• Eduardo Callaey

Mujer e Iglesia en la Edad Media

Actualizado: abr 24

El problema del feminismo es que no representa a un amplísimo

sector de las mujeres. Por eso se ha centrado en la ideología

y en la retórica antimasculina en lugar de hacerlo en

el análisis objetivo de los datos, de la psicología

humana y el significado de la vida.

Camille Paglia




El epígrafe es obviamente una provocación. La neoyorquina Camille Paglia,[1]es la intelectual feminista más odiada por las feministas. Digamos que es una post feminista. Pero el sentido de incluir esta frase suya en este artículo es que marca un contrapunto con el tema que quiero tocar, y a la vez trae a luz el duro enfrentamiento entre los distintos sectores feministas, a los que menudo trabajo les espera en el logro efectivo de la “sororidad”, palabra que la Real Academia Española acaba de estrenar. Permítaseme iniciar este artículo citando a una de las intelectuales francesas más importantes del último siglo. Se trata de Regine Pernoud (1909 – 1998), historiadora, medievalista, paleógrafa y doctora en letras, que nos guiará en estas reflexiones:


Sucede como si la mujer, loca de satisfacción con la idea de haber penetrado en el mundo masculino, permaneciera incapaz de hacer el esfuerzo de imaginación suplementario que necesitaría para aportar a este mundo su marca propia. Le basta con imitar al hombre, con ser considerada capaz de ejercer los mismos oficios, con adoptar los comportamientos y hasta los hábitos vestimentarios de su compañero, sin ni siquiera plantearse la cuestión de lo que es en sí discutible y debería ser discutido. Cabe preguntarse si no le mueve una admiración inconsciente, y que podemos encontrar excesiva, hacia un mundo masculino que ella cree necesario y suficiente copiar con la mayor exactitud posible, aunque con ello pierda su identidad y niegue de antemano su originalidad. [2]


La cita viene a cuento del estallido feminista del que somos testigos en estas épocas, y que acompañado de reclamos ciertamente justos, trae consigo algunas expresiones extremas que apuntan a las instituciones patriarcales convertidas en la madre (o el padre) de todos los males. El tema es ciertamente urgente y central en la construcción de una sociedad más justa. Sin embargo, en tiempos en los que la manipulación de la opinión pública ha reemplazado la reflexión por el espasmo propio de las redes sociales, me veo impelido a regresar a ciertas lecturas buscando la cordura que parece haberse perdido.


Una de las características del neofeminismo –o, para ser más justo, de ciertos sectores radicalizados– es que centra su ataque en las raíces judeocristianas de la cultura europea, poniendo como eje de todos los males a la Iglesia Católica. Es asombroso que algunos referentes de la lucha por la igualdad de género exhiban una ignorancia exasperante, que bien podría esperarse de personas irracionales, básicas y carentes de educación, pero de ningún modo por parte de comunicadores que ejercen una influencia determinante en la opinión pública y que, se supone, son gente preparada.


En ese campo creo que Regine Pernoud puede ayudarnos a aclarar algunos puntos como, por ejemplo, la falacia de que la Iglesia no haya reconocido que las mujeres tenían alma hasta entrado el siglo XVI. Esta cuestión, como muchas otras sentencias ideológicas establecidas por la Ilustración, fue acunada e impulsada por el Enciclopedismo, el movimiento filosófico y pedagógico expresado a través de la L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, una enciclopedia francesa editada entre los años 1751 y 1772 en Francia bajo la dirección de Denis Diderot y Jean d’Alembert. Fue esta corriente la que echó a correr tal disparate acerca de que para la Iglesia Católica las mujeres no tenían alma.


Si hubiese sido así ¿Cómo se explica que se hayan bautizado, confesado y admitido a la Eucaristía a unos seres sin alma? ¿Cómo se explica que los primeros mártires cristianos venerados como santos hayan sido mujeres (santa Inés, santa Cecilia, santa Genoveva… La lista es interminable) ¿Cómo se explica que la Iglesia haya entrado en conflicto permanente con reyes y señores feudales reclamando los derechos de las mujeres legítimas desplazadas por las favoritas? ¿O que se haya opuesto férreamente a los casamientos resistidos por muchachos y muchachas? ¿O que algunas abadesas fueran señoras feudales cuyo poder era respetado igual que el de los demás señores? Si definimos por posverdad a "la mentira emotiva que distorsiona deliberadamente la realidad", podríamos afirmar que es tan antigua como el hombre.


