La diplomacia del Temple: ¿Por qué fue elegido Arnau de Torroja en 1180?
- Eduardo R. Callaey
- 28 dic 2025
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Tras la reciente publicación de mi libro "Templarios: Religión, guerra y política en Tierra Santa", la investigación sobre las figuras que forjaron la Orden no se ha detenido. Uno de los perfiles más fascinantes y, hasta hace poco, menos comprendidos, es el de Arnau de Torroja (Arnaldus de Turre Rubea), el noveno Gran Maestre. Aunque en mi obra dedico un capítulo extenso a su liderazgo, el acceso a nuevas tesis historiográficas, como las de Nikolas Jaspert, me ha permitido profundizar en una faceta hasta ahora velada: su papel como estratega geopolítico en una guerra silenciosa contra órdenes rivales en España. Lo que presento a continuación es una actualización crítica y ampliada de aquel capítulo, donde la arqueología de su tumba en Verona se encuentra con la alta diplomacia del Temple en el siglo XII.
La diplomacia del Temple: ¿Por qué fue la elección de Arnau de Torroja un giro estratégico?
Para comprender el ascenso de este caballero catalán a la máxima dignidad de la Orden, debemos situarnos en el ojo del huracán que azotaba a Jerusalén a finales del siglo XII. La historia del maestrazgo de Arnau de Torroja no comienza en un campo de batalla, sino con un vacío de poder y una crisis de supervivencia institucional.
1.- Un líder aragonés al frente del Temple
Enterado del deceso de Saint Amand en una oscura prisión de Damasco, el Gran Capítulo de la Orden se reunió en Jerusalén a fines de 1180 para elegir a su sucesor. La situación del reino, cada vez más vulnerable ante el avance de Saladino, requería que el Temple contara con un líder que combinara la cualidad de un guerrero experimentado con la de un hombre de cabeza fría, que pudiera mantenerse al margen de las intrigas políticas de la Haute Cour. Esa urgencia hizo que la mirada del Colegio de Electores se dirigiera a Europa, más precisamente a las provincias en donde se combatía al infiel.
Esta decisión, analizada en perspectiva, supuso una ruptura con la tradición: por primera vez se elegía a un Maestre en ausencia y se buscaba en la periferia del mundo cruzado la solución a una crisis que ya no era solo militar, sino profundamente financiera e institucional.
La elección recayó en Arnau de Torroja, un templario catalán curtido en la guerra y caballero de mérito de la corte de Aragón, en donde se tenía a su familia en gran estima. Al momento de ser electo era el Maestre Provincial de Aragón y de Provenza en tanto que uno de uno de sus hermanos, Guilleume de Torroja, era el arzobispo de Tarragona y otro, su hermano Pedro, ocupaba la sede aragonesa de Zaragoza; en consecuencia, las dos diócesis más importantes de la Corona estaban en manos de la familia Torroja.
Investigaciones recientes sugieren que los Torroja constituían una verdadera red de poder dinástico y eclesiástico que conectaba directamente con el trono; Arnau no era solo un caballero, sino el representante de un clan que actuaba como tutor y consejero del joven rey Alfonso II.[1]
Durante su maestrazgo provincial, entre 1166 y 1181, la Orden había crecido notoriamente. Más allá de su perfil de guerrero de frontera, Arnau se había consolidado como un administrador de recursos excepcional, capaz de gestionar la riqueza de la provincia y convertir al Temple en el principal acreedor de la corona aragonesa. (Para comprender cómo funcionaba este sistema de recursos, véase mi artículo sobre la organización territorial de la Orden en Occidente").
Fue esta solvencia administrativa, unida a su red de influencias, lo que lo convirtió en el candidato ideal para sanear las arcas de una Orden que en Jerusalén se encontraba al borde de la quiebra. Los comendadores templarios de la provincia eran personajes de elevado prestigio social y político. Generalmente procedían de la mediana nobleza del país y, en algunos casos, eran vástagos de las casas más encumbradas, por lo que era común verlos como integrantes de la corte en calidad de consejeros. [2] Arnau de Torroja aparece entre los principales nobles del reino cuando, en diciembre de 1177, el rey Alfonso I concede a los cistercienses el monasterio de Santes Creus dos Moros en Fraga. Era un hecho frecuente que los templarios atestiguaran en los actos testamentarios de los nobles “que se dejaban por enterrar en cenobios cistercienses”.[3]
Arnau tenía cincuenta y ocho años y una larga experiencia militar cuando fue electo, pero desconocía en absoluto los vericuetos de la política de Outremer. Después de haber tenido dos grandes maestres metidos hasta el tuétano en las intrigas jerosolimitanas –tal como había sido el caso de Felipe de Milly y Odón de Saint Amand– ahora se imponía la figura de alguien neutral, ajeno a cualquier partido. Se buscaba explotar el "efecto outsider": la llegada de un hombre cuya gloria y fortuna ya estaban consolidadas en Occidente y que, por tanto, carecía de vínculos con las facciones locales. Sin embargo, esta calculada neutralidad estratégica chocaría frontalmente con la realidad de una corte fragmentada. Recién electo al frente de la Orden e ignorante de las internas de la corte, tuvo la mala idea de intentar convencer al joven Balduino de que hiciera las paces con Guy de Lusignan, un conspirador nato. Este acto fue considerado un agravio por Balduino y le valió a Arnaud ser echado brevemente del palacio, en donde se le declaró persona no grata.
