• Eduardo Callaey

La tumba del Gran Maestre Arnau de Torroja

Actualizado: sep 22

En abril de 2018 se dio a conocer una noticia sorprendente. Mientras se llevaban a cabo unas obras de restauración en la iglesia de San Fermo de Maggiori, en Verona, los albañiles se encontraron, detrás de una pared, con un sarcófago de piedra que tenía esculpida una cruz templaria. Por el aspecto de la tumba y la calidad del sudario que cubría los restos del cadáver que contenía, resultaba evidente que se trataba de un personaje de relevancia. De inmediato, las autoridades religiosas contactaron a Giampero Bagni, arqueólogo de la Universidad de Boloña y experto en la historia del Temple en Italia[1], quien junto al antropólogo Fiorenzo Facchini, no tardaron en deducir que el cuerpo contenido en el sarcófago pertenecía a Arnau de Torroja, noveno Gran Maestre de la Orden del Temple. Lo extraordinario de este hallazgo es que se trataría del único de los veintitrés Grades Maestres cuyo cuerpo es encontrado.


Era sabido que Arnau de Torroja (nacido en Solsona, Catalunya, en 1122), había fallecido mientras viajaba rumbo a Roma junto con el Gran Maestre de la Orden del Hospital a fin de recabar el apoyo papal para una nueva cruzada. Aunque poco se sabe de la vida de Arnau, lo cierto es que le tocó vivir un momento aciago del Reino Latino de Jerusalén, que se encontraba en dificultades, cada vez más acorralado por el ejército de Saladino y agobiado por las internas políticas que asolaban la corte. De hecho, Balduino IV, el “rey leproso”, era consciente de que sus días estaban contados y que el reino quedaría a la deriva, o mejor dicho, en manos de barones ambiciosos mas preocupados en asuntos crematísticos que religiosos.

Junto a Reinaldo de Trípoli y un puñado de nobles -con quienes compartía la idea de que era posible mantener una convivencia pacífica con el Islam-, habían llegado a la conclusión de que tal cosa no sucedería una vez que ocurriera su deceso. Ante tal encrucijada no quedaba otro remedio que solicitar auxilio a Occidente para reforzar la defensa del reino y, en todo caso, derrotar a Saladino. Fue así que Balduino convenció a los grandes Maestres del Temple y del Hospital a que viajasen a Europa a fin de exponer ante los monarcas que había llegado la hora de una nueva cruzada. Durante el viaje Arnaud enfermó gravemente y murió en Verona a fines de septiembre de 1184.


Pero hablemos un poco de Arnau y de por qué el hallazgo de su cuerpo fue noticia en los principales diarios del mundo. La primera razón es que la mayoría de los Grandes Maestres del Temple han muerto en combate, o en prisión, o por el agotamiento de tan duro empleo, y de ninguno de ellos se conoce su tumba. Sin ir más lejos, su predecesor, Odón de Saint Amand, había muerto en una inmunda mazmorra de Damasco, como prisionero de Saladino. El sultán había intentado canjearlo por un sobrino suyo que estaba prisionero de los cristianos, pero el Gran Maestre no aceptó, pues la Regla del Temple prohibía el rescate de un hermano: Yo no puedo autorizar con mi ejemplo la cobardía de mis caballeros que se dejarían prender con la esperanza de ser rescatados. Un templario debe vencer o morir, y no puede dar por su rescate otra cosa que no sea sino su puñal y su cinto”, había dicho ante tal propuesta, que para un templario era más una ofensa que una oferta.


Luego de un año de cautiverio finalmente Saint Amand murió. Enterado del deceso de su Gran Maestre en una oscura prisión siria, el Gran Capítulo de la Orden se reunió en Jerusalén a fines de 1180 para elegir a su sucesor. La situación del reino, cada vez más acuciada por el avance de Saladino, sumado a la necesidad de contar con un guerrero experimentado capaz de mantener la cabeza fría en medio de las intrigas políticas de la Haute Cour, hizo que la mirada del Colegio Electoral se dirigiera a Europa, más precisamente a las provincias en donde se combatía al infiel. La elección recayó en Arnau de Torroja, un caballero catalán que reunía las mejores condiciones para hacerse cargo de la situación. Se trataba de un hombre experimentado en la guerra, puesto que había sido un caballero de mérito en la corte de Aragón y luego elegido como Maestre Provincial de las provincias templarias de Aragón y Provenza. Era además varón de noble cuna; su hermano, Guilleume de Torroja era arzobispo de Tarragona. Y aquí tenemos otro suceso de carácter extraordinario, pues se da la inusual circunstancia de que los restos de Guilleume descansan en la catedral tarragonesa, expuestos en un arca de mármol en una pared de la capilla de Santa Bárbara. Que se cuente con los cadáveres de ambos hermanos después de ocho siglos, es absolutamente fuera de lo común. Esto ha permitido que se lleven a cabo análisis genéticos para determinar fehacientemente de que el cuerpo hallado en Verona se tratara de Arnau. Pero terminemos nuestro relato.


Arnau tenía cincuenta y ocho años y una larga experiencia militar cuando fue electo, pero además desconocía en absoluto los vericuetos de la política de Ultramar. Después de haber tenido dos Grandes Maestres metidos hasta el tuétano en la política jerosolimitana –tal como había sido el caso de Felipe de Milly y Odon de Saint Amand– ahora se imponía la figura de alguien neutral, ajeno a cualquier partido. Sin dudas fue la elección correcta, que hubiese evitado el desastre si su muerte no hubiese sido tan prematura. Tuvo que lidiar con dos personajes que llevarían el reino a la ruina, Reinaldo de Chatillón y Gui de Lusignan, junto con quien sería su sucesor, Gerard de Ridefort. Como es sabido, sobre ellos carga la responsabilidad de la derrota en la batalla de los Cuernos de Hattin y la consecuente caída de Jerusalén en manos de los infieles. Podemos imaginar la desazón de Arnau, cuyo oficio era la guerra en defensa de la Cruz, viendo a los nobles del reino latino dedicados a la rapiña y a la intriga política, cuando no al saqueo de las caravanas de atravesaban el desierto.


Muerto en Verona, Arnau de Torroja fue enterrado en la iglesia templaria de San Vitale y allí descansó hasta que la crecida del río Adige, ocurrida en 1760, la dejó inhabilitada y hubo que trasladar a los muertos en ella enterrados. Fue así que su cuerpo fue trasladado a San Fermo de Maggiore. La foto que ilustra esta nota me fue tomada en el patio de armas del castillo hospitalario de San Juan de Acre. Detrás de mi se ve el estandarte con las armas de Arnau de Torroja. Desconozco quien habrá seleccionado su blasón para que flamee en Acre, pero siento una cierta satisfacción de que el aire del Mediterráneo Oriental se cuele en la tela estampada con las dos torres rojas que recuerdan su Casa: Torroja. También me alegra que el hallazgo de su tumba lo haya rescatado del olvido en el que permanece la mayoría de los Grandes Maestres de aquella época.


Si la historia del Temple sigue siendo apasionante, puedo asegurar que no menos lo es la de cada uno de sus veintitrés Grandes Maestres, de los cuales, al menos de uno, sabemos ahora donde reposan sus restos.

Eduardo R. Callaey

[1]Entre otros artículos sobre el Temple, Giampero Bagni es autor de I Templari a Bologna: nuove conoscenze documentali e storiche a dieci anni dall’inizio delle ricerche, en “Atti e memorie della Deputazione di storia patria per le province di Romagna”, n.s., vol. LXVI (2016), (Bologna, 2017), pp. 45-61

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