El origen de este dislate hay que buscarlo en la interpretación capciosa que el iluminismo hizo a partir de un fragmento de Gregorio de Tours (538 – 594), quien en su Historia de los francos (cap. 91) cuenta que, en el Sínodo del año 486, uno de los prelados observó que no se debía incluir a las mujeres bajo el nombre de “hombres” dando a la palabra homo el sentido restrictivo del latín (vir). Añade Gregorio que apelando a las sagradas escrituras “los argumentos de los obispos le hicieron rectificar” esta falsa interpretación cosa que hizo cesar la discusión. Pero los autores de La Gran Enciclopedia del siglo XVIII –nos cuenta Regine Pernoud y muchos otros hitoriadores contemporáneos– iban a explotar este incidente insignificante (que los cánones del concilio ni siquiera reflejan) para hacer creer que se negaba la naturaleza humana a la mujer. [3]


Otra falacia ampliamente difundida por el feminismo ideologizado es la de señalar a la Edad Media como el modelo de represión de la mujer, cuando todos los estudios académicos modernos demuestran que durante el Medioevo la mujer gozó de mucha más libertad de la que tendría a partir de la implantación del denominado Derecho Romano, cuya restauración en Europa recién se afianza en el siglo XVI.


¿No es sorprendente pensar –dice Pernoud– que en los tiempos feudales la reina es coronada como el rey, generalmente en Reims, a veces en otras catedrales del dominio real (en Sens para Margarita de Provenza) pero siempre por las manos del arzobispo de Reims? Dicho de otro modo, se atribuye a la coronación de la reina tanto valor como a la del rey.[4]


Leonor de Aquitania y Blanca de Castilla dominaron su siglo. Ejercían el poder sin discusión en caso de que el marido estuviera ausente. Existen infinidad de estudios que reivindican el papel social y político de la mujer en la Edad Media en contraposición absoluta con la mujer en los tiempos clásicos pre-cristianos y los post medievales.


La mujer del mundo clásico (reivindicado por las corrientes renacentistas) estaba relegada a un segundo plano; no ejercía influencia si no era clandestinamente y se encontraba, sobre todo, excluida de toda función política o administrativa. Incluso era considerada, y esto sobre todo en los países latinos, incapaz de reinar, de suceder al feudo o al dominio y de ejercer un derecho cualquiera sobre sus bienes personales.[5]


Es un hecho por demás curioso que la situación de la mujer haya empeorado en Europa en la medida que el antiguo Sacro Imperio introdujo el estudio del derecho romano. Señala Pernaud que el derecho romano no fue admitido en la universidad de París hasta el siglo XVII: Es cierto que mucho antes se enseñaba en Tolosa y que, favorecido por el entusiasmo que en el siglo XVI había por la Antigüedad, había empezado a impregnar las costumbres y a modificar los hábitos y las mentalidades en la misma Francia.


Pernaud recuerda que, en el mundo clásico, el derecho romano no es favorable a la mujer, como tampoco al niño. Es un derecho monárquico que no admite más que un solo término. Es el derecho del pater familias, padre, propietario y, en su casa, gran sacerdote, cabeza de familia con un poder sagrado, y en todo caso ilimitado en lo que concierne a sus hijos: tiene sobre ellos derecho de vida y muerte, y lo mismo ocurre con respecto de su mujer. Es decir que luego de la introducción del derecho romano en la Europa post renacentista, se restringe la libertad de la mujer y su capacidad de acción. La influencia de este derecho será tan fuerte que en el siglo XVI la mayoría de edad, que era a partir de los doce años para las muchachas y de catorce para los muchachos en la mayoría de las costumbres, se vuelve a situar en la misma edad que estaba fijada en Roma antigua, es decir, a los veinticinco años (en Roma la mayoría de edad no contaba mucho, ya que el poder del padre sobre los hijos permanecía efectivo durante toda la vida).


No faltará –se ataja Pernoud– quien nos objete que en los tiempos feudales un gran número de uniones eran dispuestas por las familias, pero en todo caso muchachas y muchachos se encontraban en un pie de igualdad riguroso, pues se dispone del futuro esposo de igual manera que de la futura esposa.