Sin embargo, la aparente inexperiencia de Arnau en las sutilezas de la corte jerosolimitana no debe opacar la urgencia de la misión que, según ha analizado Nikolas Jaspert, motivó su ascenso. En 1180, el Temple no solo enfrentaba el avance de Saladino, sino una crisis de competencia institucional en su propia retaguardia: el surgimiento de la Orden de Montjoy. Esta nueva milicia, favorecida por el rey Alfonso II de Aragón con la entrega de castillos estratégicos como Alfambra, amenazaba con desviar el flujo de recursos y patrocinios que tradicionalmente sostenían al Temple en la Península. En este contexto, la elección de Arnau —un hombre íntimamente ligado a la casa de Barcelona y al entorno del monarca— funcionó como una calculada contraofensiva geopolítica. El objetivo era asegurar que el favor real permaneciera en manos templarias, neutralizando el ascenso de Montjoy mediante la elevación de un "hijo del país" a la máxima dignidad de la Orden en Jerusalén.[4]
Así, mientras Arnau intentaba estabilizar este frente interno y financiero, le tocó en suerte lidiar con tres personajes difíciles: Reinaldo de Chatillon –a quien ya hemos presentado–, el propio Guy de Lusignan, y un alto oficial del Temple y peso pesado de la Orden en Medio Oriente, Gerard de Ridefort. Nos detendremos por un instante en los dos primeros personajes para luego hablar de Ridefort.
Reinaldo de Chatillon era hijo segundón de una familia noble de Champagna,[5] había llegado a Tierra Santa con la segunda cruzada, pero al finalizar la misma se puso al servicio de Constanza de Antioquía con quien –como ya hemos visto– se casó y se convirtió en príncipe consorte. Era adicto al saqueo y al pillaje, un ejercicio brutal que, a la larga, resultaría su perdición. El primer traspié lo tuvo en 1160, cuando fue tomado prisionero y encarcelado en las mazmorras de Alepo donde permaneció cautivo durante diecisiete años. Sobrevivió y fue liberado en 1176 en el contexto de una negociación colectiva, luego de que se pagara un fabuloso rescate. Pero los años de encierro, lejos de corregirlo, lo empeoraron; enterado de que Estefanía de Milly había quedado viuda y señoreaba en Kerak, se las ingenió para casarse con ella y quedarse con el feudo de Transjordania.
El señorío había pertenecido a Felipe de Milly –el padre de Estefanía–, pero luego de que Felipe se uniera al Temple, quedó en poder de su hija, viuda de Unfredo de Torón, y vuelta a casar con Milo de Plancy, Senescal del reino. Milo –como hemos visto–, había sido asesinado en las calles de San Juan de Acre. Estefanía, nuevamente viuda, no tardó en encontrar en Reinaldo el candidato ideal para no aburrirse en Kerak.
Chatillon y el castillo de Kerak han pasado a la historia como una sola cosa, una simbiosis que nadie ha podido romper con el paso de los siglos. Su imagen de caballero inescrupuloso, iracundo y sanguinario fue explotada por novelistas, cineastas y hasta diseñadores de videojuegos.[6]
Balduino IV reinaba en Jerusalén y necesitaba un guerrero rudo en el desierto oriental, por lo que dio el visto bueno a la boda. Raimundo se enamoró de su castillo y pronto lo convirtió en base de operaciones de sus saqueos y conspiraciones; fue como poner al lobo a cuidar de las gallinas. En más de una ocasión puso en apuros al rey, que debió ir en su auxilio ante el asedio de Saladino, a quien el forajido barón desquiciaba cada vez que podía.[7] En ocasiones, las fechorías de Reinaldo eran acompañadas por algunos personajes prominentes del Temple, lo que ponía en aprietos al Gran Maestre Arnau, que por un lado debía mantener a raya a su tropa y por otro usar los canales diplomáticos que los templarios mantenían con el islam para darle garantías a Saladino de que la tregua se mantendría.
