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Hugo de Payens: el primer templario

hace 6 horas
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Breves noticias sobre el legendario fundador de la Orden del Temple




Hugo de Payens, el primer templario. Hay cierto consenso en que este caballero frnaco que nació en 1070 en el castillo de su familia, cerca de Troyes; que era hijo de Gautier de Montigni y nieto de Hugo I, Señor de Payens. También hay acuerdo respecto de su cercanía con la Orden del Cister, especialmente con Roberto de Molesmes, fundador de las abadías de Molesmes y Cîteaux y con el propio san Bernardo. Incluso hay quienes aseguran que tuvo un breve paso como monje en la abadía de Molesmes luego del fallecimiento de su esposa, Emelina de Touillon. Este es un dato interesante porque, además de ser un aguerrido soldado, ya había en él una incipiente vocación religiosa previa a su viaje a Tierra Santa. 


Diversos autores coinciden en que era un alto oficial de la casa de Champagna y que había peregrinado a Tierra Santa con Hugo de Troyes, conde de Champagna, en 1104 y en 1114, pero a diferencia de aquél, en este segundo viaje no regresó a Europa y permaneció en Oriente. No sabemos si lo hizo en calidad de peregrino o si decidió unirse al ejército que combatía a los turcos selyúcidas en tiempos de Balduino I. Hacia esa época había una gran actividad en torno al Santo Sepulcro, pues se había puesto en marcha un plan de reconstrucción de la gran iglesia que se extendería hasta 1149. Sus patios funcionaban como un lugar de encuentro para aquellos caballeros europeos que buscaban un propósito para quedarse en Tierra Santa. Entre ese gentío se lo solía ver a Hugo de Payens, o de Paganis, un hombre rústico de unos cuarenta años cuyo celo estaba puesto en terminar con las bandas de beduinos que asolaban los arrabales de Jerusalén. Seguramente, tal como lo describe Map, reclutaba su tropa entre los recién llegados, hombre de armas ávidos de medirse con esos hijos de Satán de piel oscura y ojos negros de los que habían oído hablar desde la cuna, allá, al otro lado del mar. Los sarracenos y judíos eran la hiel de la Tierra, los que se habían apropiado de los Santos Lugares, los enemigos de Cristo, y ellos, los crucesignati, venían a vengar la afrenta y someterlos a la luz del Evangelio.



Escultura de Hugo de Payens por François de Dijon - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25904601
Hugo de Payens By François de Dijon - Own work, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=25904601

Una vez reunida la partida, Hugo salía de cacería, apostándose cerca de los pocos manantiales que había en las afueras de la ciudad, lugar apropiado para que los bandidos árabes emboscaran a los peregrinos sedientos. Las acciones de Hugo de Payens se destacaban por su fiereza y su coraje, a veces más atrevido de lo aconsejable. Corría el rumor que se había adentrado en tierras plagadas de sarracenos buscando la cabeza de uno de los bandoleros, señalado como el asesino de un peregrino franco.


En torno a la Iglesia del Santo Sepulcro funcionaba el monasterio benedictino conocido como Santa María de los Latinos, y también un grupo de canónigos agustinos, hombres piadosos con vocación médica que se ocupaban de atender el hospital en el que se ofrecían paliativos a los peregrinos enfermos. Es probable que Hugo y sus compañeros se hayan interesado en la forma en que estaban organizados estos hermanos del Hospital y que hayan adaptado el servicio de sanidad de los hospitalarios a lo que ellos sabían hacer: guerrear.


Los hospitalarios habían obtenido la protección del papa Pascual II en 1113, quien les había garantizado la manutención mediante el otorgamiento de rentas, les permitía elegir a sus propias autoridades y les había asegurado inmunidad frente a las tasas eclesiásticas, aunque no combatían. Dan Jones cree Hugo de Payens encontró su inspiración en este modelo.[1] 


Este tipo de agrupación, hay que admitirlo, no era una excepción, puesto que organizaciones similares comenzaban a formarse, especialmente en las fronteras calientes de la península ibérica, en gran parte ocupada por los moros. Sin embargo, lo extraordinario del Temple es que sus miembros manifestaran su vocación religiosa asegurando estar dispuestos a realizar el triple voto que era común a las órdenes monásticas: pobreza, castidad y obediencia. Sin dudas se trataba de una actitud contraria a las metas que tenía en su vida un guerrero medieval. [2]


