la leña apagada en la hoguera muerta, el de los animales caídos, hinchados bajo el sol en el camino vacío. La miseria es una mujer irreverente que te atrapa por la espalda y te arroja al suelo de un solo golpe; pero no le guardo rencor. Conocí días de abundancia que aun acarician mi memoria. Podía entonces morir en paz, sin que nadie me reclamara más de lo que había hecho. ¡Morir sin que nadie reclame! Con qué poco fui feliz. Me alcanzaba la imaginación extendida sobre los años por venir, sin importar siquiera que mi nombre se olvidara para siempre.


Tuve días gloriosos. Algunos fueros crueles. Otros fueron mágicos, con espíritus danzando alrededor, recordándome que el otro lado nos vigila siempre.  Noches de sudor y de perfumes, perdido en la piel abierta de algún cuerpo. Ocasos en los que el sol poniente sólo podía ser una esperanza y no la muerte. Amaneceres vertiginosos en los que la cabeza caía inmolada sobre la almohada fría, el cuerpo inerte,exhausto, casi muerto. Pero ¿Qué importaba? Conocí el invierno de las montañas australes. Las ollas cocinando corderos mientras velábamos las armas que matarían a otros que padecían el mismo invierno. La orina hecha escarcha. Las manos entumecidas de polvo, frío y sangre lenta. El vaho de la ropa sucia sobre la suciedad de los días y las noches.


Conocí la muerte fría, negra, inconcebible, predecible, misericordiosa, impiadosa, impúdica, desnuda. Hasta que una noche llegaste en la aguja de una catedral lejana. Descendiste como el ángel que cae del Paraíso perdido. Recordé un sueño en el que un navío se alejaba de la playa y yo te perseguía con mi corcel hasta ahogarme en el agua salada. Fue entonces en que todo lo que conocía perdió sentido. Desde entonces te sueño, por miedo a que seas certeza y algún día decidas volver a dejarme dormir en todo aquello que una vez conocí.

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