En cuanto a Guy de Lusignan, era hermano del conde Hugo IX de Lusignan y había llegado a Tierra Santa en 1170 junto con otro de sus hermanos, Amaury. Ambos eran hombres de acción, ambiciosos y dispuestos a hacer valer su sangre. Guy se puso al servicio de la madre del rey, Inés de Courtenay. En 1180 se casó con la hija, Sibila, colocándose a un paso de la sucesión. El rey Balduino IV, que era el segundo hijo del rey Amaury I y nieto de Fulco I[8], sufría lepra.[9]
La muerte de su padre lo encontró sin la edad suficiente para gobernar, por lo que creció bajo la sombra del regente del reino, el conde Raimundo III de Trípoli, quien era uno de los hombres más poderosos del Levante mediterráneo además de referente del partido de los poulains. Raimundo mantenía una tensa rivalidad con Guy de Lusignan, el ahora esposo de Sibila, la hermana de Balduino IV. La princesa tenía un hijo, también llamado Balduino, fruto de un matrimonio anterior. El pequeño Balduino había quedado en la línea de sucesión, pues nadie esperaba que su tío “el leproso” pudiese llegar en condiciones a la hora de tener que engendrar descendencia. Ante la gravedad de la enfermedad de Balduino IV, cabía la posibilidad de que Guy de Lusignan terminara siendo el padrastro del futuro rey, y peor aún, el rey consorte de Sibila.
Hacia 1183 la salud de Balduino IV estaba seriamente deteriorada; apenas podía mover los brazos y las piernas a causa de la lepra, que ya le estaba provocando una avanzada ceguera. El reino no podía darse el lujo de quedar acéfalo, de modo que en medio de esa situación de fragilidad Guy fue nombrado regente del reino, con potestad sobre todo el territorio salvo la ciudad de Jerusalén, que Balduino IV quiso conservar bajo su control hasta su muerte. Guy de Lusignan y Reinaldo de Chatillon encabezaban el ala dura de la Haute Cour y aspiraban a ejercer el poder absoluto; solo faltaba que Balduino muriese.
El joven rey leproso era consciente de que sus días estaban contados e hizo todo lo posible para salvar a su reino. Junto a Reinaldo de Trípoli convencieron a los grandes maestres del Temple y del Hospital de que viajasen a Europa a fin de advertir a los grandes monarcas de Occidente acerca del imperativo de una nueva cruzada. Si lograban que una gran fuerza expedicionaria marchara a Levante, Saladino podría ser enfrentado y eventualmente vencido. Con los líderes de Occidente en Tierra Santa se podría discutir si Guy de Lusignan era la mejor opción para ocupar el trono de Jerusalén.
Pero el destino tenía otros planes. Durante el viaje Arnaud enfermó gravemente y murió en Verona a fines de septiembre de 1184. Es el único Gran Maestre templario del cual conocemos su tumba.
2.- La única tumba conocida de un maestre templario
En efecto, en abril de 2018 se dio a conocer una noticia sorprendente. Mientras se llevaban a cabo unas obras de restauración en la iglesia de San Fermo de Maggiori, en Verona, los albañiles encontraron detrás de una pared un sarcófago de piedra que tenía esculpida una cruz templaria. Por el aspecto de la tumba y la calidad del sudario que cubría los restos del cadáver que contenía, resultaba evidente que se trataba de un personaje de relevancia. De inmediato, las autoridades religiosas contactaron a Giampero Bagni,[10] arqueólogo de la Universidad de Boloña y experto en la historia del Temple en Italia, quien junto al antropólogo Fiorenzo Facchini, no tardaron en deducir que el cuerpo contenido en el sarcófago pertenecía a Arnau de Torroja, noveno Gran Maestre de la Orden del Temple. Lo extraordinario de este hallazgo es que se trataría del único de los veintitrés Grades Maestres cuyo cuerpo es encontrado.