El renunciamiento de Hugo y sus compañeros a todo aquello que podían ganarse con la fuerza de su brazo y su espada debió haber sido impactante en el contexto del siglo XII, al punto de animar al patriarca de Jerusalén y a Balduino II a apoyar la iniciativa. Poco después, los canónigos, que controlaban una amplia porción de la explanada de las mezquitas, concedieron a Hugo y a sus caballeros un sector adyacente al que llamaban “las caballerizas de Salomón”. A partir de ese acto, adoptaron el nombre de Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici, traducido como Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Jerusalén. Finalmente hicieron los tres votos de rigor ante el patriarca, Gormond de Piquigny, tras lo cual asumieron el control de los sectores que les fueron donados.


Hay un testimonio interesante, escrito por un peregrino ruso, Daniel, el Higumeo, que peregrinó a Tierra Santa entre 1106 y 1107, es decir bajo el reinado de Balduino I, que hizo un relevamiento de cada lugar que visitó asentándolo en un diario de viaje. Dicho extenso manuscrito describe, tanto a la mezquita Al Aksa –convertida en el palacio– como también a l’Eglise du Saint des Saints, –la Iglesia del Santísimo–, que no es otra que la Cúpula de la Roca que los cruzados habían convertido en templo cristiano, y a la que luego los templarios consagrarían como “su” iglesia, denominándola Templum Domini. El peregrino ruso destaca en su diario la corta distancia entre ésta y el Santo Sepulcro –apenas “dos tiros de flecha”– y siente una profunda admiración por los adornos interiores, especialmente los mosaicos y las columnas que sostienen los techos dorados de la cúpula, así como las pinturas exteriores y el mármol que cubre las paredes y suelos. Menciona una cueva debajo la cúpula, asociada con el profeta Zacarías, y una piedra vinculada a la visión de Jacob de una escalera celestial. Señala que la estructura que él pudo ver –se refiere a lo que conocemos como el Domo de la Roca fue erigida por un líder sarraceno, Omar, sobre los restos del antiguo Templo de Salomón, destruido totalmente, salvo sus cimientos. 


Luego describe el lugar donde se encuentra la mezquita Al Aksa, a la que da el nombre de La Maison de Salomón y que era, a la sazón, la residencia del rey Balduino I. Dice que se trata de una construcción imponente, notable por su grandeza y belleza. Destaca su pavimento de mármol, y se maravilla de su estructura sostenida por bóvedas y dotada de cisternas, con apartamentos decorados con mosaicos y columnas de mármol. Resalta la “Puerta Bella”, adornada con peltre verde, mosaicos y cobre dorado, famosa por ser el lugar donde Pedro y Juan realizaron curaciones milagrosas. Menciona otras puertas, incluida la “Puerta de los apóstoles”. Atribuye su construcción al profeta David, destacando su solidez e ingeniosa arquitectura, y señala que, junto con la Torre de David, son de los pocos vestigios de la antigua Jerusalén, una ciudad que ha sido reconstruida varias veces tras sucesivas destrucciones. Finalmente, recuerda que Cristo entró en Jerusalén por esta puerta, viniendo de Betania. [3]


Este relato es valioso porque nos permite reconstruir el escenario en donde se asentaría finalmente el grupo fundador de la Orden. También nos recuerda que, originalmente, al ser convertida en iglesia, la Cúpula de la Roca pasa a denominarse Iglesia del Santísimo. Solo posteriormente –cuando los agustinos la cedieron definitivamente al Temple– sería consagrada por los templarios como su iglesia madre con el nombre de Templum Domini


[1] Jones. Los cruzados – La épica historia de las guerras por Tierra Santa, ob. cit. p. 182.

[2]Robinson, Mazmorra, hoguera, espada, ob. cit. p. 48, 49.

[3] Khitrowo, Mme. B. De (1966) Itinéraires Russes en Orient, Réimpressión de l’édition 1889; (Osnabrück, Otto Séller), p. 20,21

 
 
 

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