Otras voces tan importantes como la de Regine Perbaud debieran ser escuchadas por las feministas que asocian las miserias del patriarcado con la Edad Media. Linda Paterson ha publicado excelentes trabajos sobre la sociedad Occitana entre el año 1000 y el 1300, centrándose en el rol de la mujer. En coincidencia con muchos otros investigadores, esta catedrática de la universidad de Warwick sostiene que en la temprana Edad Media el parentesco estaba organizado en la Europa bárbara siguiendo líneas “horizontales” o cognaticias en las que los vínculos con los parientes vivos eran más importantes que los ancestros. En una sociedad en la que la promiscuidad sexual oscurecía la línea de descendencia a través del varón se favorecía a los parientes matrilineales y las mujeres gozaban de una consideración elevada.[6] Paterson centró sus investigaciones en la sociedad occitana y hace una descripción aguda del modo en que numerosas mujeres, ubicadas en la punta de la pirámide social llevaron adelante su liderazgo. Algunas mujeres que ejercieron el poder –dice Paterson–llegaron a utilizar, incluso, sellos para conceptualizar su relación con él. Valiéndose de las formas masculinas, se representaron a caballo y armadas, pareciendo querer afirmar con ello que estaban dispuestas a cumplir todas las obligaciones militares a su condición.[7]


Podríamos seguir hablando extensamente de la mujer en la Edad Media. De Agnes de Borgoña, nieta de Ghilhem, el primer trovador, que tuvo un papel activo y ambicioso en la política occitana; de Guillemette, la condesa de Nimes, que gobernó en nombre de su hijo Bernard; de Adelaida de Toulouse, que administró los dominios de su hijo el vizconde Raimon-Roger de Carcasona; de Felipa de Poitou y de Adelaida de Carcasona, que sustituyeron a sus maridos cuando fueron a la cruzada; de Leonor ¡la gran Leonor! que gobernó Aquitania luego de la muerte de Enrique Plantagenet. Podría continuar, y tal vez lo haga con un tema que bien vale la pena.


Es cuanto menos repudiable que el colectivo feminista arremeta contra la cultura judeocristiana que, en todo caso, condujo a la actual encrucijada, y que en muchas ocasiones lo haga basando su relato en argumentos falaces y antojadizos que pueden desarmarse con el arma más simple: leer los libros, que no muerden. Y mucho más perverso es que todavía se calle acerca de lo que ha pasado y pasa en el resto del planeta, allí donde a la mujer jamás le ha llegado siquiera la posibilidad de hacer oír su voz.


Sin lugar a dudas, viendo la realidad que nos rodea, el enorme retroceso que sufrió la mujer después de la Edad Media es catastrófico. Tan catastrófico como la actitud de la Iglesia que sufrió un retroceso peor aun. No solo manteniendo a la mujer en un lugar secundario (situación que se mantiene hasta el día de hoy) si no también en su persistente política de gatopardismo, llevada al extremo por el actual pontífice.


Pero el tema era acerca de la mujer en la Edad Media y la Iglesia medieval, y no quiero ceder a la tentación de ampliar los argumentos más allá de lo propuesto. Prefiero concluir evocando la voz de Regine Pernoud nuevamente:


En todo caso es de desear que ese mundo feudal sea un poco mejor conocido por aquellas que creen de buena fe que la mujer “sale por fin de la Edad Media”: tienen mucho que hacer para volver a encontrar el lugar que fue el suyo en los tiempos de la reina Leonor o la reina Blanca.


Eduardo R. Callaey

[1] Camille Anna Paglia (Nueva York; 2 de abril de 1947) es una crítica social, intelectual, escritora y profesora estadounidense. Es profesora de humanidades y de estudios sobre medios de comunicación en la Universidad de las Artes en Filadelfia. Entre otras muchas definiciones, ha sido considerada como "la feminista a la que las otras feministas odian", "una feminista post-feminista", "uno de los 100 intelectuales más importantes del mundo" en 2005 por la revista Prospect del Reino Unido2​ e, incluso, en sus propias palabras, "una egomaníaca feminista bisexual". Puede leerse una interesante entrevista en este link:

https://www.infobae.com/america/cultura-america/2018/04/10/las-frases-mas-irreverentes-de-camille-paglia-la-feminista-que-odian-las-feministas/


[2] Pernoud, Regine, Para acabar con la Edad Media (José J. de Olateña, Editor), Barcelona, 2003, p. 102.


[3] Pernoud, Regine, Ob. cit. P.94


[4] Ob. cit p. 88


[5] Ob cit. Ibidem.


[6] Paterson, Linda M. El mundo de los trovadores (Península), Barcelona, 1997.


[7] Ob. cit.. p. 209

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