Este hallazgo arqueológico cobra una dimensión histórica aún más profunda si consideramos que la muerte de Arnau en Verona no fue un simple azar del destino, sino el desenlace de la exitosa "contraofensiva" que el Temple había iniciado en 1180. Como sostiene Nikolas Jaspert, aunque Arnau no vivió para ver el final del conflicto, su ascenso y su labor diplomática en Europa lograron neutralizar definitivamente la amenaza de la Orden de Montjoy. La estrategia de elevar a un Maestre catalán dio sus frutos: el favoritismo de Alfonso II de Aragón regresó al Temple y, pocos años después, los restos de la orden competidora terminaron siendo absorbidos por la milicia del Temple en 1196. Así, el sarcófago de Verona custodia no solo los restos de un caballero, sino el testimonio de una magistral jugada de supervivencia institucional.[11]
Era sabido que Arnau de Torroja (nacido en Solsona, Catalunya, en 1122), había fallecido mientras viajaba rumbo a Roma junto con el Gran Maestre de la Orden del Hospital a fin de recabar el apoyo papal para una nueva cruzada. Muerto en Verona, Arnau fue enterrado en la iglesia templaria de San Vitale y allí descansó hasta que la crecida del río Adige, ocurrida en 1760, la dejó inhabilitada y hubo que trasladar a los muertos en ella enterrados. Fue así como su cuerpo fue llevado a San Fermo de Maggiore. Por otra parte, los restos de su hermano, Guilleume de Torroja, arzobispo de Tarragona, descansan en la catedral tarragonesa, expuestos en un arca de mármol en una pared de la capilla de Santa Bárbara. Que se cuente con los cadáveres de ambos hermanos después de ocho siglos, es absolutamente fuera de lo común. Esto ha permitido que se lleven a cabo análisis genéticos que confirmaron que los restos hallados en Verona eran los restos de Arnau.
[1] Jaspert, Nikolas. "The election of Arnau de Torroja as ninth Master of the Knights Templar (1180): An enigmatic decision reconsidered", en As Ordens Militares e as Ordens de Cavalaria entre o Ocidente e o Oriente, Actas do IV Encontro sobre Ordens Militares, Palmela, 2009, pp. 385-389. Jaspert profundiza aquí en la red de los Torroja como un factor determinante para la internacionalización de la cúpula del Temple.
[2] Sans I Travé, Josep Maria, El Císter y el Temple en tierras de la Corona de Aragón, en Primer Coloquio Internacional: Cister, os Templarios e a Ordem de Cristo. Instituto Politécnico de Tomar, TOMAR, 2012.
[3] Sans i Travé, Josep Maria. (1991) Els Templers catalans. De la rosa a la creu, Lleida: Pagès editors, p. 199-207.
[4] Jaspert, Nikolas. "The election of Arnau de Torroja as ninth Master of the Knights Templar (1180): An enigmatic decision reconsidered", op. cit., pp. 392-396. El autor sostiene que la elección de Arnau fue una respuesta directa al éxito inicial de la Orden de Montjoy y una maniobra para asegurar el patrocinio de Alfonso II.
[5]La misma familia a la que perteneció el papa Urbano II, Odón de Chatillon, el impulsor de la primera peregrinación armada a Tierra Santa.
[6]Nos viene a la memoria la trilogía de “Los Torneos de Dios”, de Barrèt y Gourgand en la que es descripto como un villano siniestro; es el malvado personaje interpretado por Brendan Gleeson en el film Kingdom of Heaven, de Ridley Scott y aparece como un cruzado sanguinario en una de las campañas de Age of Empires).
[7]Durante ese asedio ocurrió un hecho curioso que pinta de cuerpo entero al líder kurdo Saladino. Enterado de que había una boda principesca en el interior de Kerak, pidió que le señalaran cuál era la torre en la que pasarían su noche de bodas los esponsales, a fin de que las catapultas y los trabuquetes no molestaran sus placeres.
[8]Recordemos que Fulco I era aquel conde de Anjou que había visitado el Temple en 1120 otorgándole una renta de libras angevinas y el mismo al que Hugo de Payens había ido a ofrecer la mano de la princesa Melisenda en oportunidad de su viaje a Europa.
[9]Guillermo de Tiro, su tutor, fue quien descubrió que el pequeño príncipe no sentía dolor cuando se golpeaba, lo que lo llevó a deducir que padecía dicha enfermedad. Fue una gran desgracia para el reino, pues a pesar de sus males y de la fragilidad de su salud, tenía las cualidades que podían esperarse de un futuro buen rey.
[10] Entre otros artículos sobre el Temple, Giampero Bagni es autor de I Templari a Bologna: nuove conoscenze documentali e storiche a dieci anni dall’inizio delle ricerche, en “Atti e memorie della Deputazione di storia patria per le province di Romagna”, n.s., vol. LXVI (2016), (Bologna, 2017), pp. 45-61.
[11] Jaspert, Nikolas. "The election of Arnau de Torroja as ninth Master of the Knights Templar (1180): An enigmatic decision reconsidered", op. cit., pp. 396-397. Jaspert concluye que la elección de Arnau fue un éxito total, pues logró que la Orden de Montjoy nunca llegara a ser un competidor serio, culminando en la amalgama de ambas instituciones bajo el amparo del Rey de Aragón.



Se ha especulado sobre un posible envenenamiento del Gran Maestre Torroja por parte de la facción rival jerosolimitana, Courtenay-Lusignan, para hacer fracasar las negociaciones y una nueva Cruzada. Si bien la edad del GM era elevada para la época y tales